Un día, de repente, sufres un infarto, un derrame cerebral o cualquier otro trastorno grave. Como eres afortunado, alguien llama rápido al 112, que acude para llevarte volando a urgencias y pasas de ver impresionado cómo salvan vidas los equipos de médicos en la serie The Pitt a ser tú una de esas personas sobre las que hay que decidir el tratamiento más adecuado. En unas horas quedas enchufado a máquinas en las que puede leerse una palabra que parpadea: Infundiendo. No sabemos qué sustancias exactamente, pero son las que nos ayudan a seguir viviendo. Hasta ese momento creíamos controlar nuestra existencia al minuto; después del ingreso nos convertimos en criaturas frágiles tumbadas en una cama articulada, con un camisón abierto por detrás y una pulsera identificativa que nos convierte en el de la 411.
Los problemas de salud sirven para darnos cuenta de cuánto necesitamos una asistencia sanitaria como la que tenemos, siempre mejorable, como todo, con más recursos. No hay mejor campaña de Hacienda que experimentar de primera mano para qué sirve una parte de nuestros impuestos. Un Sistema Nacional de Salud que evitará que, además de sobrellevar la enfermedad, tengas que lidiar con dificultades económicas o arruinarte, como en Estados Unidos, si no tienes un buen seguro médico. Allí una jornada de cuidados intensivos con factura a tu cargo puede costar desde cinco mil a veinticinco mil dólares.
La sanidad pública tiene además algo profundamente democrático: nos iguala de verdad. En una habitación compartida de hospital son inapreciables, durante unos días, aspectos como la calle en la que vivimos, cuál es nuestra profesión, a qué partido político votamos, los lugares donde solemos salir a cenar, el tipo de coche que conducimos o si nos movemos en autobús. En ese espacio reducido estamos medio desnudos, despeinados y sin posibilidad de elegir el menú. Escuchamos explicaciones sobre diagnósticos y resultados de analíticas reservados, en circunstancias normales, a la familia o amigos más cercanos.
No hay mejor campaña de Hacienda que experimentar de primera mano para qué sirve una parte de nuestros impuestos
Los hospitales también son esos lugares donde desconocidos te desean sinceramente una pronta recuperación. Personas de las que jamás sabrás el apellido te preguntan cómo has pasado la noche o celebran contigo que, por fin, toleres algo de comida sólida. En los pasillos de la sala de reanimación, donde las horas transcurren mirando una puerta automática, los familiares de alguien también en estado crítico se acercan a darte ánimos al verte llorar, con una cercanía impensable en cualquier otro lugar. Te toman la mano y te dicen que hay que confiar porque los médicos saben muy bien lo que hacen.
Claro que la convivencia hospitalaria también tiene su reverso desquiciante. Podemos encontrarnos con la clásica familia que considera la habitación un punto de encuentro social, trayendo incluso esa merienda que tú no puedes comer. También abundan los pacientes empeñados en ver su larguísimo programa nocturno favorito como, por ejemplo, la décima temporada de La isla de las tentaciones, ahora que ya no se paga por la tele. Casi los peores son los que se pasan la convalecencia hablando por teléfono como si estuvieran solos en una isla desierta o, peor aún, se entretienen con interminables videollamadas a máximo volumen, aprovechando el wifi gratis. Sin embargo, incluso entre ronquidos ajenos, máquinas pitando y conversaciones ajenas poco interesantes surge una especie de fraternidad al sentirte cuidado en un sistema donde nadie pregunta primero cuánto dinero tienes antes de intentar curarte. Cuarenta años ha cumplido este año la Ley General de Sanidad que convirtió la salud en un derecho universal, uno de los logros de la democracia española.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 137 (junio 2026) de la revista Plaza