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GRUPO PLAZA

LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

Los caballeros rubios prefieren las polaroids: acerca de David Sylvian y Japan

3/05/2020 - 

VALÈNCIA. Hasta que publicaron Gentlemen Take Polaroids, a Japan les costó lo suyo que se les tomara en serio. Contemplado con la perspectiva que dan las casi cuatro décadas que cumplirá este otoño, el cuarto álbum del grupo significó mucho más de lo que entonces pudo apreciarse. Les dio su primera cumbre artística a la vez que inició la cuenta atrás que acabaría matando al grupo en pocos meses. Japan eran del sur de Londres, y  sus comienzos estuvieron marcados por un sonido difuso que se debatía entre lo sofisticado y lo urbano sin poder evitar caer en lo macarra. Cultivaban también por esa época una estética a lo New York Dolls, es decir, cinco hombres heterosexuales luciendo melenas teñidas y maquillaje. Destacaba el cantante, David Sylvian, un efebo al cual el astuto mánager que los descubrió (Simon Napier-Bell, todo un experto en desarrollar ídolos para el consumo adolescente) vendió bajo la etiqueta de el hombre más bello del pop. Fruto de ello fue que llegaron a tener 30.000 inscritas en su club de fans antes de que su primer álbum llegara a las tiendas. Pero Sylvian no acababa de ver clara esa propuesta. A medida que fue descubriendo las posibilidades líricas de su voz y sus posibilidades como autor, fue intuyendo también lo que realmente podía hacer con su grupo.

 

Japan grababan para Hansa, sello europeo de música discotequera que editaba a Boney M y que por aquel entonces también había mostrado interés por The Cure, a quienes rechazaron despavoridos cuando vieron que uno de los temas de su maqueta se llamaba ‘Killing An Arab’. Ese lastre desapareció cuando en 1980 pasaron a formar parte de una marca mucho más cool, donde tenían de compañeros a XTC, PiL, Simple Minds y otras bandas respetadas. Virgin los fichó porque vio en la sofisticación de su música y en los manierismos de Sylvian la oportunidad de tener en su catálogo a un grupo new romantic. Iluminados por Bowie, Kraftwerk, y el melodrama existencial a la europea, los new romantics tenían todo eso en común con Japan, y sin embargo, estos negaban -al igual que Human League- cualquier relación con dicho movimiento. De hecho, Duran Duran les solicitaron como productores de su primer álbum. Cuando Sylvian y el bajista Mick Karn escucharon la maqueta de ‘Girls On Film’ pensaron que aquello era un horror con el cual mejor no relacionar su nombre. Japan siempre fueron una especie de isla en medio del panorama musical que se impuso con la llegada de los ochenta.

A menudo  se les criticaba por sonar como una mera copia de Roxy Music, pero con Gentlemen Take Polaroids Japan imprimieron su propio código sonoro. Y aunque este no andaba muy alejado de la suave elegancia que había adoptado la banda de Bryan Ferry con el disco Flesh + Blood (1980), el álbum desplegaba una sensibilidad que iba más allá de los lamentos románticos y les ensoñaciones eróticas de Ferry. Fue fruto de un proceso creativo que resultó una pesadilla para sus compañeros de grupo. En su afán por destilar un sonido propio y crear algo inconfundible y fiel a sus aspiraciones arrtísticas, Sylvian se afanó por repetir una y otra vez todas aquellas partes que no le convencían. Una sola palabra de la canción ‘Methods Of dance’ fue grabada docenas de veces hasta quedar como él quería. Durante las sesiones de trabajo tuvieron visitas ilustres, músicos que trabajaban en otras salas de los Air Studios de Londres. Kate Bush y Paul McCartney les ofreció sus servicios como guitarrista en caso de que precisaran uno. Pero la guitarra fue el instrumento más perjudicado por la nueva orientación musical que fue imponiendo Sylvian durante aquella grabación. Las guitarras tradicionales ya no tenían lugar en aquella música envolvente, impulsada por el sensual bajo de Karn, envuelta en sonidos sintetizados y arreglos exquisitos. Con Gentlemen Take Polaroids, David Sylvian comenzó el trayecto que le llevaría convertirse en otro renegado del pop al igual que, años atrás, lo había sido Scott Walker. Ambos eremitas estuvieron a punto de trabajar juntos en 1990. Sylvian le envió un tema que pensó podría gustarle. Se reunieron. Hablaron de hacer un disco a medias. Pero Walker desapareció en su propia bruma y el proyecto nunca se materializó. Curiosamente, Joan As Police Woman, pasó por un proceso similar hace unos años, cuando intentó colaborar con Sylvian en un disco. Dejó el proyecto sin terminar, dando a su socio por imposible. 

El hombre más bello del pop fue deshaciéndose del maquillaje que había contribuido a hacer de él una estrella. La fama, las giras y las entrevistas le cargaban. “El maquillaje era una máscara, y la música que hacía entonces, también; no decía nada de quién era yo”, declaró diez años después. A pesar de todo esto, se puede decir que antes de concluir este álbum, en el que flotan referencias a Eric Satie, Dirk Bogarde y Warhol (la canción que da título al disco y la imagen del propio Sylvian, con su pelo oxigenado, remiten al Warhol aferrado a su cámara, sacando instantáneas constantemente), Sylvian ya estaba pensando en el siguiente paso a tomar. El disco no tuvo sencillos de éxito pero consolidó la popularidad del grupo y a Sylvian como icono estético en un mundo dominado por ídolos masculinos de aspecto ambiguo y femenino. En Japón, país donde fueron celebrados desde el primer momento, Sylvian fue entrevistado por Ryuichi Sakamoto, y en ese mismo momento nació una amistad que perdura hasta hoy y que tuvo su primera manifestación en el tema ‘Taking Islands in Africa’, firmado por él y Sylvian. Japan alcanzaron su cima artística y comercial un años después, cono el álbum Tin Drum, lleno de referencias orientales y minimalistas. Para entonces el grupo ya estaba acabado. Lograron un disco de oro, pero no hubo gira promocional. Japan habían pasado a la historia aportando un sonido y una sensibilidad que ampliaron el campo expresivo tanto del pop comercial como de la música con espíritu de indagación. Pero sobre todo, con aquel inesperado adiós se empezaba a escribir otro mito, el del artista que nunca quiso ser bello ni famoso, que solamente quería dar forma a los sonidos que escuchaba en su interior.

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