La miel es el arquetipo de la dulzura y comparte con el sol y con el oro su color y su significado de valor y vida. Es el único alimento producido por un insecto presente en la dieta humana desde el principio de los tiempos y con una caducidad a prueba de siglos. En las cuevas de la Araña de Bicorp, Patrimonio de la Humanidad, una de sus pinturas rupestres más famosas representa a una valenciana de hace más de diez mil años desafiando la gravedad por un poco de miel.
A la devoción por el producto le sigue la increíble fábrica que lo produce: miles de individuos funcionando como un solo organismo en una estructura milenaria. Y es precisamente esa organización —la colmena— lo que hace de las abejas el único insecto que ha logrado sentarse en el consejo de administración de la historia humana. A diferencia de los otros bichos, las abejas no son una plaga: son un socio industrial que lleva miles de años facturando en especie.
El negocio global de la miel mueve 9.200 millones de dólares anuales. China produce la cuarta parte del total mundial mientras España, con cerca de tres millones de colmenas en 36.000 explotaciones apícolas, es el mayor productor de miel de la Unión Europea. La Comunitat Valenciana representa el 14% del total, con 2.500 apicultores y más de 33 mil toneladas de miel, junto a otros subproductos de gran valor añadido como la jalea real, el propóleo o la propia cera de los panales. A esto se añade el efecto inductor de la polinización, con millones de euros de efectos externos reales no contabilizables.
Pero esta cornucopia benéfica oculta un lado oscuro. Para empezar, los peligros que amenazan a las abejas, como la varroosis, los insecticidas o el avispón asiático, amenazas reales que ponen en peligro las instalaciones apícolas. Luego, la dura competencia con la miel asiática, que rompe el mercado con bajos precios y pone a los productores locales al borde del abismo.
Por otro lado, existen amenazas que las abejas crean a otros sectores, como es la pinyolà, la polinización cruzada, que en zonas de cítricos puede provocar grandes pérdidas. Sin embargo, el lado más oscuro de la colmena no está relacionado con algo de esto, ni con que su consumo excesivo puede llevarnos a la diabetes o al hígado graso, sino un asunto de más enjundia.
La colmena, con el símbolo hexagonal del panal, ha sido siempre el ejemplo de una sociedad matemáticamente diseñada por la evolución para perpetuarse en el tiempo
La colmena, con el símbolo hexagonal del panal, ha sido siempre el ejemplo de una sociedad matemáticamente diseñada por la evolución para perpetuarse en el tiempo. Cada individuo de la colmena nace programado para la tarea que va a realizar, un destino fijado genéticamente hace millones de años. Su jerarquía es rígida e invariable y los individuos son solo piezas diminutas de un mecanismo implacable. Esta maquinaria biológica causa admiración, pero también inquietud, por ser el ejemplo contrario a nuestros principios de individualidad y libre albedrío.
Al igual que las abejas, utilizamos los principios de eficiencia y productividad sin considerar lo que eso supone, arriesgando en el camino nuestras potencialidades más humanas en beneficio de la producción y la ganancia. Y, como advirtió en su momento Teilhard de Chardin, la humanidad avanza hacia una forma trascendente de supraconciencia, pero el peligro es convertir nuestra sociedad en una sociedad de insectos, donde la conciencia individual se diluya en un ente colectivo carente de sentido.
Nuestras ciudades parecen cada vez más colmenas y nuestras estructuras sociales —y nuestra cultura— siempre reflejaron algo de ese orden de colmena. Un orden que saltaba a veces en conflicto social, precisamente porque lo humano es buscar la libertad y el bienestar. Y así, se atribuye a Marx la irónica frase de que: «A diferencia de la sociedad humana, en la colmena son las obreras las que gestionan su trabajo mientras los zánganos cumplen una tarea específica y duran poco».
* Este artículo se publicó originalmente en el número 137 (junio 2026) de la revista Plaza