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Pilar Larriba, la estrella que no quiso serlo

La setabense Pilar Larriba fue la capitana de la selección española y del Tormo Barberá, el equipo valenciano que dominó el voleibol durante el segundo lustro de los años ochenta. Se retiró con veintinueve años; no necesitaba más títulos ni más gloria. Solo quería formar una familia, seguir con su tienda de deportes y enseñar el vóley a los niños

17/03/2022 - 

VALÈNCIA.- A Pilar Larriba le da cierto rubor recuperar su pasado. Pero tampoco puede negarlo. Ella fue, en los ochenta, una de las mejores jugadoras de España de voleibol, si no la mejor, aunque muy pocos sepan ya quién es esta mujer, que llegó a ser la capitana de la selección española. No le preocupa lo más mínimo. Es feliz, a sus sesenta años, paseando por Xàtiva sin la aureola de figura del deporte que nunca le deslumbró y jamás reclamó. Y con la jubilación al fondo de la recta siente que tiene una vida plena, enseñándole su deporte a los niños y ayudando a las personas mayores a hacer algo de ejercicio.

Su fisonomía sigue intacta: sigue siendo alta y flaca. Avanza por la Alameda con ese aire de Pantera Rosa que tienen los jugadores de vóley, como los saltadores de altura, longilíneos y con los pies reactivos, como si fueran rebotando contra el suelo todo el rato. De vez en cuando, alguien levanta la mano y la saluda divertido al ver que le persigue un tipo con una cámara de fotos. «Aquí me siento muy querida. Y no necesito más».

Su infancia fue una de las primeras claves para llegar a ser lo que fue. Pilar Larriba era una niña eléctrica y algo asilvestrada, y todos los fines de semana se reunían los trece primos —tres chicas y diez chicos— en Novetlè (al lado de Xàtiva), y apuraban cada minuto del día para jugar al fútbol, subir a la peña de San Diego, salir con las bicicletas… «Y eso, sin tú saberlo, te daba una preparación física, una base inmejorable». Hasta que un día llegó Juan Párraga, el responsable de la revolución que vivió Xàtiva con el vóley, y le preguntó a esa niña larguirucha de doce años si quería probar.

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Aunque primero hay que ponerse en contexto. Xàtiva. 1972. Ni había pabellón ni se le esperaba. Las niñas jugaban en los colegios y en la antigua sede de la Falange —hoy está la Casa de la Joventut—, donde resistía un viejo patio. Sin saberlo, Párraga había reclutado a una generación única, un grupo de chicas que empezaron a jugar de infantiles y que lo ganaron todo hasta llegar a la categoría absoluta. Ese año fueron al Campeonato de España y acabaron terceras. Pero después se proclamaron campeonas de España cadetes, primero, y luego tres años consecutivos como campeonas de España juveniles. 

* Lea el artículo íntegramente en el número 89 (marzo 2022) de la revista Plaza

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