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Cata a ciegas, pros y contras

La moda de las catas a ciegas puede representar un antídoto a la merma del consumo, pero conlleva el peligro de alejar al bebedor de la magia de los grandes vinos y volverse un ejercicio autocomplaciente

Publicado: 25/05/2026 · 06:00
Actualizado: 25/05/2026 · 06:00
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an pasado un par de meses desde la celebración de la XVIII edición de la cata por parejas de Vilaviniteca, un evento que consigue, año tras año, reunir a catadores de toda Europa, movidos por los suculentos premios monetarios (50.000 € más vinos y copas Riedel) a los primeros tres clasificados.

Las inscripciones se cierran en un puñado de segundos, hasta el punto de requerir, para participar, además de una nariz privilegiada, un máster en nuevas tecnologías. Un servidor, que con el ordenador tiene una relación de amor-odio (últimamente tirando más al odio), lleva dos ediciones sin poder apuntarse a tiempo.

Este año lamentablemente no podemos celebrar el podio de ninguna pareja valenciana, a pesar de que el nivel de concursantes de nuestra comunidad sea cada vez más alto. A ver si hay más suerte en el próximo concurso para la admisión al Campeonato Mundial de Cata a Ciegas (organizado por la prestigiosa Revue du vin de France), que tiene lugar cada año en tierras galas.

La poesía de la copa saboreada pausadamente, con los sentidos atentos, es la que permite la comunión con el elaborador

Lo que me permito brindar a mis cinco lectores es una reflexión sobre estos certámenes que van reuniendo al microcosmos de enópatas de varias edades. Celebro que haya eventos capaces de movilizar a los bebedores y reconozco al rey Quim Vila la capacidad de ser el número uno en cuanto a organización y poder de convocatoria. Lamento la escasa presencia femenina, que, a pesar de aumentar con los años, sigue brillando por su inexplicable minoría.

Observo que los mejores catadores no son los inflados y ególatras sommeliers, sino los enólogos, como demuestra la racha de victorias de los pluricampeones Toni Carbó y Ramón Jané. A resaltar que la otra pareja capaz de repetir primera plaza es la formada por un periodista vinícola (Luis Gutiérrez) y un wine lover con hectolitros de bagaje (Ignacio Villargordo).

Me reconforta ver nuevas generaciones pisando fuerte y con capacidad para destronar a la vieja guardia.

El punto es la ontología de la cata a ciegas: si se vuelve modalidad única y autorreferente, pone en peligro la finalidad misma del disfrute y, en parte, traiciona la esencia del vino. Me explico: el reconocer vinos sin ver la etiqueta debería ser una manera de liberar la mente y ahuyentar la sugestión de las grandes marcas, que condicionan inevitablemente la valoración final. Muchas veces un vino catado a ciegas y que consigue paupérrimas valoraciones resulta ser un icono o una botella para gestores de capital riesgo. Sin embargo, cuando el único acercamiento al vino es la botella tapada, se corre el riesgo de incurrir en un ejercicio para el ego, en lugar de una comunión con un paisaje, una añada y con la filosofía del vigneron responsable de su interpretación. En las catas a ciegas no se dedica el tiempo suficiente a los vinos; se valora más la cantidad de botellas descorchadas que la espera pausada de la evolución en la copa. Puntuaciones y frenesí: las plagas de los tiempos modernos. Cuando la poesía de la copa saboreada pausadamente, con los sentidos atentos pero relajados y el tiempo fluyendo lentamente, es la que permite la comunión con el elaborador. El objetivo es entender el mensaje encerrado debajo del corcho, que habla de la pasión de un viticultor, de su afán por interpretar su viñedo y sus características, hoy en día ayudado por la tecnología y la ciencia, pero siempre con el ojo puesto en la tradición y en la sabiduría de los antepasados.

Los grandes vinos no se pueden catar a ciegas: hace falta mostrar un respeto reverencial ante un Overnoy, un Rayas, un Henry Jayer, etc. Encima, estos vinos son los más identificables por la personalidad que desprenden y la unicidad de sensaciones y emociones que causan al afortunado bebedor. Por eso, la mejor manera de invertir los 35.000 € del primer premio es dedicarlos a disfrutar de grandes botellas DESCUBIERTAS... Salut!

* Este artículo se publicó originalmente en el número 136 (mayo 2026) de la revista Plaza

 

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Juan Luis Gandía (UV), portada de la revista Plaza de mayo