VALÈNCIA.Ocho años después de convertir Les calces al sol en uno de los grandes fenómenos recientes de la literatura catalana, con más de 100.000 ejemplares vendidos y una adaptación cinematográfica en marcha, Regina Rodríguez Sirvent regresa al universo de Rita Racons con Palomitas de madrugada (escrito originalmente en catalán, Crispetes de matinada).
Ambientada en una Barcelona llena de personajes que intentan materializar sus propias vocaciones, la autora vuelve a mezclar humor, autoficción y emociones en un relato coral que explora el sentimiento de pertenencia y los años aparentemente perdidos que acaban convirtiéndose en materia literaria. Con esta nueva historia consiguió un nuevo hito de su joven carrera literaria: ser el libro de ficción en catalán más vendido del pasado Sant Jordi.
— En Palomitas de madrugada sigues escribiendo desde el personaje de Rita, una especie de alter ego que construiste en Las bragas al sol, ¿Necesitas escribir desde el yo o simplemente, en esta etapa de tu carrera literaria, tu mejor inspiración eres tú misma?
— La verdad es que me salió así, de una manera muy orgánica, ya desde Las bragas al sol. Y sí, de momento creo que lo que me lleva delante del papel es una intensidad que está muy conectada conmigo. Lo que más me sirve ahora es hacerlo en primera persona y desde el presente. Como de momento me lo paso bien y me funciona para explicar lo que quiero explicar, no me planteo demasiado hacerlo de otra manera.
— ¿Sientes que Rita es un personaje inacabable?
— Sí, supongo que sí. De hecho, el otro día me preguntaban, porque siempre me preguntan dónde acabo yo y dónde empieza Rita y qué tenemos en común. Hay mucho en común, claro, pero también necesito otros personajes para explicar todo lo que quiero contar. Y sí, Rita, como vehículo para mis emociones, me funciona muy bien.
— En Las bragas al sol abordabas esa búsqueda de la vocación, ese descubrir qué hacer con la vida, y en este libro abordas algo así como una segunda etapa: la de sentir que quieres hacer algo pero que eso no termine de materializarse.
— Sí, exactamente. Las bragas al sol era la pregunta de cuál es mi vocación, que ya es difícil porque implica pensar por dónde empiezas y qué hilos tienes que seguir para llegar realmente a materializar aquello que amas o que te mueve. Pero, claro, después, cuando yo encontré eso, estuve prácticamente una década enfrentándome a mis demonios porque no lo ejecutaba. Tardé muchísimo. De hecho, me gusta usar el verbo “ejecutar” el sueño, porque te das cuenta de que el sueño es algo muy abstracto y luminoso, pero luego tienes que ejecutarlo, hacerlo realidad de la manera más práctica y tangible posible.
Tuve que ir enfrentándome y derrotando todas esas fronteras internas que tenía. Lo escribo en el libro: yo pensaba que, para escribir una novela “como Dios manda”, digna y publicable, tenía que ser Garcilaso de la Vega multiplicado por Shakespeare y multiplicado por Mercè Rodoreda. A partir de ahí, hacia arriba. Y claro, eso paraliza a cualquiera. Ese es el viaje: cómo, a través de todas las personas que conocí en ese edificio medio abandonado de Gràcia, conseguí materializarlo, escuchar mi propia voz y seguir esa historia que ya existía.

- -
— En toda esta sucesión de años en los que la novela no termina de ejecutarse, mientras van pasando otras cosas, otros trabajos y todo se va posponiendo, lo más lógico sería pensar que ese tiempo está perdido. Pero yo quería preguntarte justo lo contrario. ¿Qué gana Rita durante esos años que parecen improductivos? ¿Qué se le queda? ¿Qué aprende?
— Muchas gracias por esta pregunta, porque creo que es el quid de la cuestión. Mientras estás viviendo esa vorágine terrible, piensas que estás perdiendo el tiempo. Y ahora, viéndolo con perspectiva, me doy cuenta de que ese tiempo fue muy importante, aunque lo pasé mal, incluso con ansiedad, algo que también he querido reflejar en la novela.
Después, cuando encuentras tu lugar, entiendes que necesitabas perderte tanto para poder reconocerlo de verdad cuando llegara. No solo por esa sensación de pertenencia, sino porque durante todos aquellos años yo ya estaba escribiendo la novela sin saberlo. Todas aquellas experiencias, toda aquella precariedad vital de pensar: “Todo el mundo está haciendo lo que quiere” —o eso creía yo—, “todo el mundo está situado y yo estoy aquí, como una paloma más en una plaza de Gràcia, comiéndome mi tercer bocadillo de longaniza de la mañana”. Todo eso, de repente, acabó convirtiéndose en algo profundamente literario.
Ahora lo cuento así, pero fueron años duros. También por la exposición constante de ver a todo el mundo con trabajo, rondando la treintena, y que te preguntaran: “Bueno, ¿y tú qué haces?”. Y tú estabas enlazando trabajos, sin saber qué responder, hasta acabar mintiendo y diciendo: “Estoy escribiendo una novela”. Una frase que repetí durante una década. Recuerdo una amiga que una noche me dijo: “Tía, llevas diez años diciendo que estás escribiendo esta novela, a ver si algún día podemos leer algo”. Lo decía con la mejor intención, pero señalaba una parte muy triste de mí: estaba tan perdida y tenía tanta vergüenza que encima acababa diciendo una mentira.
— Esta es una novela con muchísima conversación y muchísimos personajes, todos muy definidos, todos con sus propias cosas que contar.
