VALÈNCIA. Año 3042 d. C. La creación artística ha quedado en manos de la inteligencia artificial. Y los resultados son, digamos, cuestionables. Ante la disyuntiva entre seguir adelante con una cultura ajena a la emoción humana o volver a los viejos tiempos, un humilde traductor audiovisual es reclutado desde nuestro presente para defender en un juicio la necesidad de arrebatarle a las máquinas el control sobre la imaginación. Pero el interrogatorio no tarda en ir mucho más allá de los peligros de sucumbir al algoritmo para plantear cuestiones como la mejor forma de traducir insultos y juegos de palabras, los trucos para introducir referencias culturales poco conocidas o las diferencias entre doblaje y subtítulos.
Estas preguntas y un buen porrón más vertebran Yo, traductor (Fandogamia), con guion de Javier Pérez Alarcón (València, 1990), traductor de películas como Anora, Super Mario Bros. La película, Five Nights at Freddy’s o Licorice Pizza, y series como El cuento de la criada o Love, Death & Robots, e ilustraciones de Raúl Salazar (València, 1982), humorista gráfico de El Jueves y autor de títulos como A ver si nos extinguimos (Fandogamia). A golpe de sátira y bocadillos, el volumen convierte la defensa de un oficio invisible en un ensayo divulgativo que habla de nuestra vida cotidiana, aunque quizás no seamos conscientes de ello.

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“Tenía más o menos claro qué temas quería tocar, pero Raúl me recordó que nos hacía falta una trama que enganchara al lector y a la que pudiera agarrarse”, explica Pérez Alarcón. Inicialmente, pensaron en esbozar una distopía con un futuro gobernado por la inteligencia artificial y con el traductor protagonista como puente entre culturas, una especie de John Connor al que recurrían para acabar con la IA. “Y entonces dijimos: «Sí, vale, muy épico esto para ser un señor que trabaja en pijama»”. Fue nuevamente Salazar quien tuvo la idea del juicio: “El fiscal le va haciendo preguntas y así se van introduciendo los diferentes temas”. Y, ya con el guion terminado, Salazar empezó a dibujar. El formato respondía a una intención muy concreta: acercar la traducción a lectores que probablemente nunca se enfrentarían a un texto académico sobre la profesión. “No creo que alguien que no pertenezca al sector vaya a meterse un ensayo de 200 páginas sobre traducción, pero un cómic con un apartado gráfico atractivo y repleto de gags, ¿por qué no?”, plantea Pérez Alarcón.
La viñeta permite, además, jugar con situaciones que resultarían más difíciles de trasladar a un ensayo convencional. Para el traductor, el humor abre “muchísimas puertas” para captar a personas que, a priori, no se acercarían a un texto especializado. Su experiencia como divulgador y profesor también le llevó a esa conclusión. Cuando las explicaciones incluían algún chiste, recuerda, sus alumnos las recordaban mejor: “Se acordaban del chistecito y entonces se acordaban de la teoría”. La intención era aplicar esa misma lógica al cómic: que el lector pudiera reírse mientras descubría cómo funciona un oficio con el que, aunque no sea consciente de ello, se relaciona constantemente. “¿Quién no ha leído algo que originalmente no estaba escrito en su idioma? ¿Quién no ha visto una película o una serie? ¿Quién no juega a un videojuego que no está en castellano desde el principio?”, plantea Pérez Alarcón.
Salazar aporta al guion ese componente visual mediante referencias populares, memes, películas, momentos históricos y personajes conocidos. Recursos que permiten convertir conceptos técnicos en imágenes y situaciones reconocibles. “En el guion hay muchos ejemplos para explicar determinados problemas y eso consigue hacerlo ameno y atractivo. En la sátira ambos nos movemos con soltura”, sostiene.

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Lo de La semilla del diablo no es culpa del traductor
Una de las principales batallas del cómic es contra los malentendidos e ideas preconcebidas que rodean a la profesión. Uno de los más recurrentes, según Pérez Alarcón, puede resumirse en una pregunta aparentemente inocente: “¿A quién doblamos?”. La respuesta es inmediata: “No doblamos a nadie”. “No somos actores de doblaje. Somos el primer paso de la cadena del doblaje: traducimos el texto, el guion, a nuestro idioma para que después los actores de doblaje lo doblen. Antes de que los actores doblen estamos nosotros y antes de nosotros están los guionistas originales”. Salvando las distancias, explica, el traductor sería algo parecido al equivalente del guionista de la versión en castellano, aunque trabaje con un texto que ya existe. “No nos lo estamos inventando desde cero, estamos recreándolo. La traducción es un acto de creación”.
En España, Die Hard se estrenó bajo el título de La jungla de cristal. The Sound of Music siempre será conocido por estas tierras como Sonrisas y lágrimas. Ice Princess quedó reconvertida en esa fantasía que es Soñando, soñando... triunfé patinando. Y en la enciclopedia de los spoilers tiene un lugar destacado la traducción de Rosemary's Baby por La semilla del diablo (pues ese bebé… ya sabéis). Efectivamente, no son pocas las veces que a los traductores audiovisuales les llegan tirones de orejas por una película que llega a nuestras salas con un título bastante alejado del original. Pero tampoco ahí suele estar la mano del traductor: “Rara vez ponemos nosotros los títulos. Casi siempre es una decisión de marketing y tiene su ciencia detrás”, apunta. Así, a lo largo del cómic aparecen cuestiones técnicas como la adaptación de los insultos, el doblaje o el subtitulado. La dificultad está en decidir cuánto explicar y cómo hacerlo sin acabar convirtiendo un festival de viñetas en una purrusalda de tecnicismos. Al dirigirse a un público general, Pérez Alarcón parte de una pregunta: “¿Qué tengo que dar por sentado que la gente sabe y qué tengo que dar por sentado que no sabe?”.

