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Lo digital, internet y lo gratis, una paradoja sin solución

22/11/2021 - 

Estoy seguro de que pronto leeremos la historia de internet con suficiente perspectiva. Los últimos no-nativos digitales, como ancianos en potencia que somos, empezamos a recordar con claridad el torpe deambular de aquellos primeros años en la Red. La luz regresiva de la memoria nos devuelve a la llegada de un nuevo mundo en el que enviar cartas de amor o comprar una enciclopedia Espasa dejo de tener sentido.

Para cuando los módem empezaron a parpadear en nuestro salón, la informática hacía mucho que era sinónimo de piratería. En los 80, hermanos mayores compraban en el rastro programas y juegos del Spectrum grabados por algún demiurgo del entretenimiento dotado con el poder de una minicadena con doble pletina. De aquellos pequeños delitos contra la propiedad intelectual surgió nuestra industria de la informática y el videojuego. Un sector mil millonario nacido gracias a ese mercado negro de las herramientas entre adolescentes.

En los 90, el tráfico de Windows que cabían en disquetes, de Encartas en verbatines y la de un largo etcétera de costosos proyectos públicos y privados (AutoCad, Flight Simulator, Linux) se englobaba en esa misma voluntad de conocimiento global. El poder legislativo y nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, como con el alcohol, el juego online o las criptocosas, esperaron a que la sangre llegara al río y dejaron para tiempos mejores los problemas en presente. Las consecuencias, al fin y al cabo, fueron enriquecedoras desde una ingenuidad primigenia.

Sin embargo, 40 años después, la relación de la informática y especialmente de lo que sucede en internet con lo gratis sigue despertando las mismas reacciones respecto de la propiedad. En este largo trayecto, los transportistas del arte, el conocimiento o el placer se han convertido en héroes multimillonarios. Las telecos hoy son propietarias de plataformas y canales, de las transacciones económicas entre creadores y público. Pero pongamos por caso La Resistencia y luego viajemos al pasado para reconocernos.

Este verano se sucedieron una suma de cambios en Movistar+. Nuevos jefes, el fin de una etapa (que ya incluyó el deceso de Late Motiv) y todo tipo de decisiones. Entre otras, las económicas, y una nueva perspectiva respecto a que, dado el coste creciente del programa que dirige David Broncano, había que revisar eso de que una empresa estadounidense estuviera facturando el 50% de su éxito; esa empresa se llama Google y La Resistencia, en realidad, era un contenido gratuito para el público en español alojado en YouTube.

El video más visto en España en 2020 no fue, sorprendentemente, el ¿videoclip? de la canción infantil Baby Shark, sino una entrevista de David Broncano al youtuber mallorquín Miquel Montoro. ¡Una entrevista! El año de la Covid-19 sirvió para que el late canalla -antes de El Terrat, ahora de El Terrat y la empresa de Ricardo Castella, Jorge Ponce y el propio Broncano- subiera otro escalón más de popularidad gracias a sus entrevistas irreverentes y aquella, la de Montoro, de entre otras muchas con millones de visionados, acabó por alcanzar esa incierta gloria. Lo más visto en el canal más visto por los españoles: YouTube.

Sin embargo y como decía, la progresiva subida en el coste de la producción de este programa y los cambios de jefatura en la empresa llevaron a proponer un volantazo para la nueva temporada de La Resistencia: se acabó lo de regalarle la mitad del negocio (la publicidad pre-roll antes de cada video) a Google. Movistar+ decidió subir únicamente un resumen del programa. Se acabó lo gratis y, como así está escrito en la historia de internet, aquí y en el mundo, el programa más visto y popular de 2020 acabó por ser una proyección de desafección, odio y problemas (2021).

El histórico de videos de La Resistencia en YouTube a lo largo de 2020 y hasta junio de 2021 es de ensueño: valoraciones positivas del 95 al 99%. Un mundo feliz. El histórico de videos de La Resistencia en YouTube de septiembre a final de 2021 oscila entre un 10 y un 20% de valoración. Los malos de la película. Mismo programa, más caro para quien lo paga (Movistar+) y, de repente, un arma arrojadiza porque ha cometido el pecado de invertir aquello que se regaló durante años a un espacio de pago (con un resumencillo a ver si eso genera suscriptores; no).

