EL MURO / OPINIÓN

Memoria, olvido y espectáculo

Continuamos sin definir qué ciudad queremos mantener o tener. Ahora, el debate llega al antiguo cine Metropol, en pleno centro de la ciudad. El Cabanyal muestra una imagen de gran tristeza. El Ágora lleva a reflexionar entre andamios

8/04/2018 - 

VALÈNCIA. Durante semanas, e incluso meses, he sido testigo perplejo de un nuevo debate en torno a la evolución de nuestra ciudad. Una vez más se está demostrando que es la sociedad civil la que siempre sale al rescate de nuestro patrimonio y que el falso progreso continúa teniendo un protagonismo que, a veces. cuesta entender. E incluso que en el ejercicio de la política parecen pesar más determinados intereses que lo que de verdad preocupa o debería interesar a la misma clase dirigente pero reactiva a la ciudadanía.

Ahí tenemos el asunto en torno al futuro del Metropol, ese edificio en pleno centro de la ciudad al que el Ayuntamiento de Valencia quiere darle la puntilla para convertirlo en hotel. Muy céntrico, muy interesante comercialmente, pero incomprendido.

Parte de nuestro consistorio está decidido a permitir su demolición. Han salido voces reclamando su protección y reivindicando su valor histórico y arquitectónico, recuerdo, memoria histórica de quienes participaron en su construcción o pasaron días disfrutando de su programación. Es un espacio que esconde miles de recuerdos. Pero el progreso pide más. No lo dudo. Solares de ese valor y situación deben de quedar apenas ninguno en una zona tan privilegiada y deseada. Otra cosa es pensar si la piqueta es, o debería de ser, la mejor consejera.

Como sociedad nos gusta acabar con la memoria para que forme sólo parte de libros o recuerdos. Es lo que va a suceder con el Metropol, el edificio de Goerlich, quien fuera arquitecto municipal y uno de los grandes renovadores de la arquitectura de una ciudad repleta de sus bellos edificios que son los que conforman parte de nuestra fisonomía arquitectónica.

El ayuntamiento encargó un informe a tres arquitectos y estos determinaron que el edificio no tiene en sí mismo valor. No me lo creo del todo. Para comenzar, resulta triste que un ayuntamiento se base en meros informes externos para intereses de los que desconocemos tramos finalistas. Serían necesarios muchos más estudios y fuentes. Lo fácil es redactar una idea sobre un papel, lo complicado es cotejarlo con tesis divergentes y hasta antagónicas para llegar a una conclusión o a un debate global en el que se aprecie arquitectura pero también sociología, arte, historia, patrimonio, memoria, significado civil...

Se quejan los arquitectos en general del menosprecio ante nuestra arquitectura histórica, lo que llaman memoria viva o lección para las nuevas generaciones. Pero también cierran los ojos.

No voy a posicionarme en cuestiones estéticas o arquitectónicas. Pero todos tenemos mirada. Seguramente el Metropol sea de la mejor arquitectura que queda en ese tramo urbano de nuestra ciudad. La razón no es única. Cuando tantos salen en su defensa es que se pueden abrir múltiples frentes de reflexión y en este caso, por lo que las diferentes fuentes apuntan, es que son necesarias. Lo blanco puede ser gris y hasta blanco roto, que se dice ahora.

 

Gracias a los colectivos sociales hemos recuperado espacios que de otra forma habríamos arrasado con la misma alegría. Y ya no sólo pienso en el Metropol sino en el Jardín del Turia, el Cabanyal o el solar de Jesuitas o en tantos monumentos y edificios con los que hemos acabado. Esto merece una reflexión más seria, mucho más profunda. Se llama modelo de ciudad. Hace mucho tiempo que no se aborda.

No podemos acabar con todo por una nueva fuente de ingresos. Las causas justas convertidas en injustas pasan factura. Los intereses no hacen ciudad. Ya nos hemos cargado muchos espacios comerciales que se iban a proteger en una ciudad que está sumida en su desmemoria de falso progreso. La política es más que una decisión urbanística o una firma. No puede ir contra nuestras propias leyes. A saber cuántas normas se incumplen en este caso. Según aseguran, varias. No cuesta nada una relectura. 

El concejal Sarriá tiene una gran oportunidad para explicarlo todo sin miedo, con detalles objetivos y convencernos de paso de su decisión. De no ser así, él sabrá dónde se están metiendo.

Esta semana recorrí, por ejemplo, el Marítimo. Me perdí por sus calles. Daba cierta tristeza comprobar el estado de uno de los barrios con más historia y tradición y que aún defiende lo suyo con ahínco. Tanto hacer política con el Cabanyal para comprobar que todo continúa igual o peor. Es una lástima su estado. Ahí no van las inversiones.  Ni el desarrollo. Y menos aún, los informes. Es una pena. No todo es ciudad, al parecer. Sólo fotografías, sugerencias y promesas. O quizás es que, como en Ruzafa, sólo era fachada de neo especulación, como lo fue en su momento el Carmen y lo es aún Velluters o Xerea. Una acera, sin más, no construye barrio. Es pose. Este consistorio está en ello. En las flores de colores.

Entras o sales de la ciudad por la carretera del Saler y compruebas que un edificio que costó 90 millones oficiales, cuando iba a serlo sólo un tercio, está rodeado de andamios. Lo están arreglando cuando casi no se ha utilizado, salvo para ágapes y divertimentos puntuales. Si se encontraba sin acabar o en mal estado quiere decir que estaba mal terminado y por tanto era un peligro. ¿Quién justifica ahora su utilización? Puro espectáculo. Hasta se le caía ya el trencadís recién instalado. ¿Nadie supervisaba su construcción? Apenas se utilizó un centenar de días desde que, políticamente, se dio por “acabado”.

La pregunta es saber de verdad para qué fin se edificó, con qué idea, cuál era su destino. Si se construyó como dijeron en su momento para ser sede de la entrega de los premios de la Copa América es que éramos supuestos nuevos ricos, muy ingenuos y fáciles de manejar. Si se levantó sin objetivo real es que éramos bastante idiotas. Muchos lo advertimos. Entonces éramos antipatriotas. Pero ahí está, repleto de andamios. Puro espectáculo. Una imagen para el recuerdo de nuestra más reciente historia. Esa que nos condujo por puro capricho hasta nuestros actuales lamentos y aún no hemos terminado de pagar, sobrecostes millonarios incluidos. ¿Nadie se ha preguntado por qué o por quién?