Andaba aburrido y pedaleando sin rumbo y sin prisa, así que frené, candé la bici y entré en la Fnac. Pleno agosto y es bien sabido que el aire acondicionado ha vendido más libros que Cervantes. Decidí hacer lo que hacemos todos: pasear entre libros fingiendo que buscaba alguno en especial —«¡cuántos años sin entrar!», pensaba—. Mientras ojeaba entre las baldas, noté que una chica madura, de esas que se cuidan, guapísima, sonrisa dentiflor y perfume caro, me miraba de reojo. Yo ya le había tirado el ojo.
Al final se acercó y preguntó con timidez: «Perdona, ¿eres MacDiego?». Le dije que sí con esa sonrisa que mezcla sorpresa de conejo deslumbrado en carretera y cara de modelo de anuncio de colonia barata. Ella se iluminó: «No estaba segura, pero lo imaginaba. Soy oyente del programa desde hace mucho tiempo, y, bueno, por muchas cosas más. ¡Sois un grupo muy divertido!». Aquí pasé de ser un señor que compara el precio de los yogures a un YorsCluni en anuncio navideño.
Nos pusimos a hablar. Y pilota. Me contó que le encanta Seguridad Social, que conoce la obra de Paco Roca y que se emocionó leyendo Arrugas. ¡Sabía que parte de la historia está inspirada en mi padre! «Joder joder joder, te lo está poniendo a güevo». Lo más difícil ya estaba hecho. Los tímidos somos así, nos da por pensar que molestar es un delito, porque debajo de esta fachada de chulito de gallinero solo hay una chuleta de cordero, y esta tipa mola, «no la puedo dejar escapar» pensé.
Así que, como la situación estaba siendo agradable, decidí jugármela. Lancé la caña con la elegancia de un jabalí cruzando un campo de cardos y le propuse ir a tomar algo, así, sin ninguna estrategia y a pecho descubierto. Para mi sorpresa, dijo que sí, y como aquí ya no había cafetería, acabamos en una vinoteca saliendo, izquierda, izquierda. Un bar de aspecto moderno, con bombillas de filamento, mesas altas de madera, olor a vino y queso bueno.
Le dije que era abstemio. Lo sabía, pero se empeñó en que probara la sidra de hielo Valverán 20 Manzanas, miel y caramelo. «¡Joder, está buenísima!», pensé, y el mosto este, ¡también! La conversación fluyó durante un buen rato. Reímos comentando el pedazo de memoria que tiene Palomar; hablamos de lo bonico que es Mon; de las vivencias de Juanjo Almendral, sobre todo cuando contó que una vez, de fiesta en Madrid, se acostó tan cocido que cuando despertó al día siguiente estaba en la cama con un señor al que no conocía de nada, juasdfghjuasdffhh... Y sobre todo de Paco. De Paco hablamos mogollón.
En un momento dado, bajando la voz como si fuera un secreto, me susurró: «Estoy muy enamorada de Paco. Es supersensible. Me encantaría conocerlo. Es más, me gustaría cenar algún día con él. Si se lo propusiera, ¿qué crees que me diría?». A lo que le contesté: «Pues no sé, Paco es un gigante, ya sabes, pero medir debe rondar el metro sesenta, más o menos». Cri cri cri... cri cri cri... «Disculpa, voy un momento al baño», me dijo.
Cri cri cri... Pensé que habría cola... cri cri cri... Como tardaba mucho, pensé que igual se estaba retocando... cri cri cri... Tras casi una hora esperando, sospeché que se había largado... cri cri cri... Como había mucha gente y para quitarle importancia, estuve un rato más, solo... cri cri cri... así, como controlando... cri cri cri...
Sí, yo también habría huido de alguien que presume de conocer al Palomar.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 140 (octubre 2026) de la revista Plaza