Kioto, el alma tradicional de Japón

Revista Plaza Principal

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La esencia más tradicional de Japón se respira entre las calles adoquinadas de Kioto, se vive en sus jardines y se descubre en sus templos. Una ciudad donde la armonía entre la naturaleza y el ser humano se palpa en cada rincón

Kioto nació, dicen, de la necesidad del emperador Kanmu de alejarse de Nara, donde el budismo había adquirido demasiado peso en el ámbito político. Para ello ordenó a sus geománticos que buscaran un lugar propicio, que fue encontrado en una gran planicie escoltada por las montañas Kitayama, Nishiyama y Higashiyama. En el centro se edificó el palacio imperial, el Daidairi, y se orientó hacia el sur, siguiendo el esquema de la ciudad imperial de Chang’an, considerada por aquel entonces perfecta y un modelo a seguir —hoy habría que preguntarse cómo es en el imaginario la urbe perfecta—.

Han pasado muchos siglos y la ciudad ha crecido enormemente, con sus correspondientes rascacielos, pero aun así no olvida su condición de pueblo grande y la necesaria relación entre el ser humano y la naturaleza. Lo compruebo al recorrer el camino del Filósofo, junto a un canal flanqueado por árboles y pequeñas casas. A veces un torii señala que hay un templo. Camino sola, acompañada únicamente por el sonido del agua y el canto de algún pájaro. Cuesta creer que estoy en una de las ciudades más visitadas de Japón.

  • La famosa pagoda de tres pisos (Sanjunoto) del templo Kiyomizudera -

La sensación cambia al caminar por las calles empedradas de Sannenzaka y Ninenzaka, mucho más animadas. A mi alrededor, pequeñas tiendas en las que se venden recuerdos, cuchillos de hojas imposibles y cerámica kiyomizu-ware, además de cafeterías y teterías en las que disfrutar de té matcha. En una de esas tiendas, un gran Totoro preside la puerta y me hago una foto —mi madre aún no entiende por qué a mi edad me siguen gustando los dibujos—.

En ese paseo, llego a una calle principal abarrotada de personas. Me vienen a la mente aquellas palabras de Blasco Ibáñez sobre su visita al país en 1923: «En Kioto apenas se veían extranjeros». Ojalá haber vivido aquella época… Casi no se puede caminar, pero poco a poco avanzo hasta el templo budista de Kiyomizudera. El edificio principal del templo —llamado hondō— destaca por su compleja arquitectura y su gigantesco tejado de corteza de ciprés japonés. Pero la terraza de madera no se queda atrás: encaramada a la ladera, fue construida mediante ensamblajes, sin utilizar clavos. Kanmu quería precisamente alejarse del poder que habían adquirido las instituciones budistas de Nara; visto desde hoy, resulta curioso que Kioto acabara convirtiéndose en una de las grandes capitales del budismo japonés.

 

  • Las transitadas calles de Ninenzaka y Sannenzaka. -

Al salir, me apoyo sobre la barandilla de la terraza de madera. A mi alrededor hay miles de personas, pero ver el horizonte, donde la naturaleza envuelve a la ciudad, me sume en paz y tranquilidad. Al ver la panorámica me pregunto qué más me aguarda en la ciudad. En la cascada de Otowa no Taki numerosas personas hacen cola para beber de uno de sus tres chorros. Muchos estudiantes esperan su turno, quizá para beber del chorro que da éxito en los estudios o del que procura una vida amorosa afortunada. Me pregunto quién beberá del que otorga longevidad. Estoy tentada de subir, pero me da tanta pereza la espera que me alejo por el camino. A pocos metros el bullicio se queda atrás, los árboles verdes tapan las vistas y parece que me adentre en un bosque. Desde este lado, el templo parece encajonado en la naturaleza.

El Kioto más tradicional

Vuelvo a la ciudad y, entre callejuelas que me devuelven al Kioto tradicional, llego a los pies de Hōkan-ji, una de las imágenes más icónicas de la ciudad. En una puerta de madera iluminada por un farolillo, una joven vestida con kimono se hace fotografías una y otra vez. Cambia la postura, sigue las instrucciones del fotógrafo y vuelve a posar con una sonrisa estudiada. Detrás de ella, la pagoda, vigilante de lo que ocurre a su alrededor e impasible ante los cambios de la ciudad. Por esas callejuelas empedradas de casas bajas paso por Yasaka-jinja, uno de los santuarios sintoístas más importantes de Kioto. Sus grandes puertas y farolillos marcan la entrada al barrio de Gion, quizá uno de los rincones que mejor conservan la imagen del Kioto tradicional, especialmente cuando la noche llega. A esas horas, las tiendas de recuerdos van cerrando, las luces de las casas empiezan a encenderse y los humos de los restaurantes a perfumar las calles. Por Hanamikoji apenas circulan coches. Pasear entre sus fachadas de madera, perfectamente conservadas, parece llevar a otro tiempo. Camino con la esperanza de encontrarme con alguna geisha o maiko, pero no es tan sencillo como parece al ver fotografías de Kioto en las redes sociales. En algunas de estas calles, fotografiarlas está prohibido, salvo que ellas den su consentimiento.

  • Las calles de Pontocho están repletas de restaurantes -

La tranquilidad de los templos

La ciudad de día y de noche parece dos mundos diferentes. También esas primeras horas de la mañana, antes de las diez. Con esa tranquilidad llego hasta Kinkaku-ji, más conocido como el pabellón Dorado. Llueve y, aun así, en el estanque Kyōko-chi se reflejan los tonos dorados del edificio. El templo eclipsa el entorno, que aparece cuando la mirada se aleja de él. Entonces, el estanque cobra su protagonismo: está salpicado de islas, piedras y pinos que forman una composición concebida para evocar el paraíso budista. El shogun Ashikaga Yoshimitsu mandó construirlo como una villa de retiro en la que disfrutar del silencio. Y realmente lo consiguió. Eso sí, ese momento se rompe cuando llegan los visitantes menos madrugadores. A su muerte, el recinto se transformó, según su voluntad, en un templo zen de la escuela Rinzai.

