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La vida a Cara o Cruz

La primera vez

Publicado: 25/06/2026 · 06:00
Actualizado: 25/06/2026 · 06:00
  • Ilustración 'La primera vez'

Todo lo que he hecho por primera vez siempre ha salido mal. Así, sin épica ni lirismo. Lo que en su día fue un desastre con olor a miedo ahora lo recuerdo con nostalgia y filtro sepia. La primera vez que me enamoré no me convertí en protagonista de nada. No sonó música de fondo ni cayó una lluvia bonita mientras ella corría hacia mí. Si acaso, me convertí en un imbécil. Esperé llamadas al lado del teléfono, como un perro esperando al dueño que lo pateó, repasando si aquel  «ya hablamos» significaba cita o entierro. Pero allí que iba, sonriendo como un memo, convencido de haber descubierto el amor, cuando en realidad solo descubrí que se puede sufrir gratis. La primera vez que te enamoras haces el ridículo, pero con convicción.

La primera vez que me enfrenté a mis padres tampoco tuvo nada de grandeza. Recuerdo la cocina con fluorescente triste, mi madre llorando de rabia y mi padre fumando en silencio como secundario de una tragedia barata. Todo empezó porque llegué tarde, porque no fui a misa, por las notas o por la suma de veinte chorradas que revientan la convivencia. Yo gritando «¡quiero mi vida!», mientras no sabes freír un huevo, y ellos con su «mientras vivas aquí», cuando hace años que no saben ni quién soy. Das un portazo, te encierras inflado de orgullo... y al rato alguien dice que las croquetas se te van a enfriar. Emociones con bechamel. Épica doméstica.

La primera vez que besas debería enseñarse como un documental de accidentes. Dos críos acercándose sin frenos. Choque de narices, dientes sonando, una mano en la oreja y la otra sin saber si agarrar cintura, teta o extintor. ¡Esto en las pelis parece algo más elegante! ¿Cuánto dura esta escena? Recuerdo salir de allí convencido de haber triunfado, con el labio dormido y aliento a Fanta de limón. ¡Menuda drogalina lo de la autoestima!

Y la primera vez que follé... maremegua. Pensaba rodar escenas salvajes para una película y aquello pareció un ensayo general dirigido por un borracho. Nadie me avisó de los calambres, de los nervios, del condón puesto al revés, del segundo intento, de la cama haciendo más ruido que nosotros y de esa pausa absurda para preguntar: «¿todo bien?» con voz de funcionario. Recuerdo mirar al techo, sudando como albañil en agosto, y pensar ¿esto era la leyenda? Al poco entendí que el sexo no tiene himno ni coreografía. Tiene confianza, ganas y sentido del humor.

La primera vez que trabajas descubres que madrugar no ennoblece a nadie. La primera vez que te despiden te pones serio, para que te humillen con respeto. La primera vez que acompañas a alguien al hospital aprendes que los pasillos huelen a lejía y a malas noticias. La primera vez que vas de entierro, que sostienes un hijo, que firmas una hipoteca... nunca hay instrucciones.

Y están las pequeñas primeras veces que nadie celebra: la primera noche durmiendo solo después de una ruptura, la primera vez que llamas señor a alguien más joven que tú, la primera resaca en la que ya no te recuperas en todo el día, la primera vez que dices «yo a tu edad...» ¡hostia!... Con los años descubres que la vida no cambia con fanfarrias. Cambia con vuvuzela mientras sumas en ridículo.

Desconfío de quien cuenta sus comienzos como si todo hubiera sido perfecto. Empezamos tropezando, mintiendo un poco, sudando bastante y fingiendo seguridad, mientras se nos veía el miedo asomar por la bragueta.

Como ya dijo Confucio, supongo, lo único malo de equivocarse al empezar es creerse que ya no queda nada por aprender.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 137 (junio 2026) de la revista Plaza

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