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el callejero

Los esqueletos de Pedro Bonache

Foto: KIKE TABERNER
29/05/2022 - 

VALÈNCIA. El taller de Pedro Bonache es un lugar peculiar. A primera vista parece un taller sin más, una planta baja consagrada únicamente a la madera. El suelo, de piedra y desconchado en muchos tramos, está lleno de virutas, serrín y pedazos de madera, y hay partes en las que resbala porque encima se ha formado una película de silicona. De las paredes cuelgan plantillas de cartón y herramientas de todo tipo. 

Gatos, destornilladores, sierras... Encima de la mesa hay otros utensilios que parecen de la Edad de Piedra, como un martillo deforme por las capas de cola que se han ido superponiendo y desgastando con el paso de los años. Pero si uno mira con detalle, van apareciendo más cosas. Como un corcho con invitaciones o entradas de discotecas de la Ruta del Bakalao -reflejo de su juventud- y con diplomas de marchas ciclistas con la bicicleta de montaña -el presente-. Bajo el techo pasa un canalón lleno de telarañas. Y, en un rincón, hay una penosa fotografía de revista, amarillenta y descolgada por una punta, con la imagen de una mujer en tono sugerente. Debajo, mucho más inocente, hay un pájaro carpintero de madera clavado en un tablón. Pedro lo va cambiando de sitio para crear una especie de juego con un par de niñas, las hijas de un vecino, que cada tarde entran alborozadas en busca del pajarillo.

A la entrada hay un esqueleto de madera. Es el armazón de una sofá que irá dentro de unas semanas a Las Vegas. Esa es la especialidad de Pedro Bonache, uno de los mejores del país haciendo ese tipo de estructuras que luego se cubren, tapizan y remachan para sacar a la venta en las tiendas de muebles por un precio astronómico. Aunque también hay quien entra en el taller con una página del 'Hola' y le pregunta al artesano si sería capaz de hacerle una réplica del sofá en el que sale posando una famosa. Pedro suele decir que sí. Su nicho de mercado está ahí, en hacer objetos que nadie más se atreve o con los que nadie quiere perder el tiempo. 

Pedro es un personaje. A veces habla a gritos y otras estalla en risas estrepitosas. Es un hombre desinhibido que lo mismo contesta bruscamente a un empresario que se quiere pasar de listo, que se hace retratos desnudo dentro de una de sus creaciones. "Es difícil decir lo que soy", adelanta. "Técnicamente soy esqueletero porque hago esqueletos, pero en realidad soy como el señor Lobo: soluciono problemas. Cuando hay algún problema, siempre dicen: 'Llama a Bonache, que te lo haga él'. Me dedico a hacer prototipos, diseños, y por eso hay otra palabra más rimbombante para definir lo que hago: modelista". 

A sus espaldas, 31 años de experiencia divididos en dos etapas: una, la primera, a la sombra de su padre, que fue quien creó el taller, y la segunda, ya con las riendas en sus manos. Hace un tiempo, cuando la crisis de 2008, decidió abrir un blog para contar lo que experimentaba cuando hacía sus esqueletos, un blog de Blogger -'old school'- que le cambió la vida porque a partir de entonces empezó a llamar mucha gente para hacerle encargos. "Eso fue un salto flipante. Me diferencio de los demás porque hago solo una pieza (frente a la producción en serie, más rentable). Soy bueno en eso. La gente me envía una foto de Google, me pide que se lo haga y se lo hago. No necesito planos ni nada. Solo que me diga el ancho y el largo del sitio donde irá, y con eso me sobra. Eso no lo quiere hacer nadie porque supone mucha pérdida de tiempo. Por eso esto es un taller de modelar, no para producir en serie sino para hacer solo una o dos piezas. Por eso tengo mucho trabajo". 

