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Antropología Industrial

112

El 112 refleja cooperación inmediata en crisis, pero su simplicidad oculta un sistema al límite. Operadores invisibles toman decisiones bajo presión y carga emocional. Su labor, clave en la respuesta, suele pasar desapercibida. La pregunta es si realmente valoramos su papel

Publicado: 01/06/2026 · 06:00
Actualizado: 01/06/2026 · 06:00
  • Sala del 112 en imagen de archivo.

La cooperación y la solidaridad no son lujos morales. Son la mejor ventaja adaptativa que define a nuestra especie. Mientras otros animales desarrollaron garras, velocidad o camuflaje, el Homo sapiens perfeccionó algo más poderoso: la capacidad de coordinarse con desconocidos para resolver problemas colectivos. Los antropólogos llevan décadas documentando cómo esa tendencia a la ayuda mutua —anterior a cualquier estado, a cualquier mercado, a cualquier ideología— es el sustrato sobre el que se ha construido todo lo demás. Esa misma lógica milenaria tiene hoy una manifestación precisa, discreta y gratuita en tres números: 112.

El progreso humano resumido en una cifra, así de sencillo. La memorizamos sin esfuerzo y confiamos en que, si alguna vez la marcamos, alguien al otro lado del teléfono recibirá nuestra llamada de auxilio y sabrá qué hacer. Lo que no solemos preguntarnos es cuánto de milagro hay en esto y qué hay exactamente al otro lado, ni en qué condiciones.

El número único de emergencias no es universal. Estados Unidos y Canadá usan el 911; el Reino Unido y Australia, el 999, aunque en ambos países el 112 también funciona. En la Unión Europea es común y obligatorio desde 1991 y opera en los 27 estados miembros más una docena de países europeos no comunitarios. Y resulta ser un buen cemento comunitario: el año pasado se realizaron 2,7 millones de llamadas por ciudadanos en itinerancia dentro de la Unión Europea: viajeros que en un momento de urgencia marcaron el único número que sabían.

En España el servicio arrancó efectivamente en 1997. Gestionado por cada comunidad autónoma, no existen estadísticas nacionales centralizadas pero los datos agregados permiten estimar entre veinticinco y treinta millones de llamadas anuales: en 2024, Madrid recibió 4,5 millones y Cataluña, 3,5 millones.

La Comunitat Valenciana merece capítulo aparte. El 112 CV opera desde L'Eliana con 21 puestos de atención, responde en cinco idiomas y, en sus veinticinco años, ha acumulado 86 millones de llamadas. Solo en 2024 gestionó 3,8 millones, más de diez mil llamadas diarias. En 2025, un año sin emergencias de gran alcance, superó el millón de llamadas. Hay que releer las cifras varias veces para entender su enorme volumen.

Cada operador atiende entre 150 y 200 llamadas por jornada, con un margen de respuesta de diez segundos y menos de tres minutos por incidente. El 58% de los casos son emergencias sanitarias, el 16% de seguridad.

En la Comunitat, el 112 opera desde L'Eliana con 21 puestos de atención, responde en cinco idiomas y, en sus veinticinco años, ha acumulado 86 millones de llamadas

La Dana del 29 de octubre de 2024 reveló los límites del sistema. Aquella mañana, la sala comenzó con la dimensión habitual. El volumen crecía mientras llegaban refuerzos, pero el límite no era humano sino físico: no había más terminales. El tiempo de respuesta se disparó de diez segundos a casi seis minutos. Y, en seis minutos, muchas vidas pueden perderse.

A pesar de ser un servicio vital, está subcontratado y sus operadores están acogidos al convenio colectivo de los contact center, el antiguo telemarketing. Una estructura diseñada para vender productos por teléfono aplicada a quienes deciden en segundos si movilizar una ambulancia o las fuerzas del orden. El resultado: estrés, ansiedad y un absentismo del 20%, cubierto con esfuerzo y dedicación por las personas al cargo.

En un año tranquilo, casi tres mil veces al día alguien en la Comunitat Valenciana confía su vida o la de otros a una voz al teléfono. En 2025 hubo doscientas llamadas por cada mil valencianos, uno de cada cinco habitantes. Un servicio que usamos con la misma naturalidad con que respiramos y al que prestamos la misma atención: ninguna, hasta que nos hace falta.

Entonces todo se concentra en esa llamada. Toda la vida, todas las vidas. Y necesitamos, en ese momento, que funcione. Y que al otro lado haya alguien, que siempre haya alguien.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 136 (mayo 2026) de la revista Plaza

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