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Opinión

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Vinosofía

Llevamos cien artículos con mis cinco lectores compartiendo el amor hacia una bebida única, que trasciende las prerrogativas meramente nutricionales o gastronómicas para ejercer de emblema cultural y hablar directamente al alma. La mejor manera de celebrar la vida

Publicado: 10/08/2026 · 06:00
Actualizado: 10/08/2026 · 06:00
  • Agricultores trabajando.

Son cien artículos los que llevo vinosofeando con mis cinco lectores y, auxiliado por la hemeroteca, rememoro que me estrené denunciando la caída de consumo en España. Tras casi una década, el escenario se ha deteriorado y los principales actores empiezan a dejarse ganar por el pesimismo, cuando no son víctimas del pánico. Todo el mundo es consciente de que va a haber una profunda revolución en el sector, aunque la historia nos enseña que las crisis brindan oportunidades a los más sagaces y determinados, que ya están buscando nuevas regiones productoras empujados por el cambio climático.

Ya he expresado mis vaticinios sobre el funesto futuro de la industria, que se está encomendando al vino 0,0 como último clavo ardiendo, pero en este caso me quiero hacer eco de las reflexiones de Álvaro Palacios, uno de los enólogos artífices del renacimiento y posicionamiento internacional del vino español, cuya charla tuve el placer de escuchar en ocasión de la presentación de la avanzada de la cosecha 2025 (por cierto, pinta muy bien). El buen Álvaro, con su oratoria histriónica e irreverente, se mofó con razón de la insoportable moda healthy que lamentablemente invade y domina las redes sociales, pervirtiendo las mentes menos formadas. Donde bíceps y senos turgentes están llamados a llenar el desolador vacío neuronal, contribuyendo a la profunda crisis de un emblema de nuestra cultura y de nuestra historia.

Máximo respeto a las mujeres y hombres que buscan el contacto con la tierra, intentan que su viñedo sea la expresión de un paisaje y fomentan un ecosistema activo

Si es verdad que venimos de los pragmáticos romanos, propagadores de la cultura helénica, tenemos que asumir la presencia del vino como constante y fundamental. Los romanos conquistaban con hierro, vid y olivo y rehusaban asentarse en latitudes donde no podían cultivar el don de Baco. Luego se encargó Jesús de hacer del vino un símbolo religioso-metafísico y gracias a sus secuaces (monjes y frailes) existen y se conservaron los grandes viñedos del viejo mundo, durante los oscuros siglos de la Edad Media. El vino ha sido el sustento para generaciones de labradores que dependían de la fortaleza de sus músculos no estrogenados para domar la adversa naturaleza. Sin considerar la única e inimitable vertiente socializadora, que deja en ridículo el lema No Martini, no party, aceptable solo por la razón de que la base de un vermú es nuestra bebida favorita. Recalcar la función lúdica y festiva del vino, quitarle la prosopopeya austera y bajarlo de la mesa de los ricachones bebedores de etiquetas de cuatro cifras sería una clave para volver a acercar a los jóvenes a la magia del descorche, demostrando fácilmente que las burbujas del regocijo son las de un vino espumoso y no las de la Coca-Cola.

Caben también las almas más refinadas que buscan en una buena botella el acompañante ideal de una sobremesa estilo Simposio platónico y son capaces de maridar un vino con una poesía o una buena pieza musical.

Sin olvidarnos del desafío que comporta llevar a cabo una buena cosecha, con las amenazas amplificadas por el calentamiento global (solo los iluminados de Vox siguen abrigándose en las noches primaverales) que exacerba los devastadores fenómenos extremos y que transforma la labor del vigneron en una apuesta arriesgada, cuando no temeraria. Máximo respeto a los hombres y mujeres que, en esta época esquizofrénica, buscan el contacto con la tierra, intentan que su viñedo sea la expresión de un paisaje, fomentan un ecosistema activo para huir de la química y utilizan las tecnologías más respetuosas con el medioambiente.

Dicen los apicultores que cuando muera la última abeja a la humanidad le quedarán cuatro años; mi pregunta es: cuando dos de las ideologías más enemigas del hedonismo (la islamista y la salutista/moralista anglosajona) consigan aprobar nuevas leyes secas, ¿qué quedará de nuestra milenaria cultura mediterránea? Una buena cuestión para la Idiotez Artificial... Salut!

 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 138 (julio 2027) de la revista Plaza

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