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No éramos dioses. Diario de una pandemia #21

Resurrección

13/04/2020 - 

VALÈNCIA. Cuatro policías locales (¡cuatro!), dos de ellos motorizados, le dan el alto a un hombre que pasea con su perro. Este hombre es un ser querido. Proceden a identificarlo y lo denuncian por estar fuera del perímetro permitido para pasear con una mascota. La multa será de 300 o 600 euros. Puede que algún vecino haya sido el delator.

En España se han tramitado medio millón de denuncias por quebrantar el arresto domiciliario. Cuatro mil personas han sido detenidas desde que se decretó el estado de alarma hace un mes.

En las dolorosas circunstancias actuales, esos cuatro agentes creen que sancionar a un hombre que camina con un perro es un servicio utilísimo a la comunidad. Pero es falso. Esos policías actúan, acaso sin saberlo, como mamporreros de un Gobierno que ha impuesto un régimen autoritario que, además de suspender derechos fundamentales y libertades, nos lleva a la ruina económica y social.

En la calle las colas son más largas que otros días. Hay colas en los supermercados, en las farmacias, en los estancos y en los quioscos. Al ser sábado y víspera de dos festivos, la gente se aprovisiona de comida, bebida y tabaco. A veces pienso que nos quieren bien cebados para nuestro san Martín.

Sigo alimentándome mal. Tengo el estómago revuelto. Las diarreas son frecuentes; van y vienen.

Empresas que incumplen plazos

Begoña se queja de que una gran empresa no le ha enviado la compra en el día comprometido. Esta compañía, como tantas otras, destina mucho dinero a publicidad. Sus anuncios garantizan que el cliente tendrá el pedido cuando toque. Pero no es así. Ni siquiera le manda un aviso de que no atenderá su compromiso de entrega.

Mi banco se acuerda de mí y me ofrece un préstamo. Borro el mensaje sin molestarme en comprobar el interés que me cobrarían.

Una bandera republicana ondea en la parte superior de una sede del PCE.

He acabado de leer los dos tomos de Archipiélago Gulag. Aun estando muy bien escrito, el valor de esta obra titánica es sobre todo moral. Su autor Alexsandr Solzhenitsyn narra, valiéndose del testimonio de 227 personas, su experiencia y la de muchos disidentes políticos en los campos de concentración bajo la dictadura de Stalin. Millones de personas sufrieron penas de cárcel, destierro y muerte por discrepar del régimen comunista. Torturas, hambre, humillaciones, trabajos forzados, robos, horror y exterminio. Es la crónica estremecedora de un hombre que pasó ocho años privado de libertad y tres de destierro. Lo acusaron de contrarrevolucionario.

Después de Lenin y Stalin, después de Mao y Pol Pot, ¿cómo es posible que todavía haya gente que se sienta orgullosa de ser comunista? Una ideología que decía perseguir la liberación de las clases oprimidas justificó, en aras de un paraíso que nunca llegó, el asesinato de cientos de millones de inocentes y abocó a los supervivientes a la pobreza y a la ausencia de libertad.
Aún hoy en día algunos comunistas —entre ellos el ministro Albertito Garzón, que también nos ha salido humorista— intentan dar lecciones de decencia histórica, cuando su ideología es un ejemplo de barbarie contra la humanidad.

Asomado a la ventana de mi cocina, cada día veo llegar a varios repartidores a entregar paquetes a vecinos de mi finca. Suelen ser jóvenes. Merecen mi admiración. Ellos, al igual que las cajeras de supermercado, las limpiadoras y los cuidadores de ancianos y enfermos, no se pueden quedar en casa como nosotros, que nos apuntamos al simulacro del teletrabajo para justificar el cobro de una nómina.

Ahora resulta que los empleos mal pagados y peor considerados en la sociedad son imprescindibles para este tiempo de supervivencia. La mayoría de los puestos de trabajo se han revelado irrelevantes.

No me libro del presidente llorica

Este fin de semana pensaba que me iba a librar de él, pero no fue así. El presidente llorica comparece este domingo, a la hora de la comida. Me niego a verlo. Apago el televisor y repito mi ceremonial de la cacerolada sin que nadie se sume a mi protesta.

Hoy es Domingo de Resurrección. La iglesia sigue abierta y está vacía, como siempre. He entrado a rezar y pedir por los míos y por los demás.

En casa he leído el Evangelio de san Juan, que cuenta cómo san Pedro y el discípulo favorito de Jesús, alertados por María Magdalena, encuentran vacío el sepulcro. Jesucristo, el hijo de Dios que dio la vida por nosotros, ha resucitado. La vida se ha impuesto a la muerte.

Pero seguimos sordos a las palabras y los silencios del Resucitado. Cada Semana Santa despreciamos la oportunidad de transformación interior que nos ofrece para ser hombres nuevos. Volverá a intentarlo el año próximo, cuando el mundo será muy diferente al que hemos conocido.

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