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Bitácora de un mundo reinventado / OPINIÓN

Ni sí, ni no, ni todo lo contrario

9/10/2020 - 

Trump sale del hospital a los tres días y se jacta de su salud como un césar. Trump está grave, así lo expresa su tratamiento. Trump está como una rosa y sus médicos no tienen ni idea. Se yergue en la escalinata de la Casa Blanca para arengar a sus seguidores contra el miedo y enseña sus mejillas sonrientes. Trump fallera mayor. Ha pedido el alta voluntaria y un helicóptero. Es Franco agonizante en La Paz y es el Cid, cadáveres agitados ante el enemigo como espantapájaros. Trump artista de la negación, ha ganado un nuevo asalto al rival. Tiene siete vidas, ¿cómo es que toma corticoides y no cloroquina? Trump está exultante, va sobretratado por ser VIP. Por ser grave. Por ser un pelma hipocondriaco (lástima de su médico, amordazado y balbuciente). No lo han tratado: Trump falseó su enfermedad para montar un circo mediático. Ni siquiera es Trump, sino un doble. Un teleñeco. Trump no existe y el virus tampoco.

210 mil muertes después, el presidente americano se dirige a la nación y entona su triunfo: ¡me siento mejor que en veinte años! Un correo interno de la Casa Blanca le recuerda a sus empleados que “si estás teniendo síntomas como dolor de garganta, tos, fiebre… por favor quédate en casa” Sin embargo el presidente deambula por todas las moquetas desiertas a siete días de su positivo. Un material de primera para una ficción delirante y carente de foco; si Foster Wallace no se hubiera suicidado, nos delectaría con una secuela de La broma infinita

Nadie aspira a conocer el estado de salud del presidente, ni tampoco su declaración de hacienda. También en Madrid se renuncia a estimar si las cifras de Ayuso son falsas o verdaderas. En estos días de polarización afectiva todo puede ser cierto y también su versión opuesta. Nadie ha visto controles policiales en Atocha desde el viernes, pero tampoco hay pánico en los ojos de los viajeros. Las terrazas madrileñas siguen llenas: elija Usted su propia aventura. Frente al discurso de un gobierno u otro, el ciudadano intenta espigar la verdad, integrar datos, entresacar una imagen fiable como en aquellas pelis porno que pasaba Canal plus en los noventa. Pero no hay tal imagen ni tal media. Alinearse o enloquecer, que viene a ser la misma cosa. Según Bateson, el célebre antropólogo y lingüista de los 50, este atolladero era la antesala de la esquizofrenia. Lo acuñó como Doble Vínculo y lo definió como una de las formas de comunicación autoritaria. “Ve y no vayas”. “Teme y no temas”. “Se juega un juego. Se juega a que no se juega un juego”. Es el estilo que abunda en los medios y en las familias que crían individuos psicóticos o indefensos. Ante una encerrona de este tipo, atender a cualquiera de los dos mandatos que se anulan ente sí garantiza la condena. No hay salida. 

 “Tengo miedo ─describe R.D. Laing en Nudos, su peculiar taxonomía de atascos comunicacionales─. No tengas miedo. Me da miedo tener miedo cuando me dices que no debería de tener miedo (…) No tener miedo. Tener miedo de no tener miedo. No tener miedo de no tener miedo….” En un trenzado infinito de propuestas antitéticas, los personajes del célebre psiquiatra inglés muestran el embrollo emocional que provoca esta comunicación viciada. Ha pasado casi un siglo y éste es el lenguaje que nos inunda y enferma.

¿Cómo digerimos este cóctel de comandos contradictorios? No hay salida, el atolladero está garantizado. Inseguridad, culpa y dudas. Indefensión aprendida. Estados mentales incómodos de los que se patina con facilidad a las posiciones polares donde salvarse. Uno se convierte en paralítico o kamikaze. Uno elige el botellón sin mascarilla o la crisis de pánico. “En la caja me quedé en blanco ─me describía una paciente en su primer día de compras este verano─, ni los huesos se movían, sudaba a chorretones, ¿se encuentra bien, señora? Voy a dar el numerito, me dije. Y me puso todo en el carro, el pobre chico”. 

Ni grave ni leve, ni guapo, ni feo. Guapifeo. Tontilisto. Hay una alternativa y es crear categorías nuevas, híbridos, mundos paralelos. Para entonces no falta mucho para que un médico prescriba el antipsicótico que te devuelva a casa. ¿O sí? ¿Quién puede juzgarlo? Los médicos no, desde luego, ocupados como estamos en desempañarnos las gafas o adivinar la hora de volver a casa. 

El seísmo no cesa, las paredes se deslizan a cada rato y el pasillo de Interna se alarga y se encoge con un paraban que marca el perímetro de las camas Covid. En una lucha sorda, se ataca la colina de las hormigas y se siguen consignas de quita y pon; los protocolos nos llueven a diario y desdicen el anterior (la semana pasada Primaria hizo una sesión con el protocolo “de anteayer”, ¿cuál es el que tengo que aprenderme hoy?).

Qué suerte la del presidente norteamericano, que tiene “los mejores equipos, los mejores médicos” Puede pedir a sus votantes que no se dejen dominar por el virus. A sonrisa descubierta. Mientras tanto, aquí se respira el aroma de esos sueños en los que uno se conduce con la conciencia de que está soñando y casi dirige sus pasos. Se alucina. Se vive. Y se es consciente de que todo sigue empañado aunque se froten las gafas con delicadeza.

“¿Es posible ─continúan los Nudos de Laing─ que Jack y Jill, ambos aterrorizados de que ni uno ni otro esté aterrorizado, terminen ambos aterrorizados de que uno y otro estén aterrorizados…?”

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