En 1865, el economista inglés William Jevons observó algo que a primera vista parecía absurdo: las nuevas máquinas de vapor de James Watt consumían menos carbón por unidad de trabajo que sus predecesoras, y sin embargo el consumo total de carbón en Gran Bretaña no dejó de crecer. En contra de la intuición, reducir el uso de un recurso no bajaba su consumo total, lo multiplicaba. Cuando algo cuesta menos, se usa más. La eficiencia no resulta ser un freno sino un acelerador.
Entre 2005 y 2019 la aviación comercial redujo su consumo de combustible por pasajero/km cerca de un 39%, gracias a aviones más grandes y de menor consumo. El tráfico aéreo mundial creció más deprisa que el ahorro, gracias a tarifas menguantes y asequibles, así que el consumo y las emisiones del sector siguen subiendo firmemente desde entonces.
Cada nueva generación de chips reduce la energía necesaria para correr los modelos de IA. Podría pensarse que la factura eléctrica global se frenaría. Pero ocurre lo contrario: según la Agencia Internacional de la Energía, el consumo eléctrico de los centros de datos fue de 415 teravatios-hora en 2024, y podría duplicarse hasta cerca de 945 TVh hacia 2030. Solo el consumo ligado a la IA creció un 50% en 2025. La eficiencia no moderó el gasto total: lo disparó, porque disparó la oferta al abaratar modelos cada vez más grandes y ponerlos al alcance de cualquiera.
En realidad llamar paradoja a estas situaciones es un malentendido: no se construyen máquinas, aviones o chips más eficientes para gastar menos, sino para producir más con lo mismo. El ahorro nunca fue el objetivo: fue el instrumento, y cumplió su función a la perfección.
Nuevas paradojas aparecen por todas partes al aplicar el viejo y sabio proverbio de que «menos es más». Por ejemplo, en cuestiones clave de política económica. ¿Aumentar la tasa de capital tecnológico y la productividad, aumenta o destruye empleo? ¿Abaratar un producto incrementa las ventas hasta llegar a aumentar los beneficios? Subir el salario mínimo, ¿aumenta o reduce el empleo y el PIB? Las respuestas son sí y claras a poco que se contrasten.
El SMI ha ido subiendo estos últimos años, año tras año. Un enfoque miope alertaría de que salarios más altos llevan a menos beneficios y más desempleo. Sin embargo España está liderando el crecimiento europeo desde 2021; el segundo trimestre de 2026 cerró con una tasa de paro del 9,87%, la más baja desde 2008, con 22,78 millones de personas ocupadas, máximo histórico de la serie, mientras la productividad sigue mejorando. Producir más con menos trabajadores no está vaciando el mercado de trabajo: lo está llenando. Y también las arcas de la seguridad social: los ingresos por cotizaciones están creciendo en 2026 a un 8% interanual, y ya son un 53% mayores respecto al máximo anterior a 2020. Y la previsión a medio plazo sigue optimista.
El mecanismo es sencillo: con una inflación baja, un aumento de salarios produce directamente un aumento de consumo, un aumento de las ventas y una mejora de los beneficios y las cuentas públicas. Con el espíritu de Keynes y Kalecki revoloteando, si quieres que los capitalistas y los empresarios ganen más, la mejor opción es subir el poder adquisitivo en rentas bajas y medias. Y es que en las paradojas siempre se esconde la verdad.
La clave es que cada vez que ahorramos dinero, energía o tiempo gracias a alguna mejora, la cuestión importante no es cuánto ahorramos, sino qué hacemos con lo que ahora nos sobra. Casi siempre la respuesta es: más. Consumir más, invertir más, producir más, trabajar más… vivir más y mejor, quizás. El ahorro tiene un objetivo, se desplaza hacia un propósito mayor.
Jevons no describió un fallo del sistema: mostró cómo funciona la economía y los deseos humanos cuando se les abre la puerta.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 140 (octubre 2026) de la revista Plaza