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la ingeniera agrónoma ha centrado sus investigaciones en la pérdida y el desperdicio alimentario

Natalia Falagán: "La educación es esencial para evitar la pérdida del desperdicio alimentario"

16/11/2022 - 

VALÈNCIA. La pérdida y el desperdicio de alimentos constituyen un reto mundial. Tanto, que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que alrededor de un tercio de la totalidad de los alimentos que se producen en el mundo se pierde o se desperdicia en algún punto de la cadena agroalimentaria, lo que equivale también al 8% o 10% de los gases de efecto invernadero. Es decir, en esa larga cadena que transcurre desde que se cultiva hasta que el consumidor la disfruta en su hogar. Un desperdicio alimentario que en el caso de la Unión Europea supone alrededor de 87,6 millones de toneladas de alimentos cada año y que comparta también graves repercusiones sobre el medio ambiente. Cifras que aumentan si se mira a los países en vías de desarrollo pues en Ruanda, por ejemplo, hay casos en los que se puede perder hasta el 80% de la producción de algunos productos frescos.

Por ende, limitar la pérdida y el desperdicio de alimentos puede ayudar a combatir el hambre y problemas medioambientales tan graves como el cambio climático. Para hablar de esta problemática y de las soluciones que actualmente se están planteando en países en vías de desarrollo, Valencia Plaza conversa con la ingeniera agrónoma por la Universitat Politécnica de València, Natalia Falagán, doctora por la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT) y actual profesora titular de Ciencia y Tecnología de Alimentos de la Cranfield University. “Me fui a Reino Unido para seguir con mi formación posdoctoral y donde de momento estoy desarrollando mi carrera docente e investigadora”, comenta sin perder esa mirada a España. Desde entonces ha centrado sus investigaciones en la pérdida de la pérdida y desperdicio alimentario en países en vías de desarrollo y actualmente está inmersa en la puesta en marcha de un centro de Excelencia Cadena de Frío en Ruanda, con una visión panafricana.

Asimismo, en 2021 Natalia Falagán fue Premio nacional en Reino Unido, galardón, otorgado por WES (Women's Engineering Society), que reconoce a mujeres que han dado solución a un problema en una situación de emergencia. “Este premio reconoce y da visibilidad al trabajo que se hace a nivel de investigación para reducir la pérdida del desperdicio alimentario”, reconoce la joven. Lo hace recordando que este premio también hace hincapié en la labor de la mujer en el sector de la ingeniería, tradicionalmente “dominado por el hombre, aunque en los últimos años ha crecido más y hay una mayor visibilidad e integración de la mujer en el sector”. Una reversión que comienza en la educación y que Natalia Falagán la lleva a cabo como embajadora STEM de Ciencia, Tecnología, Matemáticas e Ingeniería en Reino Unido: “Acercar mi trabajo a través de charlas y actividades en los colegios es importante para cambiar esa imagen tradicional de la ingeniería, en la que no te imaginas a una mujer sino a un señor. Es importante que desde niños vean que hay chicas o mujeres que se dedican a eso, que son felices y que es posible porque, si no ponemos esa semillita de que es posible, nunca ni siquiera se lo plantearán”.

Una entrevista que se realiza en el marco de la jornada organizada por la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados en colaboración con el Colegio de Ingenieros Agrónomos de Levante (COIAL) sobre las claves de la alimentación del futuro

- Sus investigaciones se centran en la pérdida del desperdicio alimentario, ¿por qué ese interés?

