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EL MURO / OPINIÓN

Pasen y vean

Foto: EVA MÁÑEZ

Tres décadas dan para mucho, pero transcurren en un suspiro. Pues no hubo líos en el IVAM que el presente ya no recuerda. Al menos tenemos institución. Y una colección de primera patrimonio de la sociedad civil

27/01/2019 - 

Treinta años pueden parecer para algunos una eternidad, pero que una institución valenciana de “nueva” creación allá por finales de los años ochenta del pasado siglo los cumpla y haya sobrevivido a tantas circunstancias coyunturales es como para celebrarlo a lo grande. Más aún si pertenece a esta sociedad tan cambiante y cainita que prefiere la ruina al éxito, o a la normalidad. El Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) cumple tres décadas, que se dice pronto.

Tenía razón su actual director José Miguel G. Cortés cuando en una entrevista afirmaba que el único secreto del museo es que nació a partir de un proyecto sólido, comprometido y con voluntad política firme.   

El IVAM fue pionero en ese sentido y se consolidó como edificio  y marca cuando ya disponía de una colección y unos fondos, pero sobre todo una línea de trabajo bien definida a partir de pilares como Julio González, el pop, el informalismo, la fotografía y Pinazo como inicio de la modernidad en el crepúsculo valenciano. El museo fue  modelo a seguir, con la diferencia de que otras comunidades construyeron su propio centro de arte moderno o contemporáneo a partir de un edificio y no de una colección. Así les ha ido a muchos de ellos. Pero entonces había que seguir la estela del organismo valenciano y apostar por un nuevo concepto de modernidad y, de paso, aprovechar la ola que había generado el IVAM y el feed back cultural y social en el panorama nacional e internacional.

Bien es cierto que añadiría que, además de contar con un proyecto sólido, también nació con el apoyo de gran parte de la sociedad que lo acogía y mayormente del mundo artístico -frente a discrepancias de matiz periodísticas a las que siempre hemos estado acostumbrados u otros intereses de poder artístico- que peleó para que nadie ni nada pudiera cambiar su sentido y rumbo. Fue un acierto.

Sí, hubo peros. Sólo hay que recordar aquella batalla entre sectores de la crítica o de estilo; aquel debate en torno a un Instituto Valenciano de Arte Moderno frente a un Instituto de Arte Moderno Valenciano, lo que le hubiera convertido en un simple espacio de mirada provinciana. Pero poco más.

El IVAM posee hoy una colección de auténtico lujo que no es de las instituciones sino de la sociedad valenciana. Eso sí, gracias a la eficacia de los que por allí han pasado como gestores y que aportaron su conocimiento para su crecimiento, así como a las donaciones y depósitos que instituciones y artistas han realizado a lo largo de su historia, salvo excepciones de criterio, por supuesto.

No se trata de hablar ahora de los nombres que se han venido sumando al proyecto o han pasado por él. Todos compartieron, en principio, una misma línea a seguir, con sus lógicas diferencias de criterio. Pero ha sido una suma, a pesar de los años de agonía y descrédito que también sufrió el organismo durante una etapa que casi apaga del todo su brillantez y termina con su representatividad. Ahí están el ejemplo. A puertas de los tribunales.  

Foto: RAFA MOLINA

Aún así, fue la lucha de la propia sociedad valenciana y del mundo artístico quienes ayudaron a levantar su vuelo denunciando injusticias y arbitrariedades, como sucedió con el cierre del Carme como segunda sede o cuando se intentó dar un giro radical al destino del organismo: aquellos tiempos de esto es mío y de los míos que parece comenzar a dar ya algunas señales institucionales confirmando ese dicho de que la historia es cíclica y quien la olvida está condenado a repetirla.

Al menos la batalla entonces se ganó y el esfuerzo a contracorriente de muchos sirvió para algo. Se consiguió que la injerencia política dejara de estar presente o fuera tan evidente como lo ha sido en otros organismo valencianos -es bueno tener momentos de bohemia- que no consiguen levantar cabeza por culpa de ese protagonismo que la política intenta imponer en aquello que hasta desconoce, pero cree suyo.  

Sin embargo, lo verdaderamente importante de todos estos años, al margen de polémicas y gestiones que el tiempo juzgará y los historiadores pondrán en su sitio, es que el IVAM nos han enseñado a mirar el  arte moderno y contemporáneo de otra manera, a entenderlo o al menos a intentar comprenderlo acercándose a él. A estudiarlo y querer profundizar más allá de un dato o una exposición temporal. Con eso ya es suficiente para entender la importancia que ha tenido en estos últimos treinta años, más allá de personalismos o megaproyectos arquitectónicos que en el fondo conducían a la especulación y al espectáculo en tiempos de supuesta opulencia o protagonismo político.

Queda una asignatura pendiente: la esperada ampliación, proyecto que acabó guardado en un cajón pese a que su diseño costó casi seis millones de euros. Nadie ya exige explicaciones, ni económicas y menos políticas. No dan más de sí. Triste. No es una asignatura imposible, aunque sí como se idealizó en su momento. Hoy resulta inimaginable o imposible frente a otras necesidades sociales.

El IVAM debería de contar con una segunda sede en València y otra en Castelló tras su llegada a Alcoi. Debería estar dedicada a mostrar su rica colección de forma estable aunque fuera renovada periódicamente, mientras su actual sede en Guillem de Castro se mantuviera como sede de exposiciones temporales. Hace muchos años ya se planteó la posibilidad de que el MuVIM fuera esa alternativa soñada.

Ahora que la Diputación y la Conselleria de Cultura han hablado de que el museo provincial pudiera pasar a ser gestionado por la Generalitat y que la antagónica, aburrida y arcaica gestión provincial pasara al olvido de retratos, cargos y funcionarios vividores -todo por un puesto y un sueldo vitalicio- bien podría ser el edificio diseñado por Vázquez Consuegra la verdadera alternativa. Así, de paso, racionalizaríamos algo este caos de exposiciones institucionales. De paso, nos ahorraríamos un pico. Sería una buena forma de afrontar otros treinta años. Yo no me lo pensaría dos veces, aunque  como dijo Virgilio: “Lo que se ignora perturba el espíritu”. Por suerte, de eso ya estamos un poco agotados.

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