Nantes, una aventura a lo Julio Verne

Revista Plaza Principal

Viajamos a

La historia de la ciudad se despliega a través de una línea verde que serpentea entre calles, pasajes cubiertos, criaturas mecánicas y fortalezas detenidas en el tiempo, como el hilo conductor de una novela de Julio Verne

  • Les Machines de l’Île

Phileas Fogg necesitó ochenta días para dar la vuelta al mundo. Siguió con precisión el itinerario que había trazado, antes de embarcarse en una aventura que ha alimentado la imaginación de generaciones. La mía, sin ir más lejos. También el profesor Lidenbrock y su sobrino Axel avanzaban siguiendo las pistas que los conducían al centro de la Tierra. Quizá por eso no me sorprende que Nantes, la ciudad que vio nacer a Julio Verne, tenga también su propia línea. Es verde, serpentea por calles, plazas y antiguos astilleros y, si no quieres perderte nada, basta con seguirla. Hay quienes recorren sus veinte kilómetros para visitar más de un centenar de lugares de interés. Yo soy más bien de abandonarla de vez en cuando. Al fin y al cabo, para mí, viajar nunca ha consistido en llegar, sino en disfrutar del camino.

La línea verde no tiene principio ni final; puedes incorporarte a ella en cualquier punto. Yo lo hago donde comenzó la historia de Nantes: el castillo de los Duques de Bretaña. Cruzo la pasarela para adentrarme en la fortaleza y pisar el escenario donde Ana de Bretaña, la última duquesa soberana, desempeñó un papel decisivo antes de la integración de Bretaña en el Reino de Francia. Hoy, sus estancias ya no albergan salones nobiliarios, sino el Museo de Historia de Nantes. A lo largo de sus 32 salas se recorre la evolución de la ciudad, desde su condición de capital del ducado hasta convertirse en uno de los puertos más importantes de Francia. El itinerario también aborda el comercio triangular y la trata transatlántica de personas esclavizadas, una actividad que convirtió a Nantes en el principal puerto negrero francés durante el siglo XVIII. Documentos originales, maquetas, objetos y testimonios permiten comprender la dimensión humana y el enorme impacto económico de aquel comercio.

  • El castillo de los Duques de Bretaña alberga el Museo de Historia de Nantes. -

Al salir, es fácil imaginar las embarcaciones remontando el Loira hasta el puerto con sus bodegas cargadas de sal, vino, azúcar, café, cacao, vainilla y especias. Aunque entre 1926 y 1946 los brazos del río fueron cubiertos, y la isla Feydeau dejó de ser una isla, sus elegantes palacetes de piedra, con balcones de hierro forjado y fachadas ligeramente inclinadas por el terreno ganado al río, siguen evocando la riqueza de Nantes gracias al comercio marítimo.

Entre el antiguo puerto y el barrio de Graslin, concebido a finales del siglo XVIII como el nuevo corazón burgués de la ciudad, se alza el pasaje Pommeraye. Inaugurado en 1843 por iniciativa del comerciante Louis Pommeraye, nació con la ambición de crear una galería comercial de lujo inspirada en las de París y, al mismo tiempo, salvar el desnivel entre la Rue de la Fosse y la Rue Santeuil. Al cruzar sus puertas entiendo por qué está considerado uno de los pasajes cubiertos más bellos de Europa. La gran bóveda de cristal inunda de luz el interior, las galerías y los techos decorados invitan a hacer un alto en el paseo, mientras la espectacular escalinata de mármol convierte los nueve metros de desnivel entre ambas calles en una auténtica obra de arte. A ambos lados se suceden las tiendas; sobre ellas, las viviendas que, casi dos siglos después, siguen habitadas. Es hermoso comprobar cómo el pasaje mantiene viva su esencia: por ella no solo pasean viajeros, sino también los propios nantenses.

  • El pasaje Pommeraye conecta dos zonas de la ciudad. -

Los sabores que trajo el puerto

Ese espíritu comercial sigue impregnando el centro histórico. Se percibe al levantar la vista y contemplar los edificios que flanquean sus calles, como el que alberga La Maison Debotté, una pastelería instalada en un elegante inmueble de piedra con balcones de hierro forjado. El interior evoca la elegancia de las antiguas confiterías francesas: la madera tallada, las vitrinas acristaladas y la iluminación tenue crean la sensación de haber retrocedido en el tiempo. En los escaparates destacan especialidades locales como el gâteau nantais, un bizcocho de almendra empapado en ron y cubierto por un fino glaseado. Sus ingredientes también narran la historia de la ciudad: el ron, el azúcar y la vainilla llegaban a Nantes a bordo de los barcos que remontaban el Loira procedentes de las Antillas. Probarlo es casi obligatorio.

En ese paseo no dejo de mirar a un lado y a otro. Una composición de mosaicos azules y dorados capta mi atención. Es la antigua confitería Les Rigolettes Nantaises, cuya fachada, diseñada en 1930 por Isidore Odorico, es una de las joyas del art déco de la ciudad. En su interior se siguen vendiendo las célebres rigolettes, unos caramelos de fina corteza de azúcar con un corazón de pulpa de fruta creados en 1902 por Charles Bohu. Pero no es la única sorpresa. A cada paso aparece un edificio que invita a detenerse: el Temple du Goût, cuya exuberante decoración convierte su fachada en un auténtico escaparate de la arquitectura comercial de otra época, o La Cigale, una de las grandes joyas de la Belle Époque. Su interior deslumbra con cerámicas policromadas, espejos, maderas talladas y lámparas modernistas. No cuesta imaginar a artistas, comerciantes y viajeros compartiendo mesa después de asistir a una función en el cercano teatro Graslin, inaugurado en 1788.

