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crónica desde LES ARTS

Rápido, salven a la orquesta

27/05/2018 - 

VALÈNCIA. Tras la dimisión (diciembre, 2017) de Davide Livermore como intendente de Les Arts, se dijo que la programación para la siguiente temporada estaba ya completada. Desconocemos las óperas y conciertos que en ella se reservaban a Fabio Biondi y Roberto Abbado, los dos titulares de la orquesta. El pasado abril dimitió también el primero, al hacerse pública una encuesta donde, al parecer, ninguno de ellos salía bien parado. Biondi se marchó y ni siquiera se hizo cargo de las sesiones que, esta temporada, aún tenía encomendadas. Abbado no dijo nada, pero, al parecer, asume sus compromisos. El viernes, sin ir más lejos, dirigió a la Orquesta de la Comunidad en la Séptima de Mahler. Será la última de sus actuaciones en el terreno sinfónico, aunque podremos verlo (si no pasa nada nuevo) en el concierto con Mariella Devia (2 de junio) y en el Berlioz de La condenación de Fausto (20, 23, 26 y 29 de junio). La clemenza di Tito (24 y 28 de junio), que había sido encomendada a Biondi, estará a cargo de Nimrod David Pfeiffer, nuevo en la plaza.

Mientras tanto, y tras haber pasado más de cinco meses desde la dimisión de Livermore, se ha puesto en marcha, por fin, un concurso para seleccionar al nuevo director artístico del recinto, concurso que debería estar resuelto a finales de julio. Se supone que será el ganador quién, a su vez, designará al siguiente director de la orquesta. Sea quien sea, con el verano por medio y la agenda probablemente llena para la temporada que viene (mala señal sería que eso no fuera así), podrá encargarse de muy pocas sesiones, al igual que sucedió con Ramón Tebar en el Palau de la Música. Es decir: la Orquesta de la Comunidad continuará descabezada, por si fueran pocos, un año más. Lleva así -porque el dúo Biondi-Abbado, incluso con sus innegables aportaciones, no tuvo la presencia ni el liderazgo suficientes para suplir a un verdadero titular- desde que en 2013 se marchó Omer Meir Wellber. Éste, por otros motivos, tampoco consiguió ejercerlo. Cabe recordar que dimitieron con anterioridad el ya difunto Lorin Maazel, y que se hizo dimitir al ahora muy enfermo Zubin Mehta, por no hablar de la destitución fulminante de Helga Schmidt, que no dirigía la orquesta sino la totalidad del recinto. En toda esta cascada, la marcha de Zubin Mehta (2014) marca el mayor trallazo para la orquesta, trallazo que le debemos a la entonces consellera de Cultura Mª José Català. Suponía el único anclaje real en un universo convulso por la crisis y las mezquindades, así como el liderazgo suave –pero exigente- que cualquier orquesta ansía y al que se aferra. Suponía, en suma, la guía y el compromiso en el trayecto hacia el fondo de las partituras. La huída de lo facilón. Y el discurso destilado, tanto en el ámbito técnico como en el emocional.

Desde entonces, la orquesta ha ido menguando en tamaño (sólo se repusieron 14 plazas, al principio de la era Livermore), y tiene el ridículo número de 54 músicos en plantilla. Pero -lo peor- es que también parece ir menguando su ilusión, sumidos todos en un ambiente de constantes cambios y zozobra. Y se presiente que, a pesar del juvenil entusiasmo inicial (tenían 29 años de media y, casi todos, un brillante currículo), a pesar de la incontestable técnica y de una valoración, casi unánime, como la mejor orquesta de España, buena parte de ellos quiere marcharse y vivir sin tanto sobresalto.

Además de la huída de los músicos hacia otras agrupaciones, para torpedear más la situación, les rodea una proliferación de historias y, en muchos casos, de historietas. Que si, en la encuesta sobre el director deseado, ni Biondi ni Abbado habían sacado un solo voto. Que si se trataba sólo de Biondi, porque estaban hartos de tanto repertorio barroco. Que si, al día siguiente, Biondi había recibido muchísimos mensajes de apoyo por parte de los músicos. Que si los más deseados para empuñar la batuta eran Jurowski y Nánási (tienen buen gusto). En fin: lo cierto es que Biondi dejó su contrato a medias, y que Abbado no pareció alterarse, manteniendo los compromisos pendientes para esta temporada.

