Josep Gil, un vila-realense en el corazón de la orquesta del Teatre del Liceu

CULTURA

El director está al frente de ‘Aida’, la ópera inaugural de la temporada en Barcelona

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CASTELLÓ. Las luces se apagan en el Teatre del Liceu y Josep Gil deja de pensar. O al menos, eso es lo que siente. El director de orquesta de Vila-real, que estos días toma el foso del teatro barcelonés para dirigir ocho representaciones de 'Aida', explica que en ese instante previo al comienzo de la función se queda en blanco. "Hay un silencio mental", cuenta. Minutos antes puede estar hablando con el regidor de cualquier asunto, del tiempo o del fútbol. Pero cuando le llaman para salir a escena, ya no hay vuelta atrás. Josep saluda a los músicos, espera a que tomen asiento y mira el atril. Allí está la primera página de la ópera. Entonces llega el momento. "Full focus. Ya estoy en otra dimensión", describe. "La concentración es absoluta, el tiempo se para. Te encuentras tan dentro de la música que es como si te hubieran absorbido los extraterrestres".

Gil, que ya había trabajado en el histórico coliseo varios años como ayudante de Josep Pons, afronta estos días uno de los compromisos más importantes de su carrera. El Teatre del Liceu ha vuelto a confiar en él para ponerse al frente de la orquesta en el inicio de la temporada operística y conducir una de las grandes obras del repertorio verdiano.

Castellón Plaza ha acompañado al maestro en Barcelona para comprobar cómo se prepara y qué ocurre en la cabeza de quien tiene la responsabilidad de sostener durante tres horas y media una representación de 'Aida': "La percepción del tiempo cambia. Todo transcurre nota a nota. Siento que entro en un agujero negro, en una especie de vacío".

En ese vacío, sin embargo, suceden muchas cosas. La cabeza del director está pendiente de casi todo. "Puedo concentrarme durante un instante en un músico y, al milisegundo, estar pensando en otro instrumento o en un problema que apareció durante los ensayos y que no quiero que se repita. Estoy disperso por mil sitios desde el minuto uno", afirma. Esa es, precisamente, una de las grandes dificultades de su oficio. Como apunta, debe sostener al mismo tiempo a la orquesta y a los cantantes, anticiparse a lo que va a ocurrir y conseguir que todos sientan que tienen detrás a alguien que los acompaña. 

Josep ha aprendido con los años que la comunicación con los músicos es fundamental y que, antes de un momento especialmente complicado, "una mirada o un gesto que transmite calma puede hacer que las pulsaciones bajen súbitamente. La psicología es fundamental. Yo puedo estar centrado en la trompeta o en cualquier otro aspecto de la partitura, pero el músico debe sentir que en quien estoy pensando es en él, que estoy a su lado, que lo sujeto y que no lo voy a abandonar". Por eso, cuando se le pregunta por la responsabilidad adquirida no duda en aseverar que "el director es el corazón de la orquesta".

El de Vila-real habla de "accidentes" para referirse a esas pequeñas imprecisiones que pueden aparecer durante una función, como un despiste puntual, un imprevisto o cualquier circunstancia que altere aquello que se ha construido durante los ensayos. Su propósito es que no sucedan. Para él, una representación sale bien cuando aquello que ocurre en el escenario y en el foso "se parece a lo que había imaginado musicalmente".

Pero hay algo más difícil de medir que también determina el éxito de una función. Cuando aborda los elementos que deben darse para llegar a casa satisfecho después de una 'Aida', el director cita lo que él denomina "la densidad del silencio". Es un concepto sobre el que habla habitualmente con cantantes y músicos. "No existen distracciones en los silencios densos. Nada desconcentra a nadie. Ni una tos. Nada. Es un silencio lleno de tensión y esa tensión no aparece por casualidad; el director la tiene que provocar". Cuando se produce finalmente la comunión entre foso, escenario y público, Josep asegura que se genera algo que se acerca mucho a lo espiritual. "Lo cuentan muy bien los grandes directores y compruebas que es así cuando lo experimentas en tu propia persona. Es difícil de explicar, pero el ambiente se carga de emoción y cuando al final sales a saludar el aplauso es un estallido. Te das cuenta de que lo que has sentido durante la función también ha llegado a las butacas. Es brutal".

El paso del tiempo es otra dimensión de la dirección que no aparece necesariamente en la partitura, y que el vila-realense explica recordando a Claudio Abbado, quien decía que una misma obra puede cambiar radicalmente dependiendo del momento en el que la dirijas. "Cuando tienes 40 años puedes sentir una frase de Aida con melancolía triste y llorosa y pedir a la orquesta que la interprete con unas cuerdas que suenen apagadas. Esa misma frase, a los 60 años, la puedes vivir con una melancolía feliz y reclamar a tu orquesta que las cuerdas suenen brillantes y con un tempo frizzante lleno de burbujas de champán. Le das una vida musical distinta".

Preguntado por cómo sobrelleva los nervios los días que hay función, Josep responde que intenta rodearse de tranquilidad. El teléfono queda "en cuarentena" y las únicas conversaciones que busca son las que mantiene con su mujer. El resto de llamadas pueden esperar. A veces enciende la televisión y la deja de fondo aunque no la esté mirando. Le sirve para mantener ocupado el análisis auditivo. Es una manera de preparar la cabeza para las tres horas y media que vendrán después.

Cuando termina 'Aida' necesita que la adrenalina desaparezca. No tiene problemas para dormir, "pero he de dejar pasar un par de horas desde que baja el telón". Después, el director puede volver a ser simplemente Josep Gil. Hasta la siguiente función. Hasta que las luces de nuevo se apaguen en el Liceu y él entre en el foso, mire la partitura que escribió Verdi y su cabeza vuelva a quedarse en blanco hasta escuchar la primera nota.

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