- Javier Pe?rez Alarco?n y Rau?l Salazar -
Convertir un discurso tan cargado de texto en un cómic tenía otro problema: evitar la monotonía. “El personaje principal habla muchísimo. Fue un reto amenizar todas esas viñetas empleando diferentes recursos gráficos, encuadres o transformando al personaje de forma creativa según el contenido de su discurso en cada momento”, explica Salazar. Precisamente porque también es guionista, Salazar tuvo libertad para modificar algunos detalles. “Gran parte de los recursos gráficos o chistes visuales son resultado de la improvisación a la hora de dibujar, pero no alteran la esencia de la historia”. Y así, por las páginas de Yo, traductor, se dan un garbeo Los Simpson, Hulk y Hulka, los asesinos de Scream y Psicosis y Christopher Nolan. Ah, y también hay hueco para la renovación del Consejo General del Poder Judicial, Centauros del desierto y algún animal con navaja.
Pero en este juicio por el futuro del arte humano no se limitan a explicar cómo funciona una profesión. Más allá de los imprescindibles chascarrillos sobre traducir palabrotas, el cómic se asoma a sus condiciones laborales. “Si tienes la mala suerte de encontrarte con alguien que intenta colarte cláusulas que no corresponden o que pretende que hagas un trabajo que no te toca, si no sabes qué derechos tienes, no vas a hacer por defenderlos. Y si no haces por defenderlos, no solo se erosiona tu vida individual, sino la del sector en general”, recuerda Pérez Alarcón. Reivindicaciones que, además, trascienden la traducción. “En los oficios culturales muchos somos autónomos y hablamos de lo mismo: autoría, precariedad, pagos, tarifas...”.

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El monstruo final
Y si hay una villana definitiva en Yo, traductor, esa es la inteligencia artificial. El monstruo final del videojuego. No en vano, el libro se alza como defensor de la creatividad humana en múltiples frentes. Para empezar, Pérez Alarcón aborda la pérdida de puestos de trabajo, pero también una cuestión menos evidente: qué ocurrirá con quienes están empezando. En traducción audiovisual, explica, uno suele comenzar traduciendo realities. “Son productos a los que las distribuidoras dan menos trascendencia y de los que no se espera que generen lo mismo que el blockbuster del año, pero resultan perfectos para ir rompiendo mano. Sales de la carrera y aprendes a traducir traduciendo. Igual que dibujando: tú mejoras dibujando cuanto más dibujas”. Si esos trabajos se automatizan, plantea, ¿cómo llegará un profesional al nivel necesario para que le confíen una película de muchísimo prestigio si no ha podido adquirir experiencia durante esos primeros años?
Y con esta amenaza llega la siguiente: la precarización del sector. Frente a la idea de que surgirán nuevos puestos para quienes se dediquen a revisar los textos generados por las máquinas, Pérez Alarcón lo tiene claro: “Los traductores queremos traducir, no poseditar. No queremos revisar a la maquinita, una tarea que te drena y que está mal pagada. No es «adaptarse o morir». Es «adaptarse para morir»”. Y resurge aquí el asunto de los malentendidos sobre la profesión. “Mucha gente cree que lo que hacemos lo puede hacer la IA. Y no es así. Si tan bueno fuera el resultado, no necesitaría una revisión exhaustiva”. De hecho, señala, para que un texto generado por IA esté realmente preparado para el mercado, en muchas ocasiones el poseditor “acaba teniendo que retraducirlo desde cero”. Y ahí, sostiene, existe una pérdida de calidad. Traducir implica crear un texto desde cero a partir de la obra original. Si el profesional recibe un texto ya traducido, su cabeza no está en ese modo: “Está en modo pescar errores de una máquina y corregirlos. No en buscar soluciones creativas o lanzar guiños al espectador. Con lo cual, al público le llega algo peor”.

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Por eso reclama también un papel activo por parte de las audiencias. Del mismo modo que algunos lectores rechazan ilustraciones generadas mediante IA, considera que deberían poder exigir traducciones realizadas por personas. “El público también tiene que pelear y decir: «Yo no quiero traducciones para doblaje o subtitulado hechas con IA. Yo quiero traducciones humanas al cien por cien»”. Ya existen, recuerda, iniciativas como el sello de traducción humana de la Asociación de Traductores Literarios, adoptado por algunas editoriales. “Es triste que tengamos que llegar a esto. A decir: ‘Tengo un sello que dice que mi traducción es humana’”.
Curiosamente, este volumen nace, además, de algo tan humano como una amistad sostenida a lo largo del tiempo. “Tras conocer a Javi empecé a fijarme en la parte más creativa de la traducción. Me empezó a llamar mucho la atención y le propuse hacer este cómic”, explica Salazar. Quizá ahí esté también una de las claves de Yo, traductor. La traducción atraviesa gran parte de los productos culturales que exploramos, pero cuando funciona, rara vez pensamos en quién se ha encargado de esa tarea. En estas páginas, al menos, el traductor tiene nombre, cara y una cita judicial en el año 3042. Al fin y al cabo, el futuro de la humanidad depende de él.

- Raúl Salazar -
- Foto: EVA MÁÑEZ