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NOSTRADAMUS YA LO SABÍA / OPINIÓN

Noruega, el Trump obrero y la crisis del petróleo digital

23/08/2021 - 

VALÈNCIA. Toda la inteligencia que nos rodea cobra forma de teléfono, portátil, automóvil, lavadora, cepillo de dientes eléctrico, nevera, videoconsola o satisfayer. Pero la cultura del electrodoméstico está en peligro. La culpa la tienen los circuitos integrados (CI), los microchips. Como en toda crisis o pérdida, cuando su producción escasea nos damos cuenta de su auténtico valor y precio. De tan acostumbrados que estamos a solucionar los vaivenes de la existencia apretando botones, los semiconductores se han convertido en el petróleo de la era digital. Sin las obleas de silicio, la vida de nuestro circuito cotidiano sería como el que dejó la Fórmula 1 en El Grau. 

Como prueba, la escasez de chips está paralizando parte de las industrias que sostienen la economía mundial. Si no lo creen, pregunten a Toyota y Volkswagen. Y todo porque nuestro quiosquito depende de las garras de los trigres asiáticos, Corea del Sur y Taiwán, la OPEP de las foundries. No lo olviden, mientras Asia acoge el 80% de la producción mundial, Europa aporta menos del 10% (en contraste con el 44% de 1990, y que la Europa de la transformación digital quiere aumentar al 20% en 2030) y Estados Unidos algo más del 10% (aunque todavía representa cerca de la mitad de mercado global de ventas). Pero que nadie se asuste. Al menos agosto nos dejará el alivio de Feria Valencia descongestionada de cartón piedra fallero. 

Al final, todo acaba tropezando en la misma piedra, la pandemia. La Covid interrumpió la producción de los semiconductores a la vez que se disparaba la demanda de tecnología. No se vuelva conspiranoico, la crisis no se debe a que en las vacunas hayan incluido microchips para controlarnos. La continua apuesta por el cochismo, el teletrabajo y todas las “tele” imaginables del coronavirus han conducido a una escasez global y una reevaluación (un hacerse mirar) de las cadenas de suministro, en la que la Unión Europea tiene ganas de alquilar, sobre todo porque abrir fundiciones a gogó sale carísimo, como explicó en la revista Plaza José Capmany, uno de los grandes nombres de la fotónica de microondas internacional (un campo llamado para el futuro sano, verde y digital de la UE) y un habitual de la Nature Photonics.

Para mayor complejidad, muchas empresas, las fablees (sin fábrica), dependen de estos componentes. La alta dependencia de la subcontratación proporciona soluciones rentables y ecosistemas flexibles a la demanda cambiante de los consumidores, pero no el freno de mano que detenga la expansión de la crisis. El presidente de Taiwan Semiconductor Manufacturing (TSMC), Mark Liu, al frente de la fundición de semiconductores más grande del mundo que hace ojitos a Alemania, el gran fabricante de coches en Europa, ya ha avanzado que la escasez para la industria de la automoción se prolongará hasta principios de 2022. Si lo hace con el ánimo tranquilizador de Ximo Puig y Joan Ribó ante las próximas no Fallas, van apañados nuestros telefónos móviles.

La crisis del chip anima a impulsar la fabricación nacional de semiconductores, el desarrollo de tecnología de vanguardia, en Europa y Estados Unidos, aunque estén muy lejos de la inversión de Corea del Sur (451.000 millones de dólares) para establecer en 2030 la cadena de suministro de semiconductores más grande del mundo, el plan K-semiconductor blueprint, sazonado de exenciones fiscales para los fabricantes de chips. La capacidad de los tigres asiáticos se ha construido sobre décadas de inversión y conocimientos acumulados, con empresas que apoyan fuertemente la investigación y el desarrollo tecnológico cada año, lo que facilita el acceso a los costosos equipos de litografía para avanzar en CI.

Un partido ‘propetróleo’ en el país del coche eléctrico

Los chips, los cuerpos nanométricos, cuya invención llegó en los 50, en parte, bajo el techo de la Texas Instruments, dan vida a unos aparatos que nos insuflan minutos de libertad, algo similar a la de antaño a cuenta de los petrodólares, también tejanos, de Dallas, el icono del combustible fósil que permitía a algunas generaciones americanas nacer varias veces en una misma vida sin la culpa de tener que mirar por el retrovisor, un ejercicio que practica como pocos el padre de Harry Hole. En sesenta años de vida, al noruego Jo Nesbø le ha dado tiempo de escribrir libros de tirada internacional, líderar una banda de rock y llenar el currículum con “ex-” de todo un poco (futbolista, economista y reportero). Y también de apuntarse al discurso verde vía nordic noir en su distopía Okkupert, la serie de la televisión pública noruega NRK exportada como Occupied centrada la encrucijada geopolítica de cambiar las plataformas de petróleo por el coche eléctrico

En Noruega, la transición energética, la de cortar el grifo del oro negro a cambio de llenar el campo y el mar de blancos aerogeneradores, ha dado alas a dos movimientos unidos por el color amarillo, el mismo que el famoso chubasquero que Greta Thunberg. En forma de sociedad civil, que llegó a conseguir, de forma pasajera, el apoyo de nuevos ricos del samón cultivado como Gustav Witzøe, Motvind Norge (Noruega contra el viento), la oposición a la fiebre de la energía eólica que tanto gusta a Erna Solberg y a sus compañeros de gobierno, no ha podido, por los pelos, formar un partido político, al contrario que el grupo ‘propetróleo’ que se ha aglutinado en torno a una curiosa figura enfundada en el mono de trabajo de la empresa petrolífera pública, Statoil, y una boina. 

Con la crisis que le espera a la electrónica, y de cara a las próximas elecciones al parlamento noruego, el fundador del Partido de la Industria y el Comercio (INP), cuyo icono es el mapa de Noruega, Owe Waltherzøe sabe hacer petróleo de la nostalgia de las perforaciones en el fondo del Mar del Norte, buscando entre el descontendo de los trabajadores de las plataformas, en activo y jubilados, descorazonados cual fumadores ante los cajetillas con fotos de los efectos del cáncer. Y no solo porque han dejado de ser los héroes nacionales de los años 70 y 80, es que ahora, encima, hasta la Agencia Internacional de la Energía les está diciendo que cesen ya de buscar petróleo y gas, que eso nos bueno si hay que cumplir con los objetivos climáticos. Pero el señor de la boina y el mono amarillo, el que heredó después de trabajar 30 años en la industria del petróleo, prefiere convertirse en un “chico malo que está a costumbrado a enfrentarse a los grandes”. El discurso, por desgracia, nos suena demasiado. 

No se pierdan este vídeo en el que desarrolla su premisa: “¿De qué vamos a vivir después del petróleo?”, con visita y todo al museo del petróleo de Stavanger, la gran capital del oro negro. Waltherzøe defiende que todo lo que se habla sobre el clima está empujando a la patria en la dirección equivocada, por lo que su partido se posiciona contra el gobierno de Solberg, contra la comunidad mundial y el Panel Climático de la ONU. En resumen, estos nostálgicos quieren que Noruega salga del Acuerdo de París, y evitan pronunciarse sobre si el cambio climático está realmente provocado por el humano, a pesar de que la ciencia climática lo avise desde hace décadas, y prefieren un “debate equilibrado”, entre ciencia y negacionismo, para atraer a personas no vinculadas al petróleo. ¿Y usted pensaba que el bienestar nórdico nos iba a salvar del desorden mundial? Prepárese para septiembre. 

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