- Por varias razones. Primero, porque a nivel global afecta a todo el mundo y está interrelacionado con otros sectores, como el energético, el tecnológico, el de la salud… Y segundo porque engloba dos disciplinas de las que estoy enamorada y por eso estudié agrónomos en la Universitat Politécnica de València: la ingeniería, que promueve tecnología y soluciones, con la biología y el conocimiento del sistema natural. Y es que, para poder resolver el desperdicio alimentario necesitamos tener la tecnología adecuada y entender, en el caso de frutas y hortalizas, el comportamiento postcosecha para poder desarrollar esa tecnología que esté acorde con las necesidades del producto. Hay que enfriar, eso es una realidad, pero antes hay que entender cuál es la temperatura y las condiciones que tenemos que poner en la cadena alimentaria para que esa fruta u hortaliza mantenga sus cualidades fisiológicas y nutricionales a lo largo de la cadena de suministro.

una mayor comunicación y cooperación entre investigación, industria, consumidor y gobierno es clave para evitar la pérdida del desperdicio alimentario

- Entonces, ¿qué diferencia hay entre el desperdicio alimentario y la pérdida alimentaria? 

El desperdicio alimentario es normalmente aquél que ocurre en el supermercado o en tu casa mientras que la pérdida alimentaria es la que se produce en las primeras partes de la cadena. Por tanto, en países en vías de desarrollo el problema viene principalmente de la pérdida alimentaria, pues no tienen la infraestructura, conectividad de mercado o el conocimiento adecuado para tener un buen manejo del producto durante la poscosecha. En cambio, en los países desarrollados esa pérdida alimentaria está más controlada por las cadenas de frío, la tecnología y el conocimiento de los requerimientos del producto, pero es el consumidor quién está completamente desconectado de los sistemas de producción, lo que hace que no le de valor a lo que tenemos encima de la mesa y lo eche a perder.

- De ahí que sus investigaciones se centren en la importancia de mejorar la cadena alimentaria en países en vías de desarrollo.

Exacto. En nuestro caso, la universidad de Cranfield, estamos trabajando en África porque consideramos que es un continente con muchísima capacidad de desarrollo y con muchísimas oportunidades que no está desarrollando por esa falta de acceso a la tecnología y formación necesarias para tener una cadena de distribución eficiente y sostenible. En este sentido, trabajamos con los agricultores y el gobierno de diferentes países para dar solución a sus necesidades —conexiones, estado de las carreteras, número de camiones refrigerados que tienen…—.  Tradicionalmente, el problema ha sido que diferentes organismos internacionales, con la mejor intención del mundo, han construido, por ejemplo, una central hortofrutícola con sus cámaras frigoríficas y la tecnología necesaria, pero no la han acompañado de formación al agricultor o los ingenieros, por lo que de nada ha servido. Son lo que llaman Elefantes blancos. 

- Entonces, ¿qué proponen ustedes? 

Trabajar con los agricultores desde el principio. Es decir, cómo cultivar, recolectar… e incluso cómo intentar eliminar el calor del campo inmediatamente ya que cada minuto que pasa desde que se recolecta a altas temperaturas se reduce la vida útil de ese producto. Es muy importante enfriar inmediatamente para, luego, transportar ese producto a la central hortofrutícola, almacenar y luego transportar de nuevo en frío hasta donde se quiera llevar. Si recolectamos a 50 grados, lo metemos en un camión sin refrigerar por unas carreteras en malas condiciones… llega a destino en malas condiciones y se produce la pérdida de desperdicio alimentario. 

- ¿Qué hace falta para que esa educación realmente cale entre los agricultores y productores del país? 

- Es muy importante tener la colaboración del Gobierno. Si se trabaja con los gobiernos y se empieza a introducir la formación desde la administración y que además esté financiada por el gobierno es más fácil que se acepte. Eso sí, siempre trabajando con los agricultores y las cooperativas y sin imposiciones. Y es así como hemos desarrollado —estará en marcha en marzo— el Centre of Excellence for Sustainable Cooling and Cold Chain (Centro de Excelencia para la Refrigeración y la cadena de Frío Sostenible), ubicado en Kigali (Ruanda) y en el que tenemos aulas y centros de formación y en el que vamos a desarrollar una finca experimental. En estos momentos tenemos a dos mil agricultores interesados en participar en el centro y esperamos que en un futuro sean muchos más.

