VIDAS LOW COST / OPINIÓN

Lo malo que nos pasa

2/09/2018 - 

VALÈNCIA. Esta semana he hablado con madres agobiadas por la factura de la vuelta al cole, he escuchado a jubilados preocupados por la incorregible subida del precio de la luz y he decodificado algunos rostros en la gasolinera al ver que llenar el depósito del coche cuesta nueve euros más que hace unos meses. Todo esto me ha pasado ahí fuera, en la calle, mientras que en ese otro bar de bolsillo y abierto 24 horas al que llamamos redes sociales, he leído todo tipo de halagos dedicados a Juncker tras la propuesta de corregir el cambio de hora por un eterno verano. Siendo todas derivadas de la economía, todas y cada una de ellas me parecían noticias centrales para el interés de cualquier editor de informativos. 

Si como más del 60% de la población ustedes han visto informativos de televisión esta semana, habrán comprobado que el compost resultante ha tenido poco que ver con esto. Con una excepción: el cambio de huso horario, siempre tan sufrido como para salir a la calle con una alcachofa y preguntarle a cuatro o seis personas blancas y occidentales qué leches les parece (cuya opinión nadie sabe a día de hoy qué pinta en un telediario). La principal atención de ese fenómeno de la comunicación que son los informativos de televisión ha tenido que ver, como cada día y como siempre, con tensiones políticas. Casi siempre artificiales, casi siempre prefabricadas; casi nunca sin consecuencias, casi nunca relacionadas con aquello que atraviesa la vida de los ciudadanos. 

Me pregunto varias veces y a diario un par de cosas al respecto: primero, cuánto durará la caída de estos contenidos ante una sociedad educada y, por tanto, crítica y escéptica. Es decir, que si la decreciente ambición, pluralidad, intención y honestidad periodística durará para siempre. Y no me duele generalizar. Me pregunto si la rutina de inspirar esa influyente base de mensajes en la lectura de una prensa de papel que habla del día anterior, en una agenda política con un bajo perfil endémico o si la ausencia de un consejo audiovisual estatal –que es toda una anomalía democrática y europea– no evitará que la cosa muera por causas naturales (y cuándo). La segunda pregunta es si esto que a mí me parece tan importante distorsiona tanto como creo el punto de vista de las personas sobre la realidad. A mi juicio, a día de hoy, no muy alejado de lo que supone la televisión en Fahrenheit 451.

Mientras que el sanitario no puede evitar creer que lo malo que nos pasa tiene que ver con la escasez de recursos en su sector, mientras que el docente piensa lo mismo de la Educación, no es extraño que alguien que trabaja en los medios viva diariamente la ingrata experiencia de ver unos informativos de televisión y crea que esto es sin duda eso: lo malo que nos pasa. En mi caso, convertido en suplicio familiar (varios y retransmitidos). Ahora, con los alicientes de una dudosa novedad: otra tonelada de evasión de la sociedad a la que atiende –se nos olvida a menudo que las empresas privadas que poseen canales tienen responsabilidades públicas dado que es un mercado restringido y controlado por el Gobierno– obtenida a través de YouTube: materia prima gratuita para retransmitir catástrofes lejanas y sacarnos una sonrisa fácil mientras lo que sea que nos pase de manera inmediata pierde lugar.

Evasión, ficción y gestión de estímulos y emociones. Cada día más veo los informativos de televisión como un plúmbeo ejercicio hacia la nada, pero con un punto de partida tenebroso que me atormenta: que una parte considerable de la sociedad crea haberse enterado de qué pasa. Que se sacie de nada. Algo muy parecido a un McMenú como régimen estricto y único. Me aterra esa idea plausible de que una parte considerable de la sociedad intuya que lo que acaba de cenarse tiene la menor relación con la información que podría asistirle en la toma de decisiones, en la reflexión desde otro punto de vista o en la amplitud de miras con la que tener mejores oportunidades. No me duele generalizar, insisto. Porque con una y otra voluntad, solo veo ejercicios narrativos de entretenimiento que para desgracia de todos son altamente rentables a todos los niveles. La tormenta perfecta de la desinformación.

Entretenimiento, sí, a veces enlatado, a veces forrado de autopromos, a veces astuto hasta la sangre, a veces torpe y casi siempre interesante desde el punto de vista del guión. Del guión de ficción, claro. De la tergiversación de las cosas como si la vida cotidiana se basara en F de fake (cuyo revisionado se hace cada vez más necesario dada la naturalidad de la mentira en la no ficción). Una composición que, como le sucede a Hollywood con el patriotismo yanqui, por si lo anterior fuera poco, ve la extensa y rica vida del territorio español desde la miopía provinciana madrileña. Más allá de la habitual queja sobre posibilidades económicas y tal, es evidente la lucha estéril que se ejerce desde el resto de realidades hacia Madrid y la entumecida empatía que se ejerce desde ese lugar angosto y limitante (intramuros de la M-30). 

Si como sociedad lo malo que nos pasa no son los informativos de televisión, son algo indistinguible de lo peor que nos puede pasar. Varias veces cada día, desde muy distintos abrevaderos y como si fuera irremediable, se asemejan a una condena sobre la cual hace tiempo que desoigo la historia comparada; el pasado no fue mejor. Desoigo también la otra comparativa habitual con lo que sucede en territorios próximos al respecto, como Reino Unido y países escandinavos. La altamente improbable revolución de los informativos en España no pasa por las lecturas externas, sino por el amor propio de los profesionales presentes y futuros y su consciencia de que, legalmente, casi nada les impide convertirse en dueños de su propio oficio. 

No parece que eso vaya a suceder. Y el colmo no es solo ese, sino las habituales y descorazonadoras entrevistas a los editores de esos programas donde se maravillan públicamente de aquello que no hacen y admiran en series como Borgen y The Newsroom. Hay que tener un estómago de titanio para admitir que sabes de qué va esto y cómo, pero abandonarte a diario con el granito de arena que habías venido a aportar.

Para todo lo demás, leer cantando a Billy Bragg.