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la opinión publicada / OPINIÓN

Pablo Iglesias se corta la coleta del 15M

15/05/2021 - 

Hoy se cumplen diez años del inicio de las concentraciones del 15M; un movimiento que ha tenido, y aún tiene, poderosa influencia sobre determinadas capas de la política y la sociedad españolas. Por su naturaleza ecléctica e híbrida, el 15M nunca se planteó como un movimiento político en un sentido partidista, pero sí como un poderoso cauce de todo tipo de iniciativas, protestas y críticas al sistema establecido. Por eso, sus efectos no fueron plenamente visibles, en términos políticos, al menos al principio: las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2011 supusieron un triunfo del PP sin paliativos, preludio de la victoria de Mariano Rajoy por mayoría absoluta en el mes de noviembre. Muchos vaticinaron la muerte del 15M al poco de nacer.

Como se corresponde con su carácter diverso y plural, incluso contradictorio, el 15M no se canalizó en un único movimiento o ideología política. Pero sí que sería apropiado reivindicar el papel de Podemos como principal formación que encarnaba, sobre todo en sus inicios, la cristalización política de los principios y críticas al sistema emanadas desde el 15M. Podemos logró hacerse con una porción muy significativa del electorado, fundamentalmente proveniente del campo de la izquierda, pero no sólo de allí: en sus primeros tiempos, Podemos, como partido protesta por antonomasia, también recabó apoyos de exvotantes de partidos conservadores, así como de muchos abstencionistas acérrimos. Podemos nunca fue un movimiento político tan transversal como quiso serlo el 15M en lo social, pero sí logró cierta transversalidad social e ideológica que trascendía el espacio electoral del que provenía el partido (escindido de Izquierda Unida), así como el campo de la izquierda política. 

Sin embargo, su aparición indudablemente afectó sobre todo al partido mayoritario en el centro izquierda: el PSOE, que firmó su peor resultado histórico en 2016 (85 escaños) y su segundo peor resultado en 2015 (90), y que incluso años después, al ganar dos veces las elecciones en 2019, lo hizo con unas cifras comparables a sus peores derrotas anteriores a 2015: 123 y 120 diputados en esos dos comicios, por 110 de Rubalcaba en 2011, 125 de Almunia en 2000, o 118 y 121 de Felipe González en 1977 y 1979, respectivamente. 

Pasaron tres años desde el 15M hasta que Podemos irrumpiera en la política española, en las elecciones europeas de mayo de 2014. Han pasado siete más desde entonces hasta la retirada de su líder indiscutible, Pablo Iglesias, que ha abandonado la política y, en un gesto de valor simbólico casi obsceno, por evidente, se ha cortado la coleta que fue, desde el principio, parte integral de su imagen e incluso el recurso metonímico con el que referirse al propio Iglesias, "El Coletas". Ha sido un camino de triunfo (Iglesias consiguió forjar el primer gobierno de coalición de la democracia con el PSOE y alcanzó la vicepresidencia del Gobierno), pero también de decadencia y abandono del impulso inicial, que podríamos resumir diciendo que Podemos empezó saliendo de Izquierda Unida y siete años después ha acabado en el mismo sitio: en el espacio político de Izquierda Unida.

Seguro que seguiremos sabiendo de Iglesias, porque en él se combinan los amores y odios que suscita entre mucha gente con su afán por figurar y que se escuche lo que tenga que decir, aunque sólo sea una recomendación de su última serie favorita. Pero está por ver que la formación política que fundó logre sobrevivir a su liderazgo, tan personalista y paulatinamente más y más excluyente.

El legado del 15M, de haberlo, no puede resumirse en Podemos, como tampoco en los otros partidos políticos que, con mayor o menor legitimidad, son partícipes de lo que se denominó "espacio del cambio": Compromís, la CUP, Adelante Andalucía, Más Madrid, son todos ellos partidos que en alguna medida recogen o, como mínimo, reivindican el 15M y lo que representó, así como su vigencia, mientras que los dos grandes partidos, todavía lamiéndose las heridas de esta década tan difícil que han vivido, sólo quieren olvidarlo y enterrarlo con buenas palabras. Pero ambos consideran, probablemente, que la cosa está en vías de solución (entiéndase por tal la amenaza a su supremacía bipartidista, con prácticas y silencios largamente instalados, durante décadas a veces, en el sistema que regentaban). Puede que el PSOE gane elecciones con pésimos resultados, a efectos bipartidistas; pero al menos se impone con claridad a su antagonista (Unidas Podemos); y lo mismo cabe decir del PP, que ha visto en los últimos dos años cómo se rebajaban bastante las expectativas de los partidos, Ciudadanos y Vox, que le disputaban parte de su espacio político. 

Casi podríamos afirmar que la detención de dos significados dirigentes del PSPV (Rafael Rubio) y el PPCV (Alfonso Grau), por cobrar comisiones a lo largo de diez años (de 2005 a 2015; precisamente hasta la época en la que el bipartidismo acabó por torcerse), es como una especie de homenaje a los excesos del bipartidismo en sus años de gloria, cuando este tipo de prácticas, la opacidad, la impunidad, parecían mucho más factibles que ahora. Que no es que ahora no haya corrupción (siempre la hay); pero sí parece que las trabas y medidas de control son a priori mayores y más eficaces, y la sanción pública también. Esto también puede considerarse parte del legado del 15M, y cabe esperar que dure más que sus principales retoños en la política partidista.

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