Decisiones por si por si

Opinión

Revista Plaza Principal

La vida a cara o cruz
Publicado: 05/10/2026 · 06:00
Actualizado: 05/10/2026 · 06:00
  • Ilustración para 'Decisiones por si por si'

Tomar decisiones. Lo hacemos todos los días. Algunas duran cinco minutos y otras, toda la vida. Las malas suelen convertirse en enseñanzas. Nadie presume de ellas cuando ocurren. Con el tiempo aparecen en las conversaciones, porque nos enseñaron límites, prioridades o personas que no supimos valorar. En cambio, las buenas no llegan acompañadas ni de aplausos ni de fuegos artificiales ni de na.

Las he tomado de las que estaba convencido y han salido extraordinariamente mal. Y también las he tomado por impulso o cansancio y han funcionado rematadamente bien. Ya he entendido que decidir no consiste en acertar, sino en cargar con las consecuencias y chimpún.

Una conversación, una llamada, un quédate o un me voy. Y también la otra parte, la incómoda. Decisiones que duelen como patada huevera: aléjate, renuncia, cierra, corta, elígete cuando llevas años eligiendo a los demás. Decisiones correctas no siempre agradables. Caminos sin instrucciones y sin saber por cuál te vas a romper menos dientes. No es adivinación, es responsabilidad. Hacer lo mejor posible con lo que tienes y asumir que el resultado nunca está bajo control.

Y decisiones que nunca se toman en serio. Papá, ¿qué hacemos contigo cuando mueras? Resulta que llevo tiempo pensando en qué hacer cuando la parca decida separar mi dimensión física de la espiritual. ¿Prefiero que me entierren?, ¿que me disequen?, ¿me donen a la ciencia?, ¿o que me metan en un horno industrial para salir convertido en coca de la buena? Ya me jode decidir sobre algo que no voy a presenciar.

Lo primero es inquietante, aunque la teoría es preciosa: descansar en paz, bajo tierra y rodeado de flores y recuerdos. La práctica es menos poética. Te meten en una caja, te entierran y ahí que te quedas, agusanao y convertido en ubicación postal para familiares que, con suerte, una vez al año irán a regar las flores de plástico. ¿Alguien tiene un mechero para la vela?

De las otras, ni caso. Y luego la de la incineración que, no nos engañemos, suena elegante, porque decir que te meten en un horno a más de 800º hasta que no queda na, es más frío que una paella mixta con caldo de piña almibará.

Unos hablan de tradición y respeto, como si llevar generaciones pudriéndose en el mismo cementerio fuera una especie de legado familiar. Los otros hablan de libertad: así podemos esparcir sus cenizas como nos dijo. Que manda narices, que yo lo que quiero es que me tiren al mar para que las estrellas me iluminen, las mantas me arropen y las sirenas yo qué sé. Como conozco a mis herederos, y son de poco fiar, igual lo mejor es organizar una ceremonia entrañable en el baño y que me tiren al retrete, ¡que yo ya me apañaré para llegar al mar!

Cuanto más lo pienso, más ridículo parece. La realidad es simple y desagradable, porque da igual. Dentro de cien años nadie sabrá dónde estás, si bajo una lápida o esparcido en un macetero. Pero ¿y si hay una revolución zombi? ¿Y si los muertos vuelven a la vida formando hordas? La respuesta científica es que no existe ninguna evidencia de que eso pueda ocurrir. Un cadáver sufre daños irreversibles en el cerebro y órganos, por lo que no se puede reactivar como un ser consciente. El único caso conocido, tras tres días de aburrimiento, resucitó y blablablá. Pero ¿y si vuelve a ocurrir? Sin duda, ahí yo quiero estar.

Así que enterradme sin dudarlo, ¡que, por si por si, no me lo quiero perder!

* Este artículo se publicó originalmente en el número 139 (septiembre 2026) de la revista Plaza

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