  • Calles del centro de la ciudad de Nantes. -

Caminando me pregunto si fue en estas calles, entre comerciantes llegados de todos los rincones del planeta, barcos cargados de mercancías exóticas y relatos de viajes, donde Verne comenzó a alimentar la imaginación que nos ha hecho viajar hasta el centro de la Tierra, bucear por los océanos o dar la vuelta al mundo. Absorta en esos pensamientos, llego hasta la iglesia de Sainte-Croix. Aquí, el mismo día de su nacimiento, el 8 de febrero de 1828, fue bautizado.

A pocos pasos de aquí se levanta la iglesia de Saint-Nicolas. La que hoy vemos es neogótica, pero sustituye al antiguo templo medieval, que amenazaba ruina desde hacía décadas. De hecho, ese posible derrumbe sirvió como idea para Un cura en 1839, la primera novela que empezó a escribir Julio Verne y que jamás terminó.

Retomo la línea verde. Al poco llego a la catedral de San Pedro y San Pablo, cuya construcción se prolongó durante más de cuatro siglos. Sus bóvedas parecen elevarse hasta perderse de vista. En su interior descansa el magnífico sepulcro de Francisco II de Bretaña y Margarita de Foix, considerado una de las grandes obras maestras del Renacimiento francés.

Al salir, dejo atrás el cemento para entrar en el jardín de las Plantas. No imaginaba que este jardín albergara más de diez mil especies vegetales conviviendo con esculturas, estanques e instalaciones artísticas. Una vez más, el presente se entrelaza con el pasado. Durante el paseo me llaman la atención unas elegantes fuentes de hierro fundido que parecen pequeñas esculturas. Las había visto en París y en otras ciudades europeas, pero no sabía que las célebres fuentes Wallace fueron diseñadas por Charles-Auguste Lebourg, un escultor nacido en Nantes. Bebo de una de ellas.

  • El jardín de las Plantas -

Pero la línea verde no solo une monumentos. Cada verano se convierte también en un museo al aire libre gracias a Le Voyage à Nantes. Instalaciones efímeras, esculturas y obras contemporáneas aparecen en plazas, fachadas y junto al río, dialogando con el patrimonio histórico e invitando al viajero a mirar la ciudad con otros ojos.

La fábrica de los sueños

El paseo continúa hasta devolverme al Loira. Hoy sus aguas ya no transportan mercancías, sino paseantes y los Navibus que conectan las dos orillas de la ciudad. En este lado, durante décadas, el estruendo de los talleres y los astilleros marcó el ritmo de la zona. Después llegó el silencio. Las grúas dejaron de moverse, las fábricas apagaron sus chimeneas y la crisis industrial de finales del siglo XX dejó amplios espacios abandonados en la Île de Nantes. La ciudad tuvo que reinventarse. De esa transformación nacieron proyectos como Le Voyage à Nantes y Les Machines de l’Île.

Lo primero que escucho es un rumor metálico. Después aparecen unas enormes patas de madera y acero. Finalmente veo un elefante de doce metros de altura que avanza lentamente entre la gente. Me acerco para observar cómo mueve la trompa, bate las orejas y, cuando menos me lo espero, lanza un chorro de agua que casi acaba empapándome. Me río yo sola.

El Gran Elefante es la creación más emblemática de Les Machines de l’Île, un proyecto que ha transformado las antiguas naves de los astilleros en un inmenso laboratorio donde conviven la ingeniería, el teatro, la escultura y la imaginación de Julio Verne con el universo mecánico de Leonardo da Vinci.

  • El Gran Elefante salió del taller de La Machine en 2007. -

Las mismas naves donde antes se construían barcos albergan hoy criaturas mecánicas. Las garzas despliegan lentamente sus alas, una araña avanza entre el público y una enorme oruga parece despertar gracias al trabajo de decenas de engranajes. Todos miramos con asombro, sin importar la edad.

Tengo la suerte de accionar una de aquellas máquinas y comprobar cómo cada engranaje convierte la fantasía en movimiento. En ese instante siento que soy uno de los personajes de Julio Verne. Quizá por eso salgo de aquí sin mirar la línea verde. Como en las novelas de  Verne, el verdadero viaje nunca estuvo marcado por un itinerario, sino por la capacidad de dejarse sorprender. Y pocas ciudades invitan tanto a hacerlo como Nantes.

  • La Place Royale, con la fuente del Loira, que refleja el auge económico y urbano del siglo XIX. -

Qué más hacer en Nantes 

El mercado de Talensac

Los mercados siempre me han parecido unos de los mejores lugares para conocer una ciudad. El de Talensac no es una excepción. Bajo su cubierta conviven queseros, ostricultores, panaderos, pescaderos y productores llegados de toda la región. Entre los puestos se suceden mantequillas saladas, quesos, mariscos del Atlántico o frutas y verduras de temporada, reflejo de una gastronomía estrechamente ligada al mar y al campo bretón. A medida que avanza la mañana, el ambiente se vuelve más animado. Es habitual ver a los nantenses reunidos alrededor de una copa de vino y una docena de ostras, como si el mercado fuera también un lugar de encuentro.

Guía práctica de Nantes

Cómo llegar: Ryanair opera vuelos directos entre Valencia y Nantes.  Consejo: Si viajas entre julio y agosto, encontrarás instalaciones artísticas efímeras repartidas por toda la ciudad dentro del festival Le Voyage à Nantes.

alojamiento: Oceania Hôtel de France Nantes. Web de interés: www.levoyageanantes.fr/es/ 

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 139 (septiembre 2026) de la revista Plaza

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