De esta forma, con una sola decisión basada en fundamentos tan racionales como tratar de rentabilizar aquello que tu mismo creas, Movistar+ habría bombardeado su puente de oro con el público más joven. De contenidos con millones de reproducciones a contenidos con decenas o unos pocos cientos de miles de reproducciones. De videos con decenas de miles de likes, a videos con 6.000 likes y 32.000 dislikes (van camino de conseguir algún tipo de record).

Mismo programa, mismos contenidos y miles y miles de comentarios en todos y cada uno de los videos diciendo: “No voy a pagar por Movistar+”, “todo tiene su final”, “somos los que os hicieron grandes”, “que vuelvan las entrevistas”. De hecho, no ha sido tan extraño encontrar insultos y hasta ideas de incitación al odio contra el propio presentador y los responsables del programa. Sobreviven en abierto aquellos comments que hacen burla y, con el paso de las semanas, no importa, la conversación que convirtió a La Resistencia en un claro objeto de deseo para artistas, para mostrarse y generar conversación, una conversación que muy a menudo, a veces a diario, acababa marcando trending topics en Twitter, ha acabado siendo un problema. ¿La razón? La paradoja de lo digital, internet y lo gratis, su extraño romance del que las telecos y las GAFA han ido haciéndose propietarias únicas.

Es paradójico que, en una cultura mayoritariamente cristiana, la española, desde un país que llegó a la orilla del siglo XXI con la Iglesia Católica al frente del sistema educativo o los medios de comunicación, hayan sido necesarias varias décadas para aceptar que lo no tangible, aquello que no podemos tocar, puede tener un valor económico. Son marginales los casos de éxito de creadoras o creadores de contenido, músicos, artesanos o periodistas que han encontrado en internet su campo de remuneración suficiente. En cambio, si es Netflix quien provee de ese contenido, si es una gigantesca marca fundamentada en tecnología, ingeniería y marketing digital, entonces no hay problema para que millones de españoles acepten pagar lo que esa empresa estime y al mes. Un precio que en el caso de Netflix ya ha subido tres veces.

Para tomar perspectiva histórica, de vuelta a los 90, podemos recordar la historia de un joven piratilla que, decían, operaba desde la Avenida de La Plata en València. Hablamos de un mito, Le Chuck, el creador de la serie de recopilatorios CD-Mix. Estos cedeses incluían los mejores juegos en un solo CD gracias a un sistema de compresión y el borrado de audios, músicas o versiones en otros idiomas de cada juego. LeChuck era el nombre de un pirata bastante más importante que Jack Sparrow para cualquier millenial (el malo de Monkey Island), pero su alter ego supuestamente valenciano logró que aquellos títulos top ventas llegaran a miles de personas y cambiaran sus vidas desde esa paradoja irresoluble entre lo digital y lo gratis.

Precisamente, con la llegada masiva de acceso a internet Le Chuck empezó a recibir quejas y amenazas de denuncia o bien porque alguno de los juegos no funcionaba o bien porque, quien quiera que fuese que había regrabado el CD-Mix de turno, había contagiado con algún virus alguna partida de recopilatorios. El acumulado de mensajes de queja en foros y su paso de héroe a villano en cuestión de meses le llevó a abandonar esta labor. Otros siguieron su estela y, hasta la fecha, solo las tecnológicas han conseguido deshacer la lacra de la piratería a través de la mejor distribución online de juegos y el fin de los intermediarios. Otras industrias creativas no han dado el salto.

Con el negocio en manos de quien provee de conexión pero rara vez en manos de quien escribe, dibuja, renderiza o interpreta la música, la paradoja infinita entre lo digital, internet y lo gratis no parece tener solución. Sus inversiones están en otros mundos, del 5G al metaverso, lugares donde rentabilizar cada acción y movimiento, una pasarela de pago a todo lo imaginable menos a quien nutre de contenido. La humanidad mantiene su necesidad de expresarse y contar, de divertir y entretenerse, de comunicarse a través de relatos, canciones o juegos. De esa fuente irrefrenable de hablarse, experimentar y ser se nutre un vasto imperio de lenguajes en código contra el que jamás, nunca, nadie parece tener un comment que dirigirle. Viven ajenos a la queja, el odio o el boicot, porque son precisamente aquellas que escriben o aquellos que inspiran los que tienen que disculparse y desaparecer. El algoritmo es el mensaje, la conexión, el acceso; los que cuentan, los malos de la película. Qué paradoja.

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