- ¿Puede concretar cuál es el objetivo del centro? 

- Tiene varios objetivos. El primero desarrollar un comercio local de calidad porque, actualmente, las frutas y verduras que ofrecen son las que no han podido exportar o las que se van a tirar. El segundo es contribuir para que su producto y sus procesos estén acordes a unos estándares internacionales y que consigan certificaciones internacionales para lo cual nosotros les vamos a ayudar. También vamos a fomentar que se agrupen en cooperativas para que puedan exportar a otros países de África e incluso de Europa a un nivel de calidad y cualidad asegurado. De hecho, lo más importante es que el principal beneficiario no es la Universidad o el Gobierno sino el agricultor. 

- ¿Es un modelo extrapolable a otros países? 

- Sí. Precisamente, ahora mismo tenemos un acuerdo de entendimiento con dos estados de la India (Telangana y Haryana) en los que vamos a implementar otros dos centros. Y el siguiente paso es ir a Sudamérica, donde hay muchísima producción de calidad de muchos productos que necesitan dar salida de alguna manera porque también sufren de mucha pérdida y desperdicio alimentario.

"El consumidor debe ser responsable, que sepa de dónde viene el producto, cómo utilizarlo y cómo almacenarlo en su casa"

- En los últimos años se está fomentando los productos de proximidad como, por ejemplo, consumir naranjas valencianas y no sudafricanas. ¿Su programa es contradictorio con esta tendencia? 

- En países con ingresos medios y altos, el consumidor exige que durante todo el año haya accesibilidad a todo tipo de productos, de las variedades que quieren y de buena calidad. Entonces, ¿cómo llegamos a un equilibrio entre la demanda del consumidor y la sostenibilidad de la oferta que tenemos en este momento? Una de las posibilidades es mejorar la postcosecha e intentar mantener un almacenamiento un poco más prolongado. Por ejemplo, las patatas se pueden almacenar un año y las manzanas hasta diez meses, pero eso no es viable con todos los productos (arándanos o fresas, por ejemplo). Visto que es muy complicado decir a los consumidores de países desarrollados que no consuman esos productos que ya no son de temporada, la solución es intentar que las cadenas de distribución sean más sostenibles y para ello, por ejemplo, debemos de alejarnos de la dependencia que tenemos a los combustibles fósiles. 

- En su opinión, ¿en quién recae la tarea de concienciar al consumidor del consumo de productos de temporada y de proximidad? 

- Bajo mi punto de vista, la concienciación recae en el gobierno y en nuestros sistemas educativos, quienes pueden promover campañas de sensibilización. Es muy importante que en los centros docentes se hagan actividades o se introduzcan asignaturas que pongan en contacto a los menores con los sistemas de producción. Es importante porque si yo, como consumidor, entiendo que para que este plato que estoy disfrutando ha tenido que venir un barco y una persona en Centroamérica lo ha cultivado, con todo lo que conlleva, seré más consciente a la hora de tirar ese producto. 

- ¿Cuál sería su escenario ideal en las cadenas alimentarias? 

- Un consumidor responsable, que sepa de dónde viene el producto, cómo utilizarlo y cómo almacenarlo en su casa; un consumidor que sea consciente y capaz de pagar ese extra por adquirir productos fuera de temporada y de otros países. Un productor que pueda llegar a final de mes y pueda mejorar su explotación agrícola. Unas cadenas de frío que tengan energías sostenibles y que apuesten por vehículos menos contaminantes —el avión es más rápido pero emite más Co2 que un barco— equipados con la tecnología necesaria para que la fruta aguante más y mejor. Y por último, la industria y el gobierno tienen que ir de la mano pues la industria está avanzando en muchos países muy deprisa, pero no tiene el suficiente apoyo de los gobiernos y viceversa. Entonces, una mayor comunicación y cooperación entre investigación, industria, consumidor y gobierno es clave para evitar la pérdida del desperdicio alimentario. 

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