El sitio, a pesar de ser caótico, o quizá por eso, tiene encanto. Es uno de esos lugares que te hacen sentir en otro tiempo. Pedro no ha cambiado gran cosa desde que su padre montó ahí el taller. Al principio solo tenía una sala al final del inmueble y el resto era la casa donde vivía la familia. Pero luego se mudaron a otra vivienda cerca de allí, en el barrio de La Olivereta, y ya dedicaron todo el espacio a las máquinas y los muebles. Pedro Bonache padre tenía tres empleados y algunas tareas se las encargaba a otros en serrerías y sitios así, pero poco a poco fue incorporando la maquinaria necesaria para no depender de nadie más. Lo último fue un torno, y la sorpresa fue cuando su hijo descubrió que era el del tornero que veía cada mañana cuando iba camino del colegio. Todos los días veía a aquel hombre que parecía vivir dentro de una burbuja hecha de virutas, pues el cristal de la puerta estaba impregnado de restos de la madera. Al final, cuando el hombre se iba a jubilar, el taller de los Bonache le compró el torno y le dejó que fuera por allí a hacer sus trabajos siempre que le diera la gana. Solo le pusieron una condición: que enseñara a su hijo a manejar el aparato. Y allí sigue, en el mismo rincón y con el mismo escudo del Levante UD que trajo aquel hombre, Serafín, pegado a la pared.

El 'taximetro'

Pedro ha heredado muchos tics de su padre. Como el método para cobrar. El esqueletero conserva una cajita de madera de la que asoma, al abrirla, un cronómetro. Cuando Pedro empieza con un encargo, la abre y pone en marcha el crono. Luego lo va parando cada vez que interrumpe su faena y al concluir el trabajo, multiplica las horas por 25 euros, y eso es, aproximadamente, lo que le cobra al cliente. "Muchos desconfiados me preguntan al principio que cuánto les voy a cobrar, y yo siempre les respondo lo mismo: 'Lo que marque el cronómetro'. Y eso hago, aunque a veces me pasa, como el otro día, que haces mal dos sillones, los tiras y vuelves a empezar. Y le cobras dos, no cuatro"... 

Este artesano de la madera hace, sobre todo, sillones, sofás y sillas. Hoy está a punto de acabar un sofá con chaise longue. "Al cliente le cuesta 550 euros y luego lo venderá por cinco o seis veces este precio. ¡Y yo tengo fama de caro!", comenta a voz en grito. Él cobra las horas de trabajo en el taller pero cuenta que tiempo dedicado es más amplio. Porque nadie le paga por pensar, por los ratos en la bicicleta en los que va, como si fuera un ordenador, dándole vueltas al objeto en su cabeza, algo que no está al alcance de muchos. "Una de las cosas que he heredado de mi padre es la visión espacial que desarrollas, poder ver en 3D en tu cabeza". 

Su progenitor falleció hace seis años. Pero antes, estando en el taller, le dio un infarto cerebral y ya pasó sus últimos años renqueante. Eso fue un palo para su hijo, obvio, pero después, digerido el mal trago, se transformó en una liberación. Pedro jamás había cuestionado el modelo de su padre, jamás hacía tomado una iniciativa. Su padre ordenaba y él ejecutaba. Como una máquina más del taller. Hasta que un día, ya solo, descubrió que eso de crear muebles tenía su ciencia. Y su historia. Y aprendió que algunos de los modelos que fabricaba eran clásicos del diseño. Como el Lady. Aquel descubrimiento tardío, con los cuarenta ya cumplidos, despertó en él una curiosidad casi salvaje y en unos años pasó de ser un ignorante a convertirse en un experto. 

Y un día iba al taller de unos tapiceros y veía que no sabían que el sillón que tenían allí era una réplica de la Lounge Chair de Charles y Ray Earnes, que se hizo célebre, en parte, porque salía en la serie 'Frasier'. "La cogí, le di la vuelta y vi la chapa. Así que me puse a gritarles: '¡Esto es un original! ¡Esto vale seis mil pavos!'. Y esto me pasa mucho". 

De su padre sí aprendió el valor del tiempo libre, de que es más importante lo que pasa fuera del taller, por mucho que te apasione. Aunque al fundador del negocio le llevó su tiempo. Hasta que un año, harto de no tener nunca tiempo para irse a pescar, le propuso a sus empleados trabajar media hora más cada día y así dejar de ir los sábados al taller. Todos aceptaron, claro. Tiempo después volvió a reunirlos y les dijo que si hacían un poco más, el viernes a la una se iban todos a casa. "Buscaba mejorar su calidad de vida, pero también la de los trabajadores. Por eso ahora, al que me pregunta que si no quiero crecer, le contesto que no, que prefiero vivir. Porque con la muerte de mis padres y el susto de mi hermana, que le vio los ojos al lobo por culpa del bicho, me he dado cuenta de que esto se acaba. Y yo quiero vivir". Pedro Bonache defiende su espacio. Por eso le dio calabazas a Andreu World, una de las empresas de diseño de muebles más reconocidas del mundo, cuando le hicieron "una proposición deshonesta".

