MUTATIS MUTANDIS / OPINIÓN

¿Podría un Milei llegar a presidente de España?

30/11/2023 - 

Javier Milei ha concedido su primera entrevista como presidente electo de Argentina, en su primera respuesta lo ha dejado claro: "Soy el primer libertario que llega a presidente de un país en toda la Historia". Y no le falta razón. Milei no ha escondido nunca su posicionamiento libertario, sus ideas beben hasta emborracharse del liberalismo austriaco de Hayek y de la Escuela de Chicago de Friedman, todo aderezado con un lenguaje agresivo que ensalza el individualismo y el make it yourself frente al Estado y las políticas sociales y redistributivas, propio del Tea Party norteamericano; y envuelto con el papel de regalo del populismo de espectáculo de estilo trumpista.

Milei es un producto de su tiempo y de su contexto, es decir, es hijo del turbocapitalismo neoliberal que se ha extendido poco a poco por este mundo cada día más globalizado y ha surgido en un momento de crisis inflacionaria galopante que tiene sumida a Argentina en una situación económica insostenible. Hechos que han llevado a dos elementos clave en el resultado: primero que las ideas de Milei, que hace 20 años hubiesen sido tildadas de estrafalarias, se vean hoy como una opción más del menú y lo segundo, la proliferación entre la sociedad argentina de una idea muy básica: necesitamos un giro radical en la política de este país. Sobre esta ola, el loco, el peluca, (como hasta hace 4 días le llamaban) ha surfeado, motosierra en mano, hasta la presidencia.

Su victoria desliza una pregunta a los que miramos la política americana desde este lado del Atlántico: ¿Algo así podría pasar en España? ¿Podría un Bolsonaro, un Trump o un Milei llegar a presidente?

En parte, podemos decir que Milei ya está entre nosotros y ya es presidente o, mejor dicho, presidenta. Hablo de Isabel Díaz Ayuso. Y no, no estoy diciendo que Ayuso sea libertaria pero sí es todo lo demás: neoliberal, populista e hija de su tiempo y de su contexto, o sea: del Madrid – aspiradora de recursos y agujero negro mediático – erigido en capital global del mundo hispanohablante. Sin embargo, a diferencia de Milei, que ha conseguido los mejores resultados en unas presidenciales de toda la historia democrática argentina, aquí, la derecha española no suma. Mejor dicho, no suma donde más le importa sumar: en el Congreso de los Diputados. En ese sentido, la derecha española está más cerca del Partido Republicano estadounidense que del Loco Milei. Y es que, a pesar de haber llegado a presidente de Estados Unidos, Donald Trump sacó tres millones de votos menos que Hilary Clinton en 2016 y solo las particularidades del sistema electoral lo hicieron presidente.

El partido republicano tiene con el trumpismo un problema: el trumpismo polariza, se viraliza, moviliza, hasta aquí bien... pero su discurso racista y sobre la inmigración espanta a los votantes de origen hispano y afroamericano que se movilizan en sentido contrario en un país donde si no te votan los hispanos y los afroamericanos prácticamente puedes despedirte de ganar las elecciones. Esta debilidad del trumpismo se intenta suplir con acusaciones de pucherazo electoral y provoca frustración entre un electorado que ya de por sí se siente bastante frustrado, al cual se alimenta diariamente con discursos populistas, patrioteros y guerracivilistas. Con su deriva cada vez más radical y populista, la impotencia del trumpismo cristalizó en enero de 2021 en el asalto al Capitolio, una suerte de performance a medio camino entre una película bélica y una fiesta de Halloween.

Algo parecido a lo que hemos visto en España en días recientes. Frustración. Era su momento. Llevaban años esperándolo. Concretamente desde octubre de 2017, donde el referéndum soberanista encendió la mecha de algo nuevo: una suerte de 15M de la derecha. Del “A por ellos” pasaron a la “España de los balcones”, Ciudadanos allanando el camino del discurso alt-right españolista que más tarde heredó la extrema-derecha con pedegree con el surgimiento de Vox. Luego vendría la Moción de Censura y el “Sánchez traidor”, Aznar llenando salas de conferencias por todo el país, Vox llenando las calles, el “socialcomunismo” y el “sanchismo” como enemigos a abatir, pero de fondo, una necesidad de revancha contrareformista contra los 3 grandes movimientos de cambio que ha habido en España tras la crisis de 2008: el 15M (2011), el 1O (2017) y el 8M (2018). Hasta llegar a las elecciones autonómicas y locales 2023, el penúltimo boss del videojuego, donde el binomio PP-Vox arrasó como el caballo de Atila prácticamente allá por donde pasó. Era su momento, el 23 de julio de 2023 y, sin embargo, contra todo pronóstico, el binomio PP-Vox no sumó donde más le importaba sumar.

