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el muro / OPINIÓN

Museo y seguridad

Tras observar cómo se ha volatilizado el Museo Nacional de Brasil me pregunto si los nuestros están seguros, asegurados y con suficientes medios para su mantenimiento. Podría averiguarlo el nuevo Consell de Cultura

9/09/2018 - 

Algunas de las imágenes más aterradoras que hemos podido ver durante estos últimos días han sido las del Museo Nacional de Brasil en llamas. El mundo ha sido testigo pasivo de cómo el museo carioca más antiguo y con una de las colecciones de historia natural más valiosa de toda América se desintegraba entre las llamas. Ardían momias, fósiles, colecciones indígenas, obras de arte, su biblioteca…un fondo que contenía la cifra de veinte millones de piezas de las que apenas se han salvado elementos geológicos. Días después de la tragedia aún se desconocían las causas del incendio, pero sí que el museo de Río tenía un tercio de sus salas cerradas al público, estaba a la espera de recibir una importante cantidad de fondos que nunca llegaba para su mantenimiento, no disponía de seguro y, lo peor, ni tan siquiera tenía un equipo de bomberos próximo o vinculado. Su presupuesto era ínfimo pese a sus 200 años.

La conclusión final de los investigadores ha sido que si al histórico museo no se le hubiera aplicado durante los últimos años una serie de drásticas medidas de austeridad y recortes en su mantenimiento, la desgracia se podría haber evitado.   

No quiero imaginar qué sucedería si, por ejemplo, el Museo de Bellas Artes de Valencia, el IVAM o el Museo de la Ciudad, a causa de los recortes que trajo la crisis económica e incluso se mantienen en algunos casos hubieran ardido y sus colecciones se hubieran perdido. Por poner sólo ejemplos inquietantes, pero en absoluto imposibles.

Lo que sí está claro es que ante situaciones de crisis lo primero en lo que se recorta, al menos en los países latinos, es en  la parcela cultural, que por otro lado no me parecería mal si en la bolsa se incluyeran antes subvenciones a fondo perdido, recorte funcionarial, amiguismo o racionalidad en los gastos, pero nunca en aspectos de mantenimiento.

Miren si no. Hace unos años, el Ayuntamiento de Detroit ante un caso de desbarajuste económico optó poner a la venta un paquete de sus obras de arte para aliviar el peso de su deuda. Acabarían en suelo saudí porque su precio de salida era imposible.

Estos días ha saltado a la luz pública la situación que vive L’Almoina, epicentro arqueológico de la ciudad de Valencia. Muchos de sus paneles informativos no funcionan y, además, las goteras de la lámina de agua que cubre su estructura superior van en aumento. El problema, su mantenimiento. Algo similar ocurrió con el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM) cuya denominada exposición permanente estuvo meses cerrada por el mismo problema: mantenimiento y obsolescencia programada. ¿Se acuerdan de la sala Escalante, abandonada a la carrera por la Diputación de Valencia por un problema estructural? En ella no se hizo inversión alguna durante más de tres décadas. Algo idéntico sucede con la fachada del Teatro Principal de Valencia. Si quieren más podríamos hablar de la sala de exposiciones del Palau de la Música, cerrada hace tres años para instalar en ella un museo de la música pero inexistente a causa, dicen, de las goteras que se filtran por su explanada principal que habrá que reparar. Podríamos continuar enumerando casos. Innumerables. Aunque uno de los más graves lo viviera el Museo San Pío V hace apenas pocos años.

Por un problema de recortes que afectaron al mantenimiento de sus canalizaciones de evacuación de agua de sus tejados, el museo sufrió varias filtraciones en sus salas principales e incluso  almacenes. Se pusieron en jaque muchas obras maestras de la pinacoteca. Las goteras y humedades eran visibles al visitante, como si se tratara de una performance. Hasta el museo se llenaba de cubos para almacenar el agua. La colección del XIX podría haber terminado arruinada, como la gótica o renacentista. Fue un desastre. Nuestra ciudad ofreció una imagen deplorable de un museo que alardeaba de colección pero sin atención política.

Pero nadie se rasgó las vestiduras. Menos aún puso remedio. La crisis era la crisis, justificaban. Hasta se llegó a reconocer una deuda de un millón de euros a una compañía eléctrica. Eso sí, mientras tanto se gastaba en otras tonterías o el dinero iba a los bolsillos de todos esos listos y millonarios de lo público que nunca acaban de entrar en prisión y se editaban catálogos multimillonarios que han terminado a precio de saldo o vendidos al peso. Hoy casi nadie se acuerda e incluso lo desconoce.

El caso del museo de Río de Janeiro debería hacernos reflexionar sobre lo que son prioridades, esto es, debería preocuparnos mucho más mantener y consolidar que crear nuevos escenarios o destinar cantidades importantes a proyectos imposibles que sólo responden a caprichos pasajeros de políticos con fecha de caducidad pero que les garantizan visibilidad. Me pregunto cuántas prioridades necesitarán nuestros museos y cuáles son los planes de mantenimiento reales de las instituciones responsables de su conservación.

Ya que la comisión de Cultura de las Corts está, como siempre, en sus asuntillos menores, animaría al nuevo Consell Valencià de Cultura a que como primer reto realizara un informe exhaustivo sobre la situación real de nuestros museos, sus carencias, necesidades y planes de mantenimiento establecidos en cada uno de ellos por las instituciones pertinentes, si es que existen.

Animaría también a que, como ente asesor de las instituciones valencianas en materia cultural y reconocido en el Estatuto de Autonomía, se tomara el asunto en serio y, de paso, nos lo contara con todo lujo de detalle. Seguro que nos llevaríamos más de una sorpresa. O más bien un susto e incluso algún disgusto. A las evidencias más recientes me remito.

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