El 'Bel Design'

Su despertar, tardío, con 42 años, se produjo gracias al blog. Una amiga que trabaja de documentalista en Canarias le escribió un día y le puso: "Esa foto que has subido es del R160 de Grant Featherston". Pedro se quedó patidifuso. Un mundo nuevo se abrió ante él y se lanzó de cabeza. El diseño colonizó su cabeza, le transformó. Y cada dos por tres cogía su moto, una Yamaha Virago que tiene cubierta con una funda dentro del taller, y se iba a visitar a los clientes para hacerle una foto al mueble terminado. Uno de los clientes, cansado de verle entrar con la cámara, le soltó un día: "¡Xé, deixa de fer fotos i tira a fer mobles!". 

Ese día cogió la moto y, con las orejas fachas, emprendió el camino de vuelta a casa. Pedro recuerda que iba con una "chupa molona" y que paró en un semáforo, se quedó pensativo y llegó a una conclusión: "¡Qué coño! Voy a seguir haciendo lo que me dé la gana". Hoy, el mismo tipo que le dijo aquella frase, le llama maestro. Pedro tardó 47 años en descubrir lo que quería hacer y cómo quería ser. "Cuando ya creía que lo había visto todo, resulta que no había visto nada". 

Esos años pasaba mucho tiempo en internet, leyendo, aprendiendo, disfrutando. Se enamoró del 'Bel Design', de los años en los que los creadores idearon asientos en los que recrearse. Como el sillón Lady de Marco Zanuso. O el sillón Womb de Eero Saariñen, que se inventó una butaca con forma de pétalo para que las mujeres descansaran y estuvieran cómodas, sentadas como les diera la gana, después de los años de esfuerzo y sufrimiento en la II Guerra Mundial. "Era el momento de volver a ver cosas bonitas y aún hoy se me pone la piel de gallina al imaginármelo". 

Y todo lo que aprendió, lo compartió con los tapiceros, que llevaban lustros viviendo subyugados bajo el imperio del mueble. Él se esforzó en devolverles la dignidad, y les informaba de que el famoso Lady había ganado el premio de la Bienal de Milán en el año 53, que era una pieza mítica porque fue el primero que utilizó la goma espuma que había desarrollado Pirelli. "Estáis haciendo un icono", les repetía a los tapiceros.

Le falta media falange

Pedro Bonache ya lleva tiempo estando solo en el taller. Trabaja mucho pero también sabe parar, coger la bicicleta de montaña y marcharse a despejar la mente dando pedaladas por el campo. Y el lunes regresa al taller con la mente despejada y ávida por ponerse a trabajar con algún tablón de madera de pino de Las Landas, un bosque creado en Francia con fines industriales -se plantaron árboles en terreno pantanoso y ahora hay un millón de hectáreas de arbolado- a mediados del siglo XIX. 

El 10 de septiembre de 2001, la víspera del 11-S, se rebanó la punta del dedo índice. Su padre, al verlo con el dedo vendado, le dijo: "Ya estás marcado", como si fuera una tradición que fuera pasándose de generación en generación, como esos hombres que entregan a sus hijos el reloj o los gemelos del abuelo. Ahora todo es más seguro que en el siglo pasado. Su temor, ahora, es la reforma de los autónomos prevista para 2023. "Estoy aterrorizado; eso puede ser la guillotina para muchos como yo. Y veo que la vida se consume". Y por eso, por primera vez, empieza a sopesar una oferta, la de Colección Alexandra, una firma muy importante de Burriana. Porque ya tiene 56 años y se le empieza a caer encima el viejo taller de su padre. Y le solivianta que el Gobierno le diga que igual tiene que estar trabajando hasta los 67. Por eso ha empezado a hacer cálculos: vender la planta baja, vender su piso, irse a vivir al chalet con su hermana y disfrutar lo que le quede. "Si no puedo hacer frente a la reforma laboral ya les he dicho que me voy a Burriana", anuncia pesaroso. 

A Pedro le dolería cerrar el taller donde lleva casi toda su vida, pero está obsesionado con aprovechar el tiempo. "Las decisiones hay que tomarlas ahora. Muerto, ya no se toma ninguna decisión", esgrime. Pero no tiene hijos y dice que se ha hecho viejo y renegón y que ya no le apetece tener a nadie a quien enseñarle el oficio. Pero ahí sigue, haciendo esqueletos con sus manos y unas máquinas del siglo pasado.

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