Si hubiera que posicionarse, estoy en contra de utilizar la inteligencia artificial para solventar asuntos que antes resolvíamos sin demasiada complicación. Al margen de posibles tareas profesionales relacionadas con la gestión de datos, documentos o correos electrónicos, le pedimos que nos escriba un mensaje de cumpleaños para felicitar a un amigo, listas de la compra, sugerencias para cocinar con lo poco que queda en la nevera y consejos de belleza o de moda. Es tan fácil conseguir respuestas que se están naturalizando también las consultas médicas de todo tipo, no solo las de nutrición o salud mental. Confiemos en que estas IA nunca puedan firmar recetas.
No es fácil visualizar que detrás de cada respuesta, de cada imagen y de cada propuesta de cómo seguir la conversación aparentemente inocente hay montañas de servidores que necesitan una enorme cantidad de electricidad para funcionar y agua para refrigerarse. La engañosa imagen de la nube ha calado hondo y oculta la de los centros de datos llenos de enchufes, cables y luces. Esa nube tiene muy poco de cielo y bastante de polígono industrial. Como «infraestructuras indispensables en una economía moderna» y ante el fuerte crecimiento que está experimentando el sector en España, el Gobierno ha aprobado una normativa para regular los grandes centros de datos a los que exigirá máxima eficiencia hídrica y energética con su consumo eléctrico vinculado a nueva generación renovable. El reglamento, todavía en fase de revisión de alegaciones e informes técnicos, no gusta a los inversores que, poco originales, opinan que afectará a la competitividad y la viabilidad de los proyectos, por otra parte necesarios para usos de la IA fuera de discusión.
Ayuda en el diagnóstico de enfermedades, en el análisis de grandes cantidades de información clínica y en la producción de fármacos. En agricultura sirve para detectar plagas, calcular las necesidades de riego o reducir el uso de pesticidas y fertilizantes químicos. Puede mejorar la predicción de fenómenos meteorológicos extremos y anticipar desastres naturales. En la lucha contra el cambio climático, permite la simulación de escenarios futuros a escala regional y el diseño de infraestructuras resilientes al aumento del nivel del mar o las inundaciones de forma precisa. También es muy eficiente en el monitoreo de deforestación y pérdida de biodiversidad. Sin embargo, las posibles bondades de la IA no deben hacernos olvidar la decisiva cuestión de si el modelo actual de crecimiento es compatible con los límites ecológicos del planeta. En terrenos cotidianos, no es lo mismo pedirle a un sistema que contribuya a salvar vidas que preguntarle qué corte de pelo me sienta mejor.
Inhibirse de utilizar la IA para asuntos banales cuesta, mucho. Se te cruzan pensamientos para reformar la cocina y ahí está la posibilidad de meter la foto en el amigo GPT para ver una distribución diferente de los muebles y elegir azulejos.
Pero reprimo el impulso porque no parece sensato utilizar una tecnología con semejante coste energético y ambiental para decidir si la encimera queda mejor en verde o en gris perla. Si acudo a la empresa de reformas, seguramente usarán la inteligencia artificial para lo mismo, pero nos habremos evitado mi gasto inútil.
Que un aparato pueda hacer algo, no significa que tenga sentido que lo haga. Quiero pensar que nadie enciende todas las luces de la casa aunque pueda. La eficiencia también consiste en saber cuándo no usar los recursos. Si la inteligencia artificial sirve para resolver problemas complejos optimizando recursos y analizando datos masivos con proyecciones basadas en las matemáticas y la estadística avanzada, no la malgastemos en chorradas. No todo lo que puede hacer merece que se lo pidamos.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 140 (octubre 2026) de la revista Plaza