— Sí, esto está basado en una historia real y la construcción de los personajes secundarios ha sido un reto, porque yo ya sabía que sería una novela profundamente coral. Además, en la vida real conocí a cientos de personas en ese espacio compartido medio abandonado. Entonces he ido tomando aquello que creo que más me ayudó, lo que me hace más gracia, lo que puede hacer más reír y acompañar mejor a Rita, y he condensado varios personajes en uno solo.
Por ejemplo, yo estoy inevitablemente vinculada a Estados Unidos desde que viví allí y también por mi trabajo. Hago rutas gastronómicas por Barcelona y todos mis clientes son estadounidenses. Son rutas privadas para dos personas. Y, por ejemplo, tenía muy claro que quería incluir al personaje de Charlotte porque es un universo que conozco bien: esos multimillonarios que desheredan a sus hijos. También quería reflejar esa sensación de ir aterrizando la energía de un lugar donde parece que todo el mundo está un poco perdido, pero al mismo tiempo tiene muy claro qué quiere perseguir.
Mientras escribo pienso mucho en los diálogos, y los personajes se van perfilando poco a poco. En el propio proceso creativo de escritura se va definiendo su manera de acompañar a Rita en su camino y también cómo Rita los acompaña a ellos. Es algo que no puedo planificar demasiado de antemano, sino que me lo voy encontrando mientras escribo. Y eso me parece bastante fascinante.
— Hay una frase en la contraportada que dice que Rita siente que no pertenece a ningún lugar. Y me parece interesante porque en Las bragas al sol estaba literalmente fuera de sitio, en un lugar que no era el suyo, pero aquí exploras otra sensación distinta: estar en un lugar que, en teoría, sí es el tuyo y aun así sentir que no perteneces al momento que estás viviendo. Háblame un poco de ese sentimiento.
— El sentimiento de pertenencia es, diría yo, el motor de esta novela. Cuando estaba viviendo toda esta historia junto a aquellas personas, teníamos muy claro que lo que estábamos viviendo era único. Sabíamos que en el futuro íbamos a intentar volver a encontrar esa sensación, porque era algo muy puro y muy intenso. Era como sentir que los planetas se habían alineado de una manera clarísima.
Y por contraste, aunque yo no hubiera estado tan perdida como había estado, pensaba: “Es que esto que está pasando es muy fuerte”. Sentía que pertenecía a ese lugar, independientemente de si conseguía o no lo que quería. Era la certeza de estar exactamente donde querías estar, por la diversión, por la intensidad, por esos puntos de vista continuos y diversos sobre la vida que a mí siempre me han fascinado.
Era algo muy claro y muy bonito. Y siempre digo que no hace falta cruzar el Atlántico, como hice yo, ni entrar en un espacio multidisciplinar como ese para sentirlo. Creo que todos hemos experimentado alguna vez algo parecido: en un campamento, en una noche de fiesta, en una conversación tomando cervezas con amigos… Ese momento en el que piensas: “No necesito nada más que esto, nada más que estar aquí ahora mismo”. Y eso es lo que quería celebrar con la novela.

- -
— ¿Cómo te llevas, de bien o de mal, con la etiqueta de “fenómeno editorial”?
— ¡Perfectamente! Sí que es una palabra que se usa bastante, pero es que lo que me ha pasado es un regalo. Después de haber sufrido y de haber pasado todos aquellos años duros, que de repente haya explotado todo así… Que ahora esté en València, venga de Madrid, luego me vaya a Bilbao y después a Estados Unidos… Es que ni en el mejor de los sueños habría imaginado algo así.
Justo antes de que me llamaras he recibido un mensaje de una chica que me decía que esta mañana, mientras leía Palomitas de madrugada, se quedó atrapada en el tren entre dos estaciones, dentro de un túnel. Tiene claustrofobia y estaba tan metida en el libro que no se dio cuenta de que estaba encerrada en el túnel. Y me decía que la novela le había evitado un ataque de ansiedad.
Recibo muchísimos mensajes así y, en las firmas y presentaciones, conozco a tantas personas a las que les han pasado cosas divertidas, bonitas o emocionantes gracias al libro… Para mí, la palabra “fenómeno” incluye precisamente eso: llegar a tanta gente y acumular tantas historias y anécdotas cada día. Es un regalo, de verdad.
—¿Cómo es un Sant Jordi para la autora que más libros vende? ¿Cómo se vive ese día?
— Es que lo dices en voz alta y pienso: “¿Pero de verdad soy yo?”. Bueno, en mi caso fue… Mira, cuando vi aquellas colas pensé: “Quiero disfrutar de cada momento, no quiero que esto me atropelle”. Esos treinta segundos o un minuto que pasas con cada persona que ha hecho esa cola con toda la ilusión, en medio de aquella especie de nube de polen que había en Barcelona, fue como entrar en un estado de trance. Pensaba constantemente: “¿Qué está pasando?”.
Porque cada minuto alguien te contaba algo distinto. Personas que te decían: “He pasado una quimio y tu libro me ha acompañado”. Venían abuelos con sus nietas. Cada firma era una historia diferente. Y yo quería vivirlo todo intensamente. Vinieron mis padres, mi familia, amigos que aparecían de repente, saltaban la cola para darte un abrazo y se iban. También gente de mi pasado.
Luego te vas a comer y en Penguin Random House, hacen una comida que parece una boda: éramos unas 430 personas en un hotel increíble. Y de repente estoy hablando con Han Kang, me giro y está Joël Dicker, me giro otra vez y aparece el CEO mundial de Penguin. Era como un sueño acelerado que intentas frenar constantemente.
Y por la tarde todo seguía. Ojalá ese día pudiera durar una semana. La intensidad era tan increíble que llevabas una cresta de adrenalina tan fuerte que te diría que no bajé de ella hasta una semana después.