Las tensiones que haya entre el maestro milanés y la orquesta, sólo ellos las conocen. Pero lo indudable es que entre la bicefalia y un contrato que sólo obligaba a cada uno a dirigir de nueve a catorce sesiones al año, la orquesta de Les Arts estaba –y está- descabezada (el número contabiliza las representaciones totales de las óperas, no los títulos, más los conciertos).

Dense prisa, pues, señoras y señores de comisiones varias, en encontrar un director titular para la orquesta. Y que sea bueno. En primer lugar porque una orquesta de foso flexible y apasionada, con un buen director al frente, fue -y debería seguir siendo- el principal activo de Les Arts. Incluso, como se ha visto, resultó un potente imán para las grandes voces y otras notables batutas. Pero también porque, si tardan mucho en ilusionarla de nuevo, no quedará ni uno de los que, con un criterio sumamente exigente, escogió Lorin Maazel. Escogió Lorin Maazel y moldeó, con sumo primor, Zubin Mehta.

Tan largo preámbulo venía a cuento de la Séptima de Mahler que afrontaron, después de las trapisondas mencionadas, Roberto Abbado y la Orquesta de Les Arts. No pareció que todos esos malos rollitos favorecieran la sintonía entre director e instrumentistas, pues la versión, sin resultar mala, tampoco provocó grandes entusiasmos. Pero deben tenerse también  en cuenta otros factores: 1) de la centuria de instrumentistas que había en escena, únicamente 54 eran de plantilla (las plazas que quedan vacantes sólo se cubren según la ridícula tasa de reposición impuesta por el ministro Montoro. El resto son refuerzos que se contratan para cada ocasión o periodos estacionales, y cuyo empaste y ajuste con el núcleo de la formación no tiene tiempo de cristalizar).-2) La Séptima de Mahler es una partitura larga y compleja, probablemente con menos cohesión en las líneas estructurales que el resto de su producción sinfónica, y que, por tanto, se resiente más con las lecturas donde batuta e instrumentistas andan desconectados.- 3) La Orquesta de Les Arts, básicamente centrada en el repertorio operístico, aunque nunca haya soslayado la música sinfónica, no es, precisamente,  especialista en Mahler.- y 4) La acústica del auditorio superior es, como se ha denunciado hasta la saciedad, infame, haciendo imposible el empaste de las diferentes secciones, máxime con una plantilla tan numerosa. La corrección (si es que resulta posible) de este otro desmán de Santiago Calatrava, debiera figurar entre los objetivos de la Generalitat. Es un espacio que se usa mucho, y que permite la indispensable atención que una orquesta de foso debe prestar, también, al repertorio sinfónico. Entre otras cosas, porque  mejora sus prestaciones en la ópera.

Con todo, y en una sala ocupada en las tres cuartas partes de su aforo -y con muchos jóvenes entre el público-, no se generó la emoción de las grandes ocasiones. Sin entrar en detalles, podría decirse que  los resultados se movieron en el terreno de lo correcto, pero que la obra resultó un tanto deslavazada. Quizá Abbado, o la orquesta, o ambos, no se sintieran esta vez –motivos no les faltan- tan cómodos como en otras ocasiones. Sin embargo, el del viernes no deja de ser un concierto aislado. Lo que está en al aire es la orquesta, la joya de la corona. No basta convocar un concurso de méritos para elegir al director artístico del recinto, ni involucrar a la sociedad civil, ni hacer grandes declaraciones de principios. Todo eso está muy bien, pero lo que urge de verdad (para evitar que continúe la sangría), es un director musical y, sobre todo, ampliar la plantilla. La orquesta no puede seguir con 54 músicos de alto nivel sin una batuta equiparable al frente. Debería buscarse un director que no venga cuatro veces al año y se vuelva a largar. Pero tampoco un director que sea elegido prioritariamente por el pasaporte. Porque, antes, se van a ir los excelentes músicos que la han conformado desde todos los rincones del globo.

Miren a largo plazo y salven a la orquesta. Vale la pena.

Del coro, la otra pata del trípode, ya se hablará a la próxima. Porque también anda calentito.

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