Música y ópera

Las mil y una vidas en 25 años del Loco Club

La sala de concierto reivindica su apuesta por la música emergente y sus apuestas internacionales

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VALÈNCIA. Igual como los cines y los teatros, una sala de conciertos tiene el aura de un templo de lo posible; capaz de catalizar la intensidad de la música que guardamos en nuestros auriculares, y de ser el contexto de una noche histórica (en lo personal y en lo microcolectivo). Loco Club, con 25 años a sus espaldas, no va a ser menos. Y las historias se acumulan por el tiempo y por las vidas que ha tenido a lo largo de su cuarto de siglo de vida.

La sala lo celebrará este 2026 reivindicando una historia de programación con acento propio, cuidado de la escena emergente, y un público que puede decir la frase que han elegido como lema: Yo estuve allí. . “La historia del Loco no se entiende sin toda la gente que ha pasado por aquí”, resume mejor Lorenzo Melero, gerente de la sala desde 2009. 

Más vidas que un gato

El proyecto nació el 20 de diciembre de 2001 como Loco Mateo, en un antiguo almacén de hierros reconvertido en tablao flamenco. “Durante tres años funcionó a lo bestia. Pasaron todos los jefazos del flamenco”, recuerda Melero. Pero la “fiesta, drogas, peleas hizo que un día la noche acabara con policía, ambulancias y el pasillo lleno de sangre. Ahí los dueños dijeron: Esto se acaba”.

Tras un periodo de transición, la sala inició una segunda etapa a mediados de los 2000, ya como El Loco o Loco Club, abriéndose a otros géneros y a una escena musical en mutando sin control. “Yo recuerdo la primera vez que entré y pensé: una sala donde se ve todo, sin columnas, con buen sonido. Para los que veníamos de Matisse o Wah Wah, esto era otro mundo”, explica. Poco a poco la sala de conciertos se fue reivindicando como uno de los espacios de referencia para los bolos de formato medio, con una programación constante que fue ampliando públicos y estilos.

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Pero el gran giro llegó en 2009, cuando Melero y su entorno asumieron la gestión. “Los dueños querían deshacerse del negocio, que al menos no les costara dinero. Entonces llegamos cuatro inconscientes y dijimos: pues va”, resume con ironía. Venían de Alta Tensión, una asociación que funcionaba como promotora centrada en conciertos pequeños. Eran cuatro colegas haciendo conciertos en su tiempo libre, y de repente se encontraron con la exigencia de mantener una sala activa todo el año: “Pasamos de hacer un concierto cada cinco o seis meses a tener que hacer quince o veinte al mes. Como pub no funcionaba, aquí la gente no venía a beber: venía —o tenía que venir— a ver conciertos”.

Desde entonces, Loco Club ha ido definiendo una identidad reconocible, aunque nunca cerrada —“La identidad existe, pero no puedes hacer solo lo que te gusta, porque no es sostenible”, admite Melero. Aun así, con el tiempo se ha impuesto, una manera de ver la programación: “El 70% de lo que hacemos es rock, pop, power pop, soul, country, folk… Hemos desechado casi al 100% el hip hop y los tributos, y ahora la sala es más reconocible”.

Aspiran a más: “Actualmente, promovemos aproximadamente la mitad de la programación, y nos gustaría hacer aún más; depender más de nuestras producciones y menos de los alquileres de la sala”, apunta.

Joyas que descubrir y una generación por mimar

Esa coherencia, que el tiempo ha hecho cada vez más posible, ha convertido al Loco en parada habitual del circuito estatal e internacional. Por un lado, por su escenario han pasado nombres como Teenage Fanclub, The Jayhawks o The Zombies, y se ha creado una relación estable con artistas que regresan periódicamente —“Hay grupos que vienen aquí y se sienten como en casa. Conocen al técnico, al público, el sonido. Algunos ya se saludan entre ellos por redes y se dicen: ‘vente otra vez a València’”. A través de Alta Tensión, la sala hace apuestas arriesgadas de artistas internacionales que descubrir, habitualmente de country, power pop o rock.

  • Lorenzo Melero, sobre el escenario del Loco Club. -

Pero por otra parte, la sala también mantiene un compromiso con la escena emergente local y ha sido el primer escenario de muchos grupos jóvenes a lo largo de su historia. “Mala Gestión, por ejemplo, empezaron tocando aquí hace dos años y ahora van a tocar en la Riviera, en Madrid. Eso te hace flipar”, ejemplifica; y elige este grupo porque no solo los ha visto crecer encima del escenario, sino que son personas que deben parte de su educación musical a su trayectoria como público en la sala.

Uno de los grandes retos históricos ha sido la de intentar crear parroquia en la sala, que la gente vaya por la confianza en la programación y no por conocer el grupo que vaya a tocar. “En España no hay mucha cultura de ir a conciertos por la sala. La gente viene por el grupo, no por el sitio. Hay excepciones, pero cuesta”, reconoce. 

Los cambios de consumo han ido poniendo a prueba el modelo: desde la piratería hasta los festivales de música, la prensa musical ha matado en las últimas décadas ya unas cuentas veces a las salas, pero en València siguen en plena forma. Les faltan huecos en la agenda y para Melero sería una gran noticia “que hubiera más espacios, sobre todo públicos, que permitieran tocar a los grupos y trabajar a las promotoras privadas”, lo que “nutriría la escena, no sería competencia”.

Los festivales y los macroconciertos tampoco le preocupan: “La gente sigue yendo a esas cosas, pero saben que lo que mola es esto: estar en una sala, poder ver al grupo, estar cerca de una barra, ver a tus amigos. Eso no lo va a cambiar nadie”, asevera.

La prueba de fuego sí fue la pandemia, y algo de eso ha quedado: “A nivel de percepción, antes éramos bares que programaban música en directo; ahora somos una sala de música en directo que vende bebidas. La gente ya no viene a emborracharse: viene a ver un concierto”, reflexiona. Un cambio que ha permitido sostener la actividad, aunque con márgenes cada vez más ajustados. “Las entradas han subido muy poco en 20 años, y el consumo en barra ha bajado mucho. Los números son los que son”, reconoce.

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Pese a todo, Loco Club llega a su 25 aniversario sin intención de mirar atrás. De hecho, esperan que sea un año relativamente similar a otro sin efeméride alguna: “No vamos a hacer un macroevento ni traer a nadie imposible. Vamos a seguir haciendo lo que hacemos: cerca de 200 conciertos al año”, adelanta Melero. 

Él mismo se corrige el lema escogido este año: “No va a ser tanto un yo estuve allí, sino que queramos que la gente sienta un yo estoy aquí”.

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