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TRIBUNA LIBRE / OPINIÓN

Lo que sigue inspirando Karadžić : “Remove the Kebab”

Foto: FAROOQ KHAN/EFE
26/03/2019 - 

Brenton Tarrant se hizo el camino hacia el escenario de la masacre que perpetuó el pasado 15 de marzo en Christchurch (Nueva Zelanda) al son de la canción chetnik 'Od Bihaća do Petrovca sela'. Luego vació varios cargadores sobre los que llevaba escritos los nombres de sus ídolos y entre los que, junto a Don Pelayo o Josué Estébanez, estaban algunos de los estandartes del panserbismo. Mató a sangre fría a 50 personas que estaban en pleno rezo del viernes en dos mezquitas de la ciudad.

La melodía que tarareaba tiene alcance internacional bajo el pseudónimo de Remove the Kebab, algo así como “cárgate al Kebab” (véase musulmán), y cuenta con un sinfín de memes y cientos de miles de visualizaciones en youtube.  Arranca diciendo que dios es serbio y en su estribillo clama a Karadžić que guíe a su pueblo y les muestre (a los enemigos) que no le temen a nada.  

El criminal de guerra, Radovan Karadžić, al que esta semana el Mecanismo Residual Internacional en la Haya, en una decisión inapelable, ha aumentado la condena de 40 años a cadena perpetua, también despertaba la admiración del terrorista noruego Anders Bering Breivik. Y cabe preguntarse por qué. Karadžić siempre fue un mediocre por más que se le otorguen los epítetos de psiquiatra y poeta. Y aunque a sí mismo se atribuyó un rol mesiánico, nunca pudo sacudirse su origen de aldeano montenegrino que había bajado de los montes a Sarajevo. Es cierto que logró trabajar en el hospital de referencia de la ciudad y codearse con los intelectuales y escritores de élite, no sin la benevolencia de éstos, pero pocas veces se recalca algo que él mismo diría en su defensa, y es que cumplía órdenes. Algo que sus vecinos y conciudadanos jamás pudieron sospechar. Mientras en su caso no se ha tomado en consideración las pruebas que demuestran esa línea ascendente, pero que previsiblemente se haga en los casos que le siguen, la justicia internacional ha enjuiciado a Karadžić por 11 crímenes contra la humanidad, entre estos, la masacre de Srebrenica, catalogada por el Tribunal como genocidio. 

Ante el negacionismo al que está expuesto el término en buena parte de los Balcanes, pero también fuera, como ha demostrado el ataque de Nueva Zelanda, es preciso ponerle rostro al genocidio de Srebrenica. Rostro como el de Hatidža Mehmedović. La madre de Srebrenica a la que le fueron arrebatados sus hijos de sus pupitres, también su esposo, como me contó en una entrevista, y cuyos restos encontró muchos años después en una fosa común. Incluso el día de su muerte, fue vejada por políticos nacionalistas serbios que se preguntaban vía redes sociales quién le iba a dar sepultura, si sus hijos o su marido. Esta activista que regresó a Srebrenica y que le puso en la solapa al presidente serbio Aleksandar Vučić la flor que simboliza a las más de 8.000 víctimas asesinadas, ha muerto sin escuchar esta condena en firme que le hubiera podido dar algo de resarcimiento, a pesar de que me llegara a decir que había perdido la fe en la justicia mundana. 

Rostros como el de Abdurahman Hasić, superviviente de la matanza en aquel enclave que era zona protegida por los cascos azules. Me contó que sobrevivió porque unas pilas de cadáveres cayeron sobre él, y así estuvo durante varios días. También me contó cómo le despojaran de toda documentación y pertenencia que un día permitiera su identificación y la de miles de sus vecinos, porque era así como se borraban los “kebabs” de la faz de la tierra. 

Junto a él, el director del Instituto para la Identificación de las Personas Desaparecidas de Bosnia y Herzegovina, Amor Mašović me explicó que tal sistema de profanación de los cuerpos no lo usaron los nazis. Después de la masacre y de enterrar los cuerpos en masivas fosas comunes, siendo conscientes de que iban a ser descubiertas, volvieron con excavadoras y desmembraron aquellos cadáveres para llevárselos a fosas secundarias y terciarias. Me dijo que su equipo de identificación había encontrado restos de una misma víctima en un radio de 30 kilómetros a la redonda. 

Eso es el genocidio del que acusan a Karadžić, pero sufrieron lo mismo miles de inocentes de Bratunac o Prijedor, donde aquellos que obedecían sus órdenes ataban lazos blancos en las mangas a sus vecinos musulmanes, en especial a los intelectuales, para que fueran fácilmente identificados cuando llegaran sus tropas a “limpiar”. Municipios como Vlasenica donde mi amigo tuvo que presenciar como mataban a su padre y a su abuelo. Ha estado dos décadas cotejando su ADN con los restos de cada fosa nueva que se desentierra hasta que hace un par de años, al fin, pudo dar con ellos. 

En Sarajevo, más de 11.000 civiles, 1.600 de estos niños, cayeron bajo el yugo de sus obuses. Y los que sobrevivieron fueron condenados a vivir en un caldero, como a Karadžić le gustó denominar el asedio, durante cuatro años y medio, mientras él felicitaba a sus vampiros de los montes por cada buen tiro que realizaban sobre los civiles, sobre mi gente, sobre los hospitales, sobre los mercados o sobre la Biblioteca Nacional, la Vijećnica que redujo a cenizas haciendo desaparecer en sus llamas dos millones de libros con la intención de borrar la historia de todo un pueblo. Los perseguidos, las mujeres violadas, los millones de huidos y desplazados también son sus víctimas, tal y como ha demostrado el Tribunal. 

Esos son los crímenes por los que Karadžić ha sido sentenciado a cadena perpetua, pero a pesar de la condena, su proyecto sigue vivo, como él mismo se ha apresurado a decir desde la prisión de Scheveningen. Desde su jaula de oro ha reivindicado su legado: el de un territorio étnicamente limpio con el que, al parecer, comulgan terroristas que se han venido a llamar de “extrema derecha” o “supremacistas”, y que no vendrían a ser más que cobardes fascistas como Karadžić, cuya estela no puede seguir expuesta a revisionismos históricos y justificaciones falaces pues hay una sentencia internacional que las refuta, y sobre cuyo acervo se basarán las que quedan por dictar. Esa será la verdadera condena en vida para quien se ha venido a llamar el monstruo de los Balcanes. También para sus secuaces, más allá de esta región.

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