Por una vez, y sin que sirva de precedente, escribiré un mal artículo. Es sencillo escribir un mal artículo, sobre todo si eres catedrático. Basta con emplear sustantivos abstractos acabados en el sufijo -dad. Solidaridad, inclusividad, moralidad, fraternidad. Para que la columna sea lo suficientemente mala, tan mala como para abandonar su lectura a la mitad, ayuda que el autor recurra a palabras que remiten a absolutos. Ante lectores socialdemócratas siempre quedarás bien si tu texto lo condimentas con palabras como Democracia, Estado de Derecho, Paz, Convivencia, Justicia, Populismo, escritas con mayúsculas para subrayar la solemnidad de lo dicho.
En cambio, los buenos artículos hablan de la letra pequeña de la vida. Los sabañones de una castañera dicen más del espíritu de una época que el discurso del ministro de Hacienda en periodos oscuros como este.
Pero no escribiré sobre sabañones ni castañeras, ni sobre el esmalte de uñas, de un rojo intenso muy excitante, de mis compañeras huelguistas. Esta mañana de septiembre, trastornado por el calor, me levanté con dos propósitos excluyentes: invadir Polonia o dirigirme a la juventud heroica de mi país. Me he inclinado por la segunda opción, pues para invadir Polonia hay un aspirante cualificado.
Este artículo va por ellos, por jóvenes como Irene que, aun teniéndolo todo en contra, resisten. Han oído que vivirán peor que sus padres —lo cual es cierto—, y que son una generación de cristal porque se derrumban ante el menor contratiempo. No seré yo quien les regale los oídos, pero somos injustos con ellos. Pienso en el 15% de mis alumnos inclinados al estudio y el trabajo. Podrían actuar como la mayoría, contagiarse de la mediocridad, seguros de que, hagan lo que hagan, obtendrán los títulos de la ESO y el Bachillerato. Y, a pesar de un ambiente que incita a la molicie y la pillería, han escogido el camino difícil para competir en un mundo que somos incapaces de imaginar.
Estos estudiantes que empiezan un grado universitario, más los que aprenden un oficio lucrativo como el de electricista y carpintero, son la única esperanza que nos queda. Si aún existe una posibilidad de que España no se vaya al garete, es gracias a esta juventud valiente y trabajadora.
Desde niños os engañaron al prometeros el mejor de los mundos. Sin dolor, sin trabajo, sin renuncias. La escuela fue una fábrica de mentiras
Vosotros, los jóvenes españoles, tenéis en vuestra mano que valores como la decencia, el sacrificio, el honor y el respeto a la palabra dada vuelvan a estar presentes en la sociedad. Es una tarea hercúlea porque sabéis que casi todas las instituciones están podridas. No hay telediario que pueda ocultar tanta putrefacción. Desde niños os engañaron al prometeros el mejor de los mundos. Sin dolor, sin trabajo, sin renuncias. La escuela fue una fábrica de mentiras. No se os preparó para la vida. Se os ocultó la realidad, y la realidad es un perro rabioso que se ensaña con los débiles.
De nosotros, los adultos, nada cabe esperar. No vamos a cambiar de pensamiento ni de forma de actuar. Cuando se alcanza cierta edad, hay que creerse las propias mentiras. Cuestionarlas significa el reconocimiento de un fracaso. Los de mi generación se agarran a sus prejuicios como un náufrago a un salvavidas. Están viejos. Dan lástima.
Sin embargo, vosotros estáis por hacer. No ha habido tiempo para que os corrompáis. Sed críticos; luchad por construir un hogar; descreed del Estado y las ideologías; sed honrados; escupid a quienes os prometen el paraíso en la Tierra; combatid al Gobierno infame y amad a la patria, la patria de vuestros padres y abuelos, esa patria que una banda de malhechores se empeña en destruir, y está cerca de lograrlo.
¡Jóvenes españoles, vuestro tiempo ha llegado! (así, con exclamaciones). El país necesita un vuelco. En vuestras manos está hacerlo posible. Al menos intentadlo; que no tengáis que arrepentiros por cruzaros de brazos cuando España —esa palabra maldita en algunos círculos de poder— se juega su existencia como nación. Es ahora o nunca.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 139 (septiembre 2026) de la revista Plaza