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tras la tempestad

Nepotismo, incompetencia, y todo lo que nos hundió

Foto: KIKE TABERNER

El empresario Santiago Sánchez (LEVES), que llegó a tener cerca de 200 empleados, relata en sus memorias la degradación moral de la sociedad previa a la crisis y señala a políticos, empresarios y banqueros

7/10/2018 - 

VALÈNCIA. Le prometió a su madre que le pasearía en un Mercedes y cumplió su palabra. A los 14 años eligió dedicarse a trabajar, compaginando estudios y trabajo. Siguiendo el ejemplo de su padre, un hombre estricto pero justo (“sólo me castigó dos veces en toda mi vida”), quiso ascender socialmente y lo consiguió. Pero siempre tuvo claro que muchas de sus virtudes eran herencia de los valores que había heredado de sus padres. Por ejemplo, cuando su madre administraba el salario de su padre, camarero en el Ateneo. “Todavía me parece estar viéndola sacar una serie de diminutos saquitos: en uno metía la parte para el recibo de la casa, en otro, para el seguro de decesos; en otro, para la luz; en otro, para el agua; etcétera”, recuerda. “Administrarse cumpliendo con tus obligaciones fue algo que tuve la suerte de aprender en casa”, añade.

Santiago Sánchez llegó a manejar un volumen de negocio de más de 70 millones de euros al año. En 43 años constituyó 16 empresas, entre las que se encontraban Leves y Suministros Santiago Sánchez. Proveía de maquinaria y equipos a las más importantes constructoras. Viajó a Alemania, a Japón, de donde aprendió y aplicó algunas de las técnicas y estrategias comerciales que le dieron más rédito. Tuvo a su cargo 184 empleados e hizo del stockage un arte mucho antes de que Amazon fuera una idea. Ahora vive semirretirado, tras haber vendido las dos joyas de su corona (Suministros Santiago Sánchez y Leves) en 2007, cuando la crisis comenzaba a vislumbrarse en el horizonte y comprendió que no tenía sentido seguir. Hoy, con negocios de un perfil más relajado y cedido el testigo a sus hijos, disfruta de una vida más calmada al lado de su mujer y cerca de sus nietos.

Ha pasado una década desde la venta, años que le han servido, dice, para reflexionar sobre lo acontecido, para comprender cómo y por qué tuvo que tomar esa decisión y abandonar el proyecto que había sido su orgullo, su Ítaca, harto de una sociedad condenada a la decadencia. Todas sus reflexiones las ha plasmado en unas memorias, aun inéditas, que se publicará en breve. Unas memorias que en realidad parecen estar escritas para sus nietos, para transmitirles no sólo su experiencia, sino también su hartazgo, por qué se cansó de “gestionar incompetencias” y lo dejó todo. Consciente de que la economía española se dirigía a “un callejón sin salida” reaccionó. “Estábamos inmersos en una delirante y rara espiral de locura y autocomplacencia que a la mayoría no le permitía ver el horizonte real”, reflexiona.

Las memorias llevan por título su nombre y de subtítulo: el empresario y el hombre. Están divididas en tres partes. En la primera realiza una contextualización divulgativa tanto de lo que sucedió en España como en Europa a partir de los años 50, como de los cambios que se han producido en la economía nacional y local. En la segunda, relata sus experiencias como empresario, con sus aciertos y errores (“de todo se aprende”), con un breve paseo por su vida personal y familiar. Y en la tercera, a modo de informe y dietario, plantea una serie de reflexiones sobre la empresa y la economía fruto de sus vivencias, en ocasiones aforismos, que se pueden leer como los apuntes de un manual económico hecho de esbozos de realidad, unas instrucciones y recomendaciones donde refleja su visión del mundo y donde plasma los valores heredados, los que le dieron sus padres y maestros que le enseñaron a buscar el éxito “a través del esfuerzo y la actitud”.

