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LA NAVE DE LOS LOCOS / OPINIÓN

Me voy a hacer analista político

El buen analista político defenderá, con aplomo y convicción, una opinión a las ocho de la tarde, cuando cierren los colegios electorales, y sostendrá lo contrario, con idéntica vehemencia, a las once de la noche, cuando ya se conozcan los resultados. Y lo hará con suma naturalidad, sin mover un músculo de la cara para no desvelar sus contradicciones

4/07/2016 - 

Es difícil de creer, pero he sido banderillero en estos últimos años. Banderillero suplente, quiero precisar. El banderillero suplente está al quite cuando el titular se cae del cartel inventando cualquier pretexto. La razón alegada es poco o nada imaginativa; puede ser el parto repentino de una cuñada o, ay, un esguince de tobillo jugando al pádel. Pero el verdadero motivo no es otro que el miedo a verse empitonado por un toro al que esta vez no le han afeitado los cuernos.

En esas circunstancias, cuando el banderillero titular hace mutis por el foro, entro yo en liza, previo aviso de la ETT que hace de intermediaria en este negocio. No me ha ido mal del todo; he sufrido pocas cogidas y he ganado suficiente dinero para ir tirando y evitar que me echen de mi casa. Lo he llevado, eso sí, con discreción, como quien visita al proctólogo cada mes. Sólo lo sabían mi madre y los amigos más íntimos, quienes no me han retirado el saludo a pesar de ser antitaurinos, lo cual merece mi agradecimiento.

Yo pensaba que con esto del toreo, pese a estar tan mal visto, iría malviviendo hasta la jubilación, pero me equivoqué. Parece que lo mío es ir de fracaso en fracaso, de contratiempo en contratiempo. Desde hace un año, en los municipios gobernados por Compromís no nos quieren ni ver. Nos tratan como apestados, cuando no como asesinos. Sin apenas corridas para este verano, el diestro de mi cuadrilla se ha visto obligado a hacer un ERE y, como sucede en estos casos, los perjudicados hemos sido los temporales. El matador ­—del que prefiero omitir su nombre para no comprometerle— me ha asegurado que seré el primero en volver a ser contratado si la situación mejora, cosa que dudo. Estas palabras se suelen decir antes de darte la palmadita en la espalda y abrirte la puerta para que te vayas.

Desde que me despidieron le he estado dando vueltas al asunto. Incluso tuve la ocurrencia de pasarme por la oficina del paro para buscar trabajo. Sólo necesitaban camareros, un oficio para el que no me doy maña. Pensé en volver al periodismo pero hice números y no me compensaba: se gana cada vez menos y se trabaja cada vez más, en jornadas extenuantes.

La respuesta a mis dudas la encontré de manera inesperada, cuando lo daba todo por perdido. Viendo un programa sobre las elecciones del 26-S, descubrí que lo mío podía ser el análisis político. Se preguntarán por qué y yo trataré de explicárselo.

"En la noche electoral analistas políticos dieron por seguro el ‘sorpasso’ de Podemos y después, con el reparto final de escaños, se desdijeron y criticaron a PABLO Iglesias" 

Para ser analista político se necesita tener buena presencia —creo que aún la conservo—; una oratoria convincente y un poquito de descaro. Es aconsejable que el analista aporte, entre sus credenciales, el trabajar en alguna de las innumerables universidades privadas que asolan este país. Si son dos universidades mejor que una, porque de todos es conocido que estas universidades suelen pagar poco y mal a sus empleados pese a cobrar mucho y pronto a sus alumnos.

El analista político, para acabar de ser creíble, debe lucir una barba cuidada de dos semanas, prescindir de la corbata pero conservar la chaqueta, lo que le dará un toque de elegancia desenfadada, y emplear muchos anglicismos en su vocabulario como target, social media o branding, entre otros. Y por supuesto ha de aparentar saber mucho más de lo que sabe. Además, es aconsejable que en las tertulias de televisión se le vea siempre consultando su móvil o tableta. De esa manera transmitirá sensación de fiabilidad estadística, de rigor demoscópico.

La desvergüenza, condición indispensable

Pero todo lo que acabo de decir, y que ya tengo plenamente asumido, será insuficiente si no añadimos una última condición para triunfar en esta profesión. Es la desvergüenza. El buen analista político defenderá, con aplomo y convicción, una opinión a las ocho de la tarde, cuando cierren los colegios electorales, y sostendrá lo contrario, con idéntica vehemencia, a las once de la noche, cuando ya se conozcan los resultados. Debe hacerlo con suma naturalidad, sin mover un músculo de la cara para no desvelar sus contradicciones.

Soy testigo de lo que cuento. En la pasada noche electoral vi cómo analistas políticos defendían al principio la inevitable hegemonía de Podemos en la izquierda, que daban por conquistada, y, poco después, cuando ya le habíamos prendido fuego a las encuestas, esos mismos hipotéticos expertos sostenían eso de “ya lo decía yo, que Pablo Iglesias se había equivocado de estrategia”, etc. etc.

Supongo que a todos ellos les pagaron por sus intervenciones, más en la órbita de la ficción que de la realidad. No quiero ser menos que ellos. Por eso, este verano haré un curso de marketing electoral en CEAC. Quiero estar preparado para septiembre. Después de vacaciones entregaré mi currículo en todas las radios y televisiones locales, a la espera de que abran la autonómica. Por algo se empieza, ¿no? Si conocen a alguien interesado en conocer el futuro del país en este periodo de incertidumbre, no duden en contactar conmigo. Hago descuento como vidente. Siempre les diré lo que quieran escuchar, aunque sea falso. Porque a estas alturas, ¿a quién de nosotros le importa la verdad?

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