'Tiempo de tierra' conecta los saberes ancestrales de mujeres del lago Titicaca, el Pirineo navarro y la Albufera valenciana

Música y ópera

Desirée Belmonte estrena en Carme Teatre su nueva propuesta de teatro documental

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VALÈNCIA. Desirée Belmonte ha cultivado durante años un interés que define como “irracional” por el lago Titicaca. Finalmente, lo ha visitado en tres ocasiones. La primera fue en 2013, momento en el que descubrió el pequeño pueblo de Llachón, a 3.700 metros sobre el nivel del mar, donde estrechó lazos con la comunidad hasta el punto de convertirse en madrina de un niño.

En 2022 regresó para descubrir una realidad muy distinta de la que conoció. Para entonces ya había internet, móviles y Airbnb. Al principio se instaló con mirada de turista, “fascinada con las vidas de las mujeres”, pero poco a poco fue tomando confianza. Anuló su billete de avión y alargó la estancia para acompañarlas en sus tareas diarias, desde tejer en telares sujetos a la tierra con estacas hasta ir a por excremento seco de vaca como combustible para la cocina y hacer acopio de totora, una planta acuática que les sirve tanto para hacer cañizos y camas como para curar la fiebre y alimentar el ganado.

Con los días le fue reconcomiendo una pregunta que acabó formulándole a las seis mujeres de la familia con las que habitaba: “¿No tenéis miedo de que todo esto se pierda cuando ya no estéis vosotras?". En el intercambio de aquellos meses, Belmonte les había contado que hacía teatro documental, así que le respondieron con un envite: “Cuéntalo tú. Haz memoria con tu voz”.

El resultado de aquella exhortación se sube a escena del 22 de octubre al 1 de noviembre en Carme Teatre. Pero su pieza, titulada Tiempo de tierra, no se acota a la labor de conservación y transmisión de saberes por parte de las peruanas, sino que se ha ampliado y extrapolado a la acción que también llevan a cabo en sus territorios sus pares en los bosques del Pirineo navarro y en la Albufera valenciana.

A partir de archivos audiovisuales, relato autobiográfico, instalación y música en directo, “la obra conecta paisajes y memorias de mujeres separadas por una gran distancia, pero unidas por formas de cuidar y mirar el mundo”.

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Permiso para grabar

Esa tarea documental despertó recelos en Llachón, donde no están muy por la labor de la presencia de cámaras. Tras consultarlo con la comunidad, acabaron las reticencias, y en 2023, la dramaturga, directora y actriz pudo recoger testimonios y grabar a la media docena de mujeres tejiendo, atendiendo el campo y fabricando jabón.

Su toma de contacto con el Valle de Aezkoa fue durante una residencia artística en Centro Huarte. Allí conoció a una gestora cultural llamada Kati Leatxe que le presentó a seis señoras que le procuraron sus costumbres y conocimientos de los bosques. A la más mayor, octogenaria, Floren Iglesias, tampoco le hacía gracia que le tomaran imágenes, pero terminó sumándose al material documental del que Desirée ha destilado su dramaturgia y los audiovisuales que la complementan.

En aquel sondeo de otros paisajes e idiosincrasias evocó las excursiones infantiles con sus padres a El Palmar, donde paseaban en barca perchando en la Albufera. “Me di cuenta de que había tenido que recorrer miles de kilómetros para acordarme de aquellos días y sentir la inquietud de indagar en nuestras tradiciones”, reconoce la creadora.

Su objetivo fue localizar a señoras que le hablaran de la Albufera “antes de que se convirtiera en un decorado". Esa huida de las puestas de sol con filtro y de la turistificación que todo lo instagramea la conectó con uno de los principales hitos de la lucha por la igualdad de género en la Comunidad Valenciana. En 2008, un grupo de mujeres ingresaron en la Comunidad de Pescadores de El Palmar para poder heredar y ejercer la pesca como sus vecinos.

Su interlocutora fue Carmen Serrano, quien a su vez le presentó a su tía, Elena Marco, una de las pocas rederas que todavía quedan. Esa figura le ha permitido a Belmonte trazar un paralelismo entre la red de mujeres que este proceso ha generado con la red que tejen en sus territorios y el entramado invisible de la tierra.

La pieza amalgama los tres territorios y las formas que tienen sus habitantes femeninas de ocuparlos, así como las lenguas que preservan: el quechua, el euskera y el valenciano. Sus protagonistas son mujeres que mantienen vivos conocimientos que transmiten de generación en generación.

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De la ocarina al sintetizador

Tiempo de tierra recoge los testimonios de estas 14 entrevistadas, el viaje emocional de la autora y las canciones en directo de la peruana María Laura Bustamante, que coprotagoniza el montaje. Hay cantos a capela y poemas musicados, donde se sirve de diferentes instrumentos para distinguir cada territorio: tambor peruano y ocarina en los pasajes referidos a Llachón; pandereta y pandeiro al trasladarse a los hayedos de Navarra.

“Para El Palmar plasmamos un viaje tanto musical como audiovisual que va desde lo analógico a lo tecnológico, porque la zona está más corrompida y transformada, así que arrancamos con piano y pasamos a los sintetizadores”, desarrolla Belmonte, quien resume la banda sonora de la obra como una travesía desde lo ancestral hasta lo contemporáneo, que va “desde la boñiga seca de vaca hasta el paseo en barca por la Albufera para ver caer la tarde”.

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