Las poco más de 230 páginas del libro están salpimentadas de su experiencia, y en ellas se dan cita sentido común, el orgullo de los autodidactas, y dosis de humildad. Así, aunque su trayectoria sería la de un self made man, es consciente hoy de que igual que le salieron bien las cosas le podrían haber salido mal. “Me podría haber equivocado. Para llegar adonde he llegado yo se necesita un poco de suerte porque muchas veces quieres y no puedes”, comenta; “un poco de suerte, actitud y muchas, muchísimas ganas de trabajar”, puntualiza. “Siempre he tenido muy claro que el éxito sólo va delante de trabajo en el diccionario”, sonríe. Un éxito que en su caso que se ha basado más en lo que “no ha hecho”, dice.

Tiene muy presentes a quienes considera sus maestros, Ramiro Segrelles y Antonio Peña Palanzuela, propietarios de las dos únicas empresas en las que trabajó. De este último, por ejemplo, dice que era “el mejor vendedor” que ha conocido; “y he conocido muchos”, recalca. También a compañeros y subalternos, como un chico llamado Carlos que siempre estaba leyendo y de quien cogió el hábito de acercarse a la lectura; o el señor Bendala, de quien aprendió a reutilizar y recuperar máquinas usadas, “una de las estrategias que puse en marcha en mis empresas, con excelentes resultados económicos”, cuenta. También a aquellos que creyeron en él, como el señor Vidal, jefe de Cartera del Banco de Vizcaya en València que fue la primera persona que apostó por él y le dio su primera clasificación bancaria.

Foto: KIKE TABERNER

Más allá de la nostalgia, Sánchez no sólo rememora su historia personal, sino también resume con crudeza la caída que supuso la crisis, agravada por la dependencia de la construcción, que fue venerada como el bálsamo milagroso. “[El sector] no sólo fabricaba casas, sino también (¡y a qué velocidad!) una gran cantidad de incompetentes y prepotentes, sin más preparación que haber tenido amistades en puestos clave que le suministraban información privilegiada”, explica. “Era curioso ver el fino instinto de algunos de aquellos personajes que, por ejemplo, compraban terrenos a un coste bajísimo y, a los pocos meses, multiplicaban por cincuenta o por cien su inversión. Qué casualidad: siempre acertaban en sus compras y mucho más en sus ventas”, ironiza.

“Fantasmas”, “presuntuosos”, en privado Sánchez no ahorra epítetos para ellos pero no le gusta decir los nombres. Y no lo hace porque, apunta, “no hace falta”. “Sólo hay que seguir las noticias para verlos. En la actualidad a muchos de ellos (por fin) les están juzgando o salen cada dos por tres en los papeles”, sonríe. Muchos no le parecieron admirables entonces. No le gustaban las actitudes de algunos, a veces tan rastreras que bordeaban lo risible. Un buen ejemplo de esto, recuerda, es cuando entre los constructores se puso de moda robarse a los trabajadores a golpe de talonario. “Iban al bar donde normalmente acudía a almorzar toda la cuadrilla que trabajaba en una obra, les preguntaban cuánto cobraban, les aumentaban el sueldo un 20 ó 30% más a la semana, y todos se iban de una obra a la otra”. Eso lo vio él. Como atacar naves en llamas más allá de Orión.

Es aquí donde Sánchez tiene también una crítica a una parte importante de los trabajadores. La falta de compromiso que evidenciaban algunos en su día a día le demuestra la pérdida de valores de la sociedad, cómo el cinismo había intoxicado hasta el último recoveco de la vida cotidiana. Bastaba un poco más de dinero para que dejaran a quien había confiado en ellos. Su padre no lo hubiera hecho, parece decir. Y si su padre no lo hubiera hecho, está mal. Él, que en ocasiones se quedó sin cobrar porque primero estaban sus empleados y luego él, que dormía en pensiones para ahorrar, no podía entender por qué algunos de ellos iban y se gastaban euros que no tenían en caprichos o coches que no podían mantener. “¿Conoces la famosa frase de Emile Henry Gauvreay? Refleja claramente lo que ocurría… Hemos construido un sistema que nos empuja a gastar dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para impresionar a gente que no nos importa”.

