Conversación con mi médico:
—MacDiego, tienes algunas enfermedades preocupantes: la dichosa miastenia, el ritmo cardiaco un poco acelerado, toques hepáticos, los triglicéridos están muy altos, el azúcar disparado... y mira, de colesterol estás bien. No puedo darte más medicación; estás a tope.
— ¿Eso quiere decir que me voy a morir?
—No hombre, no hay que ser tan exagerado, pero estás a tiempo si tomas medidas. Mejorarás mucho comiendo sano, con menos grasas. Básicamente quítate todo lo blanco: sal, azúcar, harinas, arroz, lácteos enteros, el del jamón... y haz algo de ejercicio. Ya te digo, anda rápido media hora al día, por ejemplo, y ante la duda de qué comer, toma más pescado. Es muy fácil.
Entro en casa. Voy directo a la nevera. La abro y recibo un golpe de aire frío y la visión de un par de kiwis que me recuerdan a mi ex. Dentro está la respuesta a todo.
No suelo tenerla muy llena. Es más bien un mapa sentimental: cosas de mi madre, de mi hija, del pueblo, de antojos. Echo un vistazo a ver qué encuentro: los aguacates me los como ya o me traicionarán; los plátanos, con más pasado que futuro; unos dátiles que a saber de dónde han salido; esos kiwis que chorrean madurez; el trozo de empanada gallega que trajo mi hija, que aún huele a casa de su otra abuela, y las croquetas de mi madre en un túper que reconozco al instante.
También está el lado oscuro: beicon, embutidos y lomo de tres colores, todo porno fino del colmado de Masarrochos, mi pueblo. Quesos que me hacen cerrar los ojos al primer bocado y otros que directamente huelen a pecado. Un morlongo de sobrasada mallorquina que me desafía provocando un «a que no tienes huevos», y claro que los tengo, un par de docenas, de hecho. Uvas, higos secos, yogur griego y de sabores, chocolate escondido.
Y arqueología: latas empezadas pero bien tapadas, aceitunas de cuatro tipos, pepinillos borrachos de vinagre, salsas que no recuerdo haber comprado, alcoholinas, refrescolinas, chuches… un par de pepinos cansados que han visto días mejores y un calabacín que ya parece haber sufrido alguna derrota.
Decido cocinar fuerte y empiezo por lo caliente, que el hambre aprieta. Lanzo las croquetas a una sartén sobrada de aceite. Que suenen, que salpiquen, que esto no es un spa, ¡esto es la guerra! Bato los huevos como si me debieran dinero. Les meto sobrasada y queso del fuerte, del que huele, y a por la tortilla sin miedo, o el revuelto, qué más da