CENTENARIO DE SU NACIMIENTO

Matilde Salvador: un siglo de hitos silenciosos

Pronto se cumplirán 100 años del nacimiento de la compositora de Castellón, figura fundamental en la cultura musical valenciana del siglo XX

22/02/2018 - 

VALÈNCIA. Casi siempre la realidad es tan insosteniblemente aburrida que es necesario, e incluso urgente, idear una cáscara de fantasía con la que protegerla de la insubstancialidad. Entre la verdad y la verdad adornada siempre es mucho más divertido el disfraz. Le pasaba al humanista y filólogo francés Claude Saumaise, un soñador etimológico que a veces ofrecía los orígenes más inverosímiles -y, por tanto, mucho más apasionantes- de las palabras. Él, por ejemplo, ideó que el término poltrona, que cuenta con esa acepción dedicada a la holgazanería y la vagancia, se originaba en aquellos hombres que, en la antigüedad, se mutilaban los pulgares para no tener que participar en las campañas bélicas; la difícil contracción de pollice truncus hasta el poltrone italiano hundió las posibilidades de Saumaise, pero su explicación molaba más.

El apoltronamiento social de Saumaise, ese que tiene que ver con deshacerte de tu propio pulgar oponible para no ser capaz de manejar un arma y poder quedarte al margen en los conflictos bélicos, invita hoy a sentarse en el sofá y conservar el pulgar para retuitear. O a celebrar de forma unánime efemérides que, en lugar de festejar el nacimiento, conmemoran la fecha del deceso como si de algo digno de banquetear se tratara. La agenda setting de McCombs y Shaw hoy vale tanto para tener a la opinión pública posicionándose sobre polémicas artificiales o sacando las banderas al balcón, como para festejar la vida de su cantante favorito el día en que se cumplen 365 días seguidos sin él.

En el caso de figuras como la de Matilde Salvador es inevitable recuperar el sentido original de las cosas y celebrar la fecha de su nacimiento, no tanto la de su desaparición -el año pasado, de hecho, se cumplió una década de su muerte-. A menos de un mes de la conmemoración de su centenario, es importante avanzarse a lo que debería ser una batería de actos de glorificación del siglo que se cumple desde el nacimiento de la compositora -poetisa y pintora- de Castellón. La relevancia de Salvador, no ya en el apartado musical, sino integralmente en la cultura valenciana del siglo XX, así lo exige; más incluso en el marco necesario de la necesaria visibilización de la mujer en todos los contextos.

Mujer de hitos silenciosos

La de Matilde Salvador es una figura que, por fuerza, ha de ser reivindicativa en tanto en cuanto reunía en su haber una de serie de obstáculos difíciles de obviar hasta en el más sucinto de los análisis. Mujer, autora y defensora de una cultura colectiva propia al margen de la hegemónica, tras la Guerra Civil española y más aún durante el franquismo, Matilde Salvador percutió en la historia de la música valenciana y española con la paciencia de quien se sabe inmerso en una carrera de largo recorrido. Tanto es así que hasta los días antes de su muerte, a los 89 años, la compositora mostró una actividad responsable pero constante.

Cuando eres mujer, de Castellón, y te toca construir tu biografía en medio de un régimen totalitario y fascista, construido desde un nacionalismo extremo uninacional y, por supuesto, machista -entre otras cosas-, la cosa está complicada. Cada victoria ha de ser celebrada con la responsabilidad del que anota los días que sobrevive como una victoria en sí misma. Solo que en el caso de la compositora, muchos de esos logros eran -y lo siguen siendo hoy en día- hitos que constituían, silenciosamente, la hoja de ruta que lleva directamente al final del túnel. Sus efectos, además, se extendían más allá del franquismo, como cuando se convirtió en la primera mujer en recibir el título de hija predilecta de Castellón en 2004.

La mujer en ‘la primera mujer que’

Anna Bofill Levi recoge en su libro ‘Los Sonidos del Silencio: Aproximación a la Historia de la Creación Musical de las Mujeres’ las palabras de María Palacios al respecto de la dictadura, la música y las mujeres. Según Palacios, el franquismo denostó todo ese campo, con una salvedad: “la recuperación del folklore más rancio por los Coros y Danzas de la Sección Femenina de Falange con la finalidad de exaltar el pasado imperial, la idea de Patria, el recuerdo de las grandes gestas hispánicas, la recuperación del modelo tradicional de familia y de mujer”. En ese sentido, Bofill Levi menciona dos excepciones, y las dos son valencianas: María Teresa Oller y Matilde Salvador.

El de hija predilecta de Castellón no fue el primera-mujer-que de la colección de Matilde Salvador; tratándose de una figura como la suya en un entorno como el mencionado, lo más probable es que la lista tienda a infinito. Uno de los hitos más relevantes es, sin duda, el que tiene que ver con su ópera Vinatea. En 1974 se convirtió en la primera mujer en estrenar una ópera en el Liceo de Barcelona -en los 80 años entre el atentado que impidió el estreno de Schiava e Regina, de Maria Lluïsa Casagemas, en 1983 no tuvieron tiempo-. El éxito de Vinatea era una recompensa para ese nacionalismo musical valenciano, quizá lejos de la estética tradicional del mismo, pero que la compositora practicaba desde el principio con óperas como la de La Filla del Rei Barbut ya en la primera etapa del franquismo en 1943.

Tres décadas después, y en medio de la enorme aceptación de Vinatea, Matilde Salvador participaba brevemente en Castelloneries, de Radio Castellón Cadena Ser, y daba las pinceladas principales de su trayectoria en apenas cuatro frases. “Ha sido una experiencia, como tantas cosas que se hacen, y todas son experiencias (…) Pero para mí la alegría ha sido que Vinatea, que es un personaje nuestro tan representativo y tan magnífico -que conocíamos mucho la gente que nos interesamos por nuestra cultura y nuestra historia, pero la gente de la calle no lo conocía bastante-, (…) creo que he contribuido un poco a que esté en la gente de la calle, que es lo importante”, explicaba Salvador en marzo de 1974.

Las experiencias y un coro en Cerdeña

Muchas de las experiencias de Matilde Salvador acabaron impresas. Entre las primeras piezas de música coral, de cámara, vocal e incluso orquestal de principios de la década de los años 30 -cuando ni siquiera tenía 20 años- y las últimas -entre las que se encuentra una composición para la interpretación de ‘La famosa representación de La Asunción de Nuestra Señora a los Cielos’ en 1999, cuando ya había cumplido los 81 años-, la compositora de Castellón dejó un legado imponente de alrededor de tres centenares de obras.

En herencia quedan todas, y también la importante cantidad de homenajes con su nombre en lo más alto. Institutos, calles, plazas, centros municipales o salas de edificios como el de la Nau se han bautizado con sus credenciales. Existe incluso en L’Alguer (en italiano Alghero, al noroeste de Cerdeña) un coro con el nombre de Matilde Salvador. La Akademia Cantus et Fidis la eligió para darle nombre al coro en virtud de la ascendencia que tuvo en esta localidad en la que el idioma catalán convive con el sardo y el italiano. Aquel, el del primer coro sardo con nombre de mujer, fue el último de sus hitos como compositora, la última de sus experiencias.


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