Foto: KIKE TABERNER

Un ejemplo de esa desorientación la ve en cómo algunos de sus empleados desperdiciaron las oportunidades que les dieron para formarse o aumentar ingresos. “Sólo los que eran padres de familia y unos pocos trabajadores más responsables aceptaban hacer horas extras, se apuntaban a los cursos de formación”, relata ahora. “Las pagábamos muy bien y ellos sabían que si pedíamos horas extras no era por capricho, sino por necesidad; que si organizábamos cursos de formación era para mejorarles a ellos, que les beneficiaba”, comenta. Pero la mayoría decía que no y casi nunca, por no decir nunca, fue porque tuvieran algo familiar o relevante que les impidiera ir. Simplemente, la cosa no iba con ellos. “Nadie les había inculcado la cultura del ahorro, ni el preocuparse por si se producía un cambio”, dice.

En su ácida crítica, Sánchez reserva también un hueco importante para la banca “y sus satélites”. El secreto del éxito de algunos fue siempre el mismo: “Créditos y subvenciones que desde puestos privilegiados se facilitaban a una serie de amistades, entre las que casi siempre figuraban los mismos nombres”. Mientras que los industriales en general, y los que no tenían amigos en particular, veían que en la mayoría de los casos cuando querían pedir algún crédito para modernizar o reconvertir sus empresas “las operaciones se ralentizaban hasta límites insospechados”. Una situación que la tuvo que padecer él y muchos otros que tuvieron que abandonar o, en el mejor de los casos, ralentizar, “cualquier intento de crecimiento e innovación”. No, no les iban a dejar entrar en el baile. La consecuencia final: “No ha habido una cultura industrial”, apunta. Hemos perdido industria. Hemos perdido todos, cabe concluir.

Un triángulo destructivo que tenía como “última pieza de aquel entramado” a la Administración, al poder, “que concedía importantes adjudicaciones y contratos casi siempre a las mismas empresas y amistades”. Basta con repasar las hemerotecas o revisar los anuncios del DOCV. “Era prácticamente imposible poder crecer si no entrabas en ese juego, que era también el juego de las grandes comisiones, las prebendas, los carísimos relojes, los coches impresionantes, los yates imponentes y un largo etcétera”.

Foto: KIKE TABERNER

“Para conseguir todos esos lujos”, prosigue, en la inmensa mayoría de los casos “el único mérito conocido de aquellos personajes tan listos era haber ascendido a estos puestos de decisión y mando, con el poder que tal cosa les otorgaba. Eran los amos del dinero, y lo estuvieron repartiendo a su antojo. Muchos años después, la justicia les está pasando factura a algunos. Sin embargo, preguntémonos a cuántos dejaron en el camino y quién compensa todo el daño que hicieron”.

Como una guía personal, como un mapa para manejar emociones y economía, Sánchez acumula reflexiones sobre cómo debe ser el comportamiento de un empresario, en el que el pragmatismo no puede estar enfrentado a la ética. “Por mucho que cambien los sistemas, las tecnologías, lo que siempre prevalecerá son los principios y valores”, dice. El empresario, quien reconoce que en el pasado fue “demasiado temperamental”, también transmite una invocación: hay que saber priorizar.

Él muchas veces no lo supo hacer. “Erróneamente y en demasiadas ocasiones antepuse mi trabajo a otras obligaciones”, admite. “Esto no sólo lo he comentado con mis hijos, sino que siempre les he recomendado que, en la medida de lo posible, no cometan el mismo error. Es duro reconocerlo, pero mis hijos se hicieron mayores sin que yo prácticamente me diese cuenta… y lo peor es que esto no se recupera. Atender a lo urgente me hizo demasiado veces olvidar lo importante”, concluye. Quizás por eso ha escrito sus memorias: para dejar claro que darse cuenta de lo que realmente importa es probablemente el mayor éxito que puede lograr una persona.

Foto: KIKE TABERNER

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