Hay algo inquietante en el ambiente. Algo que huele mal. El odio. El odio al adversario, al que no piensa como tú, bueno, al que no piensa como a ti te gustaría que pensara, mejor dicho. No se trata de la discrepancia política, que es saludable y necesaria en una democracia más o menos madura. Tampoco de la crítica severa a quienes gobiernan, que constituye una herramienta legítima. No, no es eso. Es la aparición de un clima emocional donde el adversario deja de ser alguien con quien se discrepa para convertirse en alguien al que se desprecia, al que odias.
No hace falta ser una Miss Marple, para verlo. En las redes sociales, escuchando determinadas tertulias o leyendo algunos comentarios publicados bajo una noticia (esto último es todo un ejercicio de supervivencia intelectual). El odio anda desbocado. Hay ciudadanos que no quieren simplemente que un dirigente pierda unas elecciones. Quieren verlo derrotado, humillado y borrado de la conversación pública. En el caso de Pedro Sánchez, ese fenómeno resulta especialmente visible. Es frecuente encontrar mensajes cargados de una animadversión que va mucho más allá de la crítica política. A veces incluso aparecen deseos explícitos de desgracia personal. Calma. No se irrite. No estoy defendiendo a Peter. No soy lo que está pensando. ¿Lo ve? No insulte, no es necesario.
Es tenebroso que una parte de la sociedad parece haber empezado a considerar que quienes piensan diferente no son adversarios democráticos, sino enemigos irreconciliables. Que deben desaparecer. Y cuando alguien cruza esa frontera, la convivencia comienza a deteriorarse. Y España debería ser especialmente sensible a este problema. Ya se sabe que los conflictos colectivos no nacen de repente. Antes suele producirse un deterioro gradual de la forma en que unos ciudadanos perciben a otros.
Exagerado, me dirá usted, pero no hace tanto que muchos españoles dejaron de verse como compatriotas. Empezaron a contemplarse como integrantes de bloques incompatibles. La identidad política pasó a ocupar un espacio cada vez más importante, hasta eclipsar otros vínculos compartidos. Cuando eso sucede, la complejidad desaparece. El vecino deja de ser vecino. El compañero deja de serlo. Solo queda la etiqueta. Y de aquí al próximo Mundial para que el Ferran de turno nos una, de nuevo, queda mucho.
Me genera angustia, porque cada vez resulta más frecuente escuchar expresiones que presentan al contrario como un traidor o un peligro. Son palabras que reducen la realidad a una lucha entre buenos y malos. Y cuando el mundo se interpreta únicamente a través de esa lógica, desaparecen los matices. La polarización posee una extraña capacidad de seducción. Simplifica problemas y ofrece certezas rápidas. Si los nuestros siempre tienen razón y los otros se equivocan siempre, pensar exige menos esfuerzo. Y aunque parezcan obviedades, existe, además, un factor emocional pocas veces mencionado. Muchas personas consumen información únicamente dentro de espacios que refuerzan sus propias convicciones. Con el tiempo ese menú informativo genera la impresión de que toda persona de bien, de orden, piensa igual. Cuando aparece una opinión distinta no se percibe como una discrepancia legítima, sino como una provocación o una agresión intolerable para muchos hoy. Y el insulto no es más que el paso previo a algo peor.
El fenómeno alcanza a actores, músicos, escritores, periodistas y humoristas. Es más que habitual que determinadas figuras culturales sean juzgadas antes por sus opiniones ideológicas que por su trabajo. Algunos despiertan rechazo inmediato porque son considerados demasiado progresistas. Otros porque son vistos como excesivamente conservadores. Zurdos de mierda o fachas. Lo que sea. La consecuencia es que nos empobrecemos como sociedad. El artista deja de ser artista. Se convierte en símbolo. O en diana.
Todo esto me recuerda a la película La ola, inspirada en un experimento real realizado en un centro educativo. La historia muestra cómo un grupo de personas puede quedar atrapado por una dinámica colectiva basada en la pertenencia, la obediencia y la exclusión. Lo inquietante es comprobar con qué facilidad cualquier persona puede dejarse arrastrar por la fuerza del grupo.
Las redes sociales han quintuplicado ese riesgo. Los algoritmos premian la indignación porque genera atención, clics y permanencia. Los mensajes moderados suelen circular menos que los insultos. La prudencia tiene pocas posibilidades frente a la provocación. Poco a poco, la agresividad termina convirtiéndose en una forma habitual de comunicación.
Entonces ocurre algo preocupante. El odio empieza a independizarse de los hechos. Ya no importa demasiado lo que una persona haga o deje de hacer. Su mera existencia basta para justificar el rechazo. El adversario se transforma en un objeto sobre el que proyectar las frustraciones, los miedos y los resentimientos de uno mismo. Nuestras mierdas.
Las democracias no funcionan porque todos estén de acuerdo. Funcionan porque aceptan el desacuerdo como algo natural. Frase de sobrecito de azúcar, pero no queda mal.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 140 (octubre 2026) de la revista Plaza