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el billete / OPINIÓN

Reflexiones sobre el taxi

5/08/2018 - 

El otro día me dio pena bajarme del taxi, en plena canícula, después de un fantástico trayecto con aire acondicionado, música clásica y una amable taxista que me ofreció la conversación justa. Recuerdo a otro, también con música relajante, que aprovechaba los semáforos para leer una novela en el teléfono móvil pegado en el salpicadero. Desde el asiento de atrás casi se podía leer. Por no interrumpirle, y aunque sabía que no habría tiempo para comentarlo, esperé al final de la carrera para preguntar por curiosidad qué leía. Olvidé el título. Nada que ver con aquel conductor de un destartalado vehículo que tenía puesto a Jiménez Losantos y traducía su lógica furia –"¡es una vergüenza lo de este gobierno!"– en irreflexiones políticas, frenazos y descalificaciones al resto de conductores.

Hay taxis que da gusto coger y hay muchos taxistas que hacen del breve viaje una experiencia grata aunque el vehículo tenga algunos años. Con otros la experiencia no es tan agradable y con algunos es pésima. "Es una lotería, por eso es mejor coger un cabify", me dicen los amigos.

La mayoría de los taxis que cojo son para ir a un acto en un hotel, en el Palacio de Congresos o en Feria Valencia, así que creo que supero la media en intentos de engaño por parte de taxistas que no saben cuál es el hotel Valencia Palace –acaba de celebrar su 25 aniversario– porque, aseguran al ser cuestionados, es su segundo día de trabajo. Las preguntas para averiguar si uno es de fuera son a veces tan evidentes que dan ganas de bajarse. Y qué decir de aquel taxista que preguntó "¿por dónde quiere que le lleve?" en la Gran Vía Ramón y Cajal cuando el destino era el Palacio de Congresos (3,5 kilómetros totalmente rectilíneos). "¡Pídete un cabify", me insisten cuando cuento estas vivencias.

Pero insisto con los taxis porque soy más de pensat i fet que de planificar los desplazamientos. Esto me lleva, a veces, a esperar a que alguien coja el primer taxi de la parada porque el segundo es mucho más presentable, o es presentable sin más. Peor llevo lo de tener que pedir al taxista que ponga el aire acondicionado en pleno verano. Solo una vez pedí un cabify, para probar, y entendí por qué tiene cada vez más usuarios a pesar de ser más caros y tener menos disponibilidad. Con más asiduidad he probado la aplicación MyTaxi, que funciona bastante bien hasta para dejar propina.

Aplicación de MyTaxi.

Pregunto a la Conselleria cuánto ha variado el número de licencias de taxi en el área metropolitana de València en los últimos años, a ver si el problema va a ser el exceso de taxis. Respuesta: "Desde que la Generalitat asumió las competencias en materia de taxi del Área de Prestación Conjunta de Valencia (año 1986) no se han concedido autorizaciones de taxi". Ninguna nueva licencia. Seguimos en unas 2.800 para València y los 44 municipios del Área de Prestación Conjunta. 

No he encontrado datos del área metropolitana, pero en estos 32 años la población de la provincia de Valencia ha crecido un 21%, 400.000 personas más, y la de la capital un 10%, 70.000 personas más. El aumento de turistas en el Cap i Casal es incalculable porque en 1986 eran una rareza y ahora hay tantos que empieza a preocupar su número. En 2017 visitaron la ciudad más de dos millones con una estancia media de 2,4 días, según datos de Exceltur. Tampoco había erasmus, no existía el Palacio de Congresos ni se había hecho la ampliación de la Feria. En definitiva, la potencial clientela no solo no es el problema, sino todo lo contrario. Con la ratio de hace 30 años cabrían muchos más taxis, lo que significa que los existentes se han beneficiado de la no concesión de nuevas licencias.

La amenaza para el negocio del taxi no son los VTC, que son habas contadas, son los cambios sociales que están trayendo las nuevas tecnologías: el car sharing –en Madrid ya operan tres empresas, mientras Ribó se resiste a ponérselo fácil en València para no enfadar a los taxistas–, el moto sharing, las bicicletas, los patinetes eléctricos… Las alternativas de movilidad se multiplican, con tecnología del siglo XXI, mientras el taxi apenas puede presumir del pago con tarjeta.

Taxistas de València, reunidos en asamblea esta semana. Foto: EFE/Kai Försterling

La solución, o una de ellas, sería que los taxistas montaran algo similar a Cabify –no conozco Uber ni Lyft, pero también me hablan bien de ellas–, una aplicación en la que uno pudiera pedir el taxi con el trayecto establecido y a precio cerrado, con unos estándares de calidad como los que prestan estas compañías. ¿Que habrá que cambiar la normativa? ¿Que habrá que incorporar el taxímetro a la aplicación o 'jubilar' el taxímetro y utilizar otro método de cobro? ¿Que habrá que poner de acuerdo a los taxistas? Pues hágase, que el ministro Ábalos parece muy dispuesto a ayudar, incluso económicamente, para evitar otro colapso en las grandes ciudades.

Hablando de colapso, para cortar la calle Colón cuatro días seguidos no hacen falta 2.800 taxis, ni 280, ni 28. Bastan unos cuantos coches en fila de a dos y, sobre todo, la vista gorda de las autoridades competentes. Con el precedente de esta semana y la amenaza de los taxistas de repetir la protesta a la vuelta de las vacaciones –en España los problemas también se toman vacaciones– los conductores de Cabify con unos cuantos vehículos también podrían cortar la calle Colón si la solución no les satisface. De hecho, y no es por dar ideas, cualquier colectivo en huelga, con los coches particulares de los huelguistas, podría emular a los taxistas, y a ver con qué argumentos enviaría Ribó a los municipales a poner multas o Fulgencio a los antidisturbios a despejar la calle.

Bloqueo de la calle Colón, esta semana. Foto: EFE/Kai Försterling

P. S.: El autor de este billete también se toma un descanso. ¡Feliz verano!

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