Opinión

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El dedo en el ojo

Lo de Alsina y Francino

¿Política o periodismo? La polarización ciega los sentidos, si es que los tuviera el ofendido

Publicado: 22/06/2026 · 06:00
Actualizado: 22/06/2026 · 06:00

Los últimos días de mayo fueron, digamos que, convulsos en el panorama radiofónico patrio. Àngels Barceló no era renovada por la SER y Carlos Alsina protagonizaba, en Onda Cero, una suerte de paso atrás, al pasar de llevar la batuta del programa desde las seis de la mañana a hacerlo a partir de las diez de la mañana, es decir, cuando la actualidad política y económica se desvanece en favor de lo que también es la radio, el entretenimiento. Dos bombas de calado. En ese sentido, la despedida por adelantado del periodista resultó francamente significativa y comentada. No tanto para quienes vivimos por y de la radio, sino para el oyente. Tuvo mucha repercusión, al menos en mi círculo, y lo incrementó todavía más al salir de un altavoz de Madrid, donde todo se magnifica, para bien y para mal.

A lo que íbamos, Alsina lamentó que el debate radiofónico actual —yo diría que el mediático, en general— se centrara solo en la posición ideológica de los presentadores y no en la calidad de los contenidos o en la creatividad de los formatos. «Todo se reduce a cómo respiramos políticamente y qué partido le gusta o deja de gustar a cada comunicador. Qué coñazo», espetó el compañero.

Su proclama me llevó a varios lugares, bastantes de ellos comunes, muy comunes, claro. El primero, el del asentimiento, el de compartir, sin peros ni aditivos, su posición. Y me fui, como a los templos de la mierda, a las redes sociales. Tanto en WhatsApp como en otras plataformas, gente de distinto pelaje, anónimos, referentes, informados, formados, desinformados, deformados, amigos, conocidos, familiares, lejanos o cercanos, a veces, todo a la vez en todas partes, muestran sus virtudes, sus valores, su humanidad —estoy siendo irónico—, sentando cátedra, burlándose de despidos, celebrando la desgracia, clamando guillotina... Y todo por cómo se supone que respira el otro políticamente y qué, supuestamente, partido le gusta o le deja de gustar al profesional de turno que tiene un micro o una cámara delante. No es un coñazo, Alsina. Es una condena de prisión que estamos cumpliendo todos. Un coñazo real, cual espejo de la realidad que vivimos, síntoma de una sociedad aborregada que traga reels de mierdas sin parar, en la red social pertinente.

El viaje introspectivo me dirigió a otros lugares. Al de la política, del que ya se ha escrito, mucho, en este rincón de escribir, y a veces, de pensar. Pero que no dejará de aparecer. Pues casi nos hemos reducido a eso. O los que estamos en un privilegiado lugar creemos que solo se reduce a eso. Que también puede ser. Ya espeté en su día que la clase política no es un reflejo real de la sociedad, sino que es el fiel reflejo de sí misma, y los medios, en general, compramos sus cosas. Luego ya, cada uno con su pensamiento crítico digiere lo que nos ofrecen. Te podrá gustar más o menos. Podrás ser progresista, conservador o liberal, podrás ser, a veces una cosa y en ocasiones, otra. Podrás defender la línea de la empresa, porque no olvidemos que hablamos de empresas, me refiero a las privadas, pero son putos profesionales. Y me refiero a los medios que llamamos de toda la vida. En tele, radio, papel y diarios digitales que son de reconocido prestigio. Y hay más gente de nivel pro que de mala calaña. Como todo en la vida.

Como en los oyentes, en los espectadores y en los lectores. También hay de todo. Pero, antes, no los escuchábamos como debíamos, les prestábamos una atención dependiente, condicionada a cartas, a llamadas..., pero ¿saben qué? Servidor, que goza de cierta edad, ha vivido aquellos tiempos dorados, y no recuerdo, de verdad, nadie ofendidito, no recuerdo insultos ni amenazas, salvo sonadas historias de personas que no gozaban de buena salud mental, y sí, al menos en la radio, muchos regalos, cariño y admiración. Lo que ha cambiado es evidente.

También me llevó a los mismos lugares el gran Carles Francino, al que he tenido la suerte de conocer, y que, en medio del maremoto Barceló, dijo a sus oyentes con su brutal honestidad y transparencia habitual, que aplacar los rumores de un cambio en la línea editorial de la cadena era «misión imposible». Al tiempo que demandaba un pelín más de prudencia a la hora de sentenciar que la SER se ha derechizado o se va a derechizar. «¿Aquí estamos hablando de periodismo o de política?», interpeló a la audiencia, antes de proseguir con sus argumentos apelando a los valores de la empresa para la que trabaja. Porque vuelvo a lo de la empresa. Es privada, con unos intereses. Sí. Pero no es incompatible el interés económico con la coherencia periodística, con la profesionalidad. A veces, choca con el poder y este se ha cobrado piezas, sí, pero, en general, no todo es cómo los de fuera ven las cosas. Luego está cómo sea cada uno. A mí, cuando me incorporé a la SER, el maestro Bernardo Guzmán me dijo: «El micro ese amarillo no es tuyo, es de la empresa. Es de la SER. ¿Queda claro?». Lo mismo pasa en la COPE y en Onda Cero. Donde solo escucho a profesionales, no a gentuza. Otro debate es el de los medios públicos y cómo los gobiernos colonizan en favor de sus intereses. Lo vemos en las CCAA y en el Gobierno central. Es otro debate.

Habrá quien piense que me dejo llevar por el corporativismo, que me pliego a esos medios tradicionales porque formo parte de uno de ellos.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 137 (junio 2026) de la revista Plaza

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