VALÈNCIA. Gracias a la radio, a Jonathan Richman le fue revelada la más pura esencia del rock & roll cuando todavía era un niño. Unos años después solamente pensaba en hacer esa música hipnótica y liberadora, melódica y salvaje a la vez. También quería dotarla de una inocencia que parecía incompatible con una expresión creativa que apelaba a los instintos. Del cansino triplete sexo, drogas y rock & roll, a Richman solamente le interesaba la última parte. El sexo no era su prioridad; lo importante era cruzarse con una chica a la que amar y con la cual entenderse, un espíritu afín con el que compartir su pasión por la música y por la pintura, su segunda gran pasión desde que iba al colegio. De las drogas no quería saber nada y esto fue así desde el principio. A pesar de haber crecido en los sesenta, jamás sintió la más mínima necesidad de drogarse. Lou Reed, un ídolo al cual tuvo la fortuna de conocer siendo adolescente, se lo dejó bien claro: a ti no te hacen falta drogas, Jonathan. Así que solamente le quedaba el rock & roll. Y Richman, al frente de una banda de principios de los setenta llamada Modern Lovers, grabó, contra todo pronóstico, uno de los mejores y más influyentes discos del género. Toda una proeza.
Aunque Richman sigue en activo (su último disco data del verano de 2025 y contiene una versión de Night Fever de los Bee Gees deliciosamente richmaniana) y su discografía atraviesa ya más de cinco décadas, el periodista gallego Carlos Rego se propuso narrar esos primeros años de su trayectoria. No malgastes tu juventud (Sílex) es un libro a la medida del protagonista de sus páginas. No es la biografía canónica de un músico de rock porque la historia está contada con mucha más voluntad narrativa que ensayística. Lo habitual en este tipo de obras, tanto si están escritas fuera como si son de aquí, es el abuso de los entrecomillados con declaraciones que, en muchos casos, lo único que hacen es entorpecer la lectura. Rego, bendito sea, ha prescindido de esa fórmula y simplemente relata una historia. Ha creado una crónica que ocupa lo justo, algo más de cien páginas. No hay empacho de datos ni exhibición de conocimientos. El foco está en ese debut, en el contexto en el que fue creado y en sus creadores. Prioriza una historia y convierte a los protagonistas en personajes. El producto resultante es un libro de lomo fino que ni siquiera menciona al grupo en la portada. Un pequeño objeto que apetece tener entre las manos. Esa brevedad y esa falta de pretensiones, que a su vez propician mensajes certeros, son inherentes a Jonathan Richman.

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- Foto: WIKICOMMONS
Richman, nacido en 1951 en Natick, una ciudad de Massachusetts separada de Boston por una media hora de trayecto en coche, lo vio claro desde el principio. Descubrió el poder transformador del rock & roll en 1962 y lo vivió a su manera desde el primer momento. Fascinado también por pintores como Monet, Van Gogh o Picasso (a los dos últimos les ha escrito canciones; también a Dalí y a Vermeer), en su cabeza ponía colores a la música. A los quince años, su padre le regala su primera guitarra. Su planteamiento está muy claro: hará la música que le gusta, pero la hará a su manera. En el colegio ya había demostrado que no tenía miedo al ridículo, y eso facilita las cosas. Le fascinan The Velvet Underground y The Stooges, y de ellos se quedará con el sonido primitivo, con esa verdad tan cruda que no todos los grupos expresan. Pero en lugar de abrazar el nihilismo, Jonathan quiere hablar de un amor puro, de una vida sobria, del placer de ser joven y bailar. ¿Suena conservador? Sobre todo, suena valiente, porque no eran esas las directrices de moda en plena víspera del verano del amor. Además de osada, su actitud también fue revolucionaria. En su concepto del amor no hay lugar para la prepotencia masculina. Su visión romántica se salta las convenciones de las canciones de amor normativas, esas en las que el hombre siempre parece estar en celo y se inventa palabras bonitas para lograr el apareamiento. Jonathan no cree en eso. Es el motivo por el cual acaba bautizando a su grupo como The Modern Lovers, los amantes modernos. Uno de los mejores nombres de la historia del pop.
The Modern Lovers, el debut de la banda, se registró en 1973 pero no vio la luz hasta la primavera de 1976. No lo hizo porque Richman es como es. A partir de 1970, y a medida que iba encontrando espíritus afines (John Felice, Dave Robinson, Jerry Harrison, Ernie Brooks), fue dándole forma a su proyecto. En la época del folk rock y los cantautores amables, Modern Lovers sonaban a rareza y las excentricidades de Richman sobre el escenario solamente parecían emocionar al público femenino —siempre minoritario— y a los oídos sensibles a lo inusual. Pero cada tanto aparecía alguien que se enamoraba de su discurso. El cazatalentos Danny Fields, la periodista Lillian Roxon. Al final, entre todos consiguieron que Warner se interesara por ellos y el cuarteto voló a Los Ángeles para registrar maquetas. Así se tiraron dos años, ahora grabando con John Cale —exmiembro de sus adorados Velvet Underground y productor del debut de sus no menos adorados Stooges—, ahora con el polifacético buscavidas Kim Fowley. Cuando llegó el momento de firmar el contrato, Jonathan ya se había cansado de hacer el rock & roll de esa manera. Pocos artistas han sido capaces de sabotear su propio futuro como lo hizo él. Cuando llegó el gran momento, lo que le obsesionaba era tener un sonido más acústico, más inocente, cada vez más desprovisto de electricidad. Hasta se negaba a tocar una de sus piezas más celebradas, la eterna Roadrunner. Al final, Warner los mandó a paseo. No hubo disco.
The Modern Lovers vio la luz unos años después cuando uno de los ejecutivos que los había encontrado irresistibles fundó el sello Beserkley. Primero editó material nuevo, el álbum Jonathan Richman & The Modern Lovers, con un sonido más depurado y nuevos músicos de acompañamiento. Ambos discos llegaron a las tiendas cuando el punk ya estaba haciendo estragos. Y de nuevo, allí estaba Richman. Con su aspecto inmaculado, su pelo rizado y su camisa blanca, su pureza intacta en el nuevo repertorio, pero presente también con el sonido bronco de antaño. Una manera de hacer que acabó influenciando a los mismísimos Sex Pistols, que escuchaban Roadrunner en bucle en la rockola de la tienda SEX, propiedad de Vivienne Westwood y de Malcolm McLaren, su mánager. Mientras, Jonathan le cantaba a la chica de sus sueños serenatas en las que declaraba que quería ser importante en su vida. Su primer éxito, una canción instrumental grabada sin ningún tipo de amplificador, Egyptian Reggae, llegaría por sorpresa en 1978. Después, los discípulos orgullosos de serlo: Violent Femmes, They Might Be Giants y Weezer figuran entre los artistas que absorbieron su influencia. Bowie, John Cale, Siouxsie y La Buena Vida son algunos de los que han versionado sus temas. Neil Young lo fichó para su sello Vapor Records y los hermanos Farrelly le dieron un papel en Algo pasa con Mary, película para la cual compuso también el tema principal. Fiel a su naturaleza iconoclasta, Richman sigue grabando música, pero solamente actúa en su país. Es reacio a las entrevistas. Su actividad musical la alterna con un negocio de hornos de pan artesanales. Es también el autor de uno de los más logrados versos del pop moderno: “Para vencer en el amor, has de rendirte”.

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- Foto: WIKICOMMONS