Como sucede con otros edificios históricos de Japón, el pabellón Dorado ha sufrido varios incendios a lo largo de los siglos. El que vemos ahora es una reconstrucción fiel, levantada en 1955 después del incendio que destruyó el edificio en 1950. Sus dos plantas superiores, recubiertas de pan de oro, cambian de brillo según incide la luz, y el fénix dorado del tejado parece que vaya a emprender el vuelo. Un templo que también sirvió de inspiración al nieto de Yoshimitsu, Ashikaga Yoshimasa, décadas después para construir el Ginkaku-ji, conocido como pabellón de Plata.

  • El pabellón Dorado de Kioto, uno de los grandes atractivos de la ciudad. -

Más allá del edificio, el camino permite disfrutar de los jardines, que conservan buena parte de su composición histórica. Entre sus elementos están la fuente Gingasen, que Yoshimitsu utilizaba para preparar su té, y el arroyo Gankasui, donde, según la tradición, se lavaba las manos. Pero Kioto tiene muchos más templos por descubrir, como Nanzen-ji, Ninna-ji o Ryōan-ji, famoso por su jardín de piedras. Aquí el paisaje cambia por completo: desaparecen el agua y la vegetación y son las rocas, la grava y el vacío los que ocupan el centro de la escena. Me siento en las escaleras y me quedo absorta mirando esas rocas que, según la posición desde la que se contemplan, parecen cambiar de número. Hay quince, pero nunca se ven todas a la vez. No puedo evitar elucubrar sobre su significado.

La importancia de madrugar

No voy a mentir. Hay mucho turismo en Kioto, por lo que madrugar es necesario si te gusta, como a mí, vivir los lugares con cierta tranquilidad. En el bosque de bambú de Arashiyama, uno de los lugares favoritos de los instagramers, madrugar es imprescindible. Llego al alba, cuando las primeras luces del día se filtran entre los altos tallos y el silencio permite pasear por un lugar que, honestamente, es menos de lo que imaginaba. De hecho, disfruto más de los alrededores y del templo Tenryū-ji, cuyo jardín, con el estanque, los árboles y las montañas del fondo, forma una composición mucho más serena que el bosque.

  • El bosque de bambú de Arashiyama -

Desde allí camino hasta el río Katsura. El paisaje vuelve a abrirse y las montañas pasan a ocupar el horizonte. El puente Togetsukyō cruza el río y, a su alrededor, Arashiyama recupera por un momento ese aspecto de pueblo entre montañas que tanto contrasta con la imagen masificada del bosque de bambú. De regreso hacia la estación me encuentro con otro bosque, aunque este no tiene árboles. El Kimono Forest reúne cientos de cilindros cubiertos con telas de diseños tradicionales japoneses que se alinean junto a las vías. Es como una galería al aire libre llena de color y una despedida inesperada antes de volver al centro de Kioto.

Otra de las grandes atracciones de Kioto es el Fushimi Inari, el santuario de los miles de torii rojos que ascienden por la montaña. Una foto muy buscada que hace imprescindible madrugar para que el camino no sea un río de gente. Eso mismo hago yo, pero especialmente para disfrutar de la subida con tranquilidad. Otros salen corriendo, en una carrera por conseguir una fotografía sin nadie alrededor. Yo subo a mi paso y pienso que, al final, la tranquilidad también es interior. Una idea que se refuerza durante la bajada, cuando las escaleras están repletas de viajeros. Ojalá siempre haya dos clases de viajeros: los que madrugan y los que no. Y, bueno, que yo siempre tenga fuerzas para madrugar.

Uji, tierra del té matcha

A poco más de media hora de Kioto, se encuentra la ciudad de Uji, famosa por su té verde, especialmente por el matcha, que aquí forma parte de la vida cotidiana. Las tiendas se suceden a ambos lados de la calle principal, con dulces, helados y todo tipo de preparaciones elaboradas con este intenso polvo verde. Probarlo es esencial, pero también lo es visitar el templo Byōdō-in, cuya silueta aparece reflejada en el estanque.

El origen del templo se remonta a 1052, cuando Fujiwara no Yorimichi, miembro de una de las familias más poderosas de la corte imperial, transformó en templo budista la villa que había pertenecido a su padre. Un año después construyó el Amida-dō, conocido actualmente como pabellón del Fénix. El edificio, situado sobre una isla, fue concebido como una representación del Paraíso Occidental de Amida, la tierra pura donde los budistas aspiraban a renacer. En su interior alberga una estatua sedente de Amida de 2,4 metros. El conjunto forma parte del Patrimonio Mundial de la Unesco y el pabellón del Fénix aparece en la moneda de diez yenes.

  • El templo Byodo-in de la ciudad de Uji -

 

Guía práctica de Kioto

Cómo llegar: Desde Tokio en tren bala Shinkansen (unas 2 h 15 min). Moneda: Yen japonés (JPY). 1 € equivale aproximadamente a 180 yenes.   Consejo: Lleva calzado cómodo —vas a caminar mucho— y madruga si quieres evitar las mayores aglomeraciones, especialmente en Fushimi Inari y Arashiyama. Web de interés: www.kyoto.travel. es,  la guía oficial de la ciudad de Kioto.

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 140 (octubre 2026) de la revista Plaza

 

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