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LA NAVE DE LOS LOCOS / OPINIÓN

Pasen y lean

Los estrenos siempre suscitan nervios, cuando nos probamos ante unos desconocidos que lo ignoran todo de nosotros. Ha llegado el momento de tomar la alternativa en el mundo digital, pese a ser una criatura que se alimenta de papel y tinta

18/01/2016 - 

Siempre hay una primera vez, la hora de salir al escenario, quitarse el sombrero y saludar al público, el día del estreno, cuando, sin tener dominados los nervios, nos probamos ante unos desconocidos que lo ignoran todo de nosotros y que nos miran con recelo; gente de la que esperamos su aprobación realzando las virtudes y ocultando nuestras muchas carencias, en un ejercicio de simulación que se parece a la vida. 

Ese día ha llegado de la mano del director de este diario. A Javier Alfonso le quedo agradecido por darme la oportunidad de tomar la alternativa en el mundo digital. Su decisión tiene mucho de meritoria. Él sabe que soy una criatura que se alimenta de papel y tinta, raro ejemplar de una especie en vías de extinción, la de los seres analógicos, esos hombres y mujeres que se pierden en librerías y no ocupan un minuto de su tiempo en escribir un tuit o en subir una foto a Instagram.  

Soy un perro verde, y este perro verde se presenta ante ustedes. De mí poco diré para no cansar. Nací en La Mancha, pero casi media vida la he pasado en Valencia. Soy valenciano por vocación, acaso porque Valencia limó las asperezas de un carácter forjado en las mañanas frías de la Meseta, un carácter seco y austero. Encontré en Valencia lo que me faltaba, la luz y el calor que necesitaba, la luz de Sorolla y el olor a azahar del mes de abril. Fui periodista durante veinte años y la crisis me partió por la mitad, como les sucedió a algunos de ustedes. Hube de reconstruirme como pude, hice de la necesidad virtud y por fin hallé un acomodo precario en la enseñanza. 

Esta columna llevará por nombre La nave de los locos porque concibo la vida como un viaje sin apenas certezas y con muchas preguntas. No me importa el rumbo, sólo navegar. El mundo de hoy, como el de ayer, es un mar embravecido que hace inútil cualquier intento racional por comprenderlo. De ahí la necesidad de cierta locura para no naufragar. La nave de los locos estará hecha de materiales de muy diferente naturaleza: palabras inocentes y asesinas, palabras limpias y sucias; cinismo blanco, contradicciones, ambigüedad, ternura, ironía y muy pocas ideas, sólo las precisas. Me esmeraré en cuidar la lengua castellana —ese divino tesoro que los españoles no sabemos apreciar— y evitaré en lo posible la tentación de seguir el camino más fácil, aquel del que no cabe esperar nada provechoso porque suele conducir al conformismo, la medianía y los lugares comunes. 

Esta columna llevará por nombre La nave de los locos porque concibo la vida como un viaje sin apenas certezas y con muchas preguntas 

No esperen de mí corrección política, ni equidistancia, ni las buenas intenciones con que se malogran tantos artículos de colegas que abogan por la paz de los pueblos. Tampoco que les hable del Corredor Mediterráneo o de la necesaria regeneración democrática del país, dos asuntos que, a decir verdad, carecen del más mínimo interés para mí, que siempre he estado más interesado en los detalles —la vida está en los detalles— que en glosar los grandes temas. 

Hablaré del mundo, de España y de Valencia pero sobre todo hablaré de mí. Con frecuencia yo seré el principal argumento de estos textos. No cometeré el error de principiante de gustar a todos. Lejos de mí queda tal pretensión ingenua. Algunos lectores se reconocerán en mis palabras y otros las detestarán. Bienvenidos sean, todo menos despertar la indiferencia que, junto con el aburrimiento, es el único pecado que no puede permitirse un periodista, tal como recordaba el maestro Indro Montanelli

Para terminar, y sin ánimo de ocasionarles más molestias, les invito a reservar un pasaje en este barco que zarpará el próximo lunes sin carta de navegación, a merced de lo que decidan los elementos, nos sean favorables o adversos, y con un capitán que se habrá dejado el miedo y la esperanza en tierra. 

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