La frustración es tremenda. No por no haber sumado en las elecciones, que también, sino por el mismo motivo que se frustró el trumpismo en Estados Unidos: porque los números no les dan ahora ni les van a dar nunca mientras todo se mantenga más o menos estable. Al igual que es muy difícil ganar unas elecciones en Estados Unidos yendo contra la comunidad latina y la afroamericana, en España ocurre que es muy difícil ganar unas elecciones yendo contra izquierdistas, soberanistas, feministas, el colectivo LGTBiQ+, los inmigrantes y, si me apuras, los demócratas en general.

Es por esto por lo que se manifiestan, es por esto por lo que salen a la calle y se enfrentan a la policía o rezan el rosario. La amnistía es solo la excusa coyuntural, vamos por la décimo cuarta o décimo quinta vez en lo que llevamos de partida democrática que la derecha anuncia que se rompe España, sería iluso pensar que todavía alguien se traga esa cantinela. Era su momento, les tocaba a ellos, pusieron toda la carne en el asador, movilizaron todo lo que podían movilizar, jamás habían estado tan movilizados ni habían llegado a tanta gente, y aun así... no les dieron los números.

Al igual que pasó con el trumpismo, a medida que su frustración aumenta, el discurso se va radicalizando y alejando de la realidad: acusaciones de golpe de Estado y dictadura, utilización de los jueces, ataques verbales a la monarquía, desvinculación de la Constitución del 78... si dijésemos que la derecha se echó al monte en 2017 podemos decir que ahora la estamos viendo llegar a la cima de la montaña.

La pregunta quizá sea que hará el PP cuando vislumbre la cumbre y vea que ese camino ya no da más de sí. O quizá una nueva crisis política o económica azote al gobierno progresista y les abra de nuevo la puerta a la esperanza sin tener que bajar del monte.

Sea como sea, la maquinaria trumpista en España hila su discurso a través de la idea de nación española de siempre de la derecha: monolítica, excluyente, reaccionaria, ahora aderezada con ecos del pasado imperial y más desacomplejada que nunca en simbología y proclamas. Se ha tejido una alianza entre las fuerzas vivas herederas del régimen y las capas de ciudadanía descolgada del sistema que viven en los barrios de extrarradio de las capitales españolas, especialmente en la mitad sur del país, donde en algunas familias ya vamos por la tercera o cuarta generación de personas que no encuentran trabajo ni tienen expectativas de encontrarlo, donde se vive del subsidio y la economía sumergida, donde es fácil que cale que el catalán se queda con tu dinero y el inmigrante con tu trabajo. Donde no existe un sentimiento de pertenencia respecto a la democracia, las instituciones o el sistema público y dicho vacío se rellena con una noción difusa de españolismo mal entendido, aquél que sirve para hacerte sentir un poco menos miserable que el miserable de la puerta de al lado. La maquinaria trumpista desliza su mensaje por todo tipo de medios, especialmente por las nuevas plataformas: hordas de youtubers, streamers, twichers... que les cuentan a nuestros hijos que la democracia no funciona, que el Estado no les va a ayudar y que lo que “mola” es hacerse rico por internet con directos de Fornite o con criptomonedas, para luego marcharse a Andorra y evadir impuestos.

El pack nacionalismo simbólico + discurso neoliberal + individualismo make it yourself está calando entre los más jóvenes, los que se van incorporando al censo electoral año tras año. De momento la derecha no suma. De momento. Por eso, como anunciaba al principio, de seguir así no creo que la pregunta sea si a España puede llegar un Trump o un Milei, la pregunta adecuada sería: ¿cuándo?

Ahora bien, decía también que creo que es evitable, su evitabilidad está en manos de ese bloque histórico que se ha conformado enfrente del bloque trumpista-españolista de derechas. Ese bloque que (todavía) suma más y por lo tanto dispone de cierto margen. Para ello deberíamos tomar nota de algunas de las lecciones que nos está dejando 2023. Véase: Solo con la gestión, no basta. Solo con el avance tímido o sectorial en derechos y libertades, no basta. Debe haber un reconocimiento mutuo por parte de todos los actores como representantes legítimos y necesarios del bloque democrático-progresista. Deben existir consensos de mínimos inquebrantables. A la vez, hay que poner el foco en dos cuestiones: profundizar en el avance de medidas de calado que tengan impacto positivo en la vida de las mayorías populares y crear un relato, una simbología, una épica... una identidad si se quiere, que pueda cristalizar en una suerte de proyecto de estado/país/nación/naciones desde valores progresistas y plurales que tenga su vista puesta en el largo plazo, capaz de desmovilizar e incluso seducir también a los elementos más moderados del centro derecha, tensionando al PP desde el centro, que dispute el avance del trumpismo en esta guerra cultural que no queríamos pero que nos ha sido declarada igualmente. No es tarea fácil, pero me da la sensación de que los actores implicados empiezan a entender que cualquier otra vía colocará más tarde o más temprano a un loco, un peluca, un Trump o una Ayuso en la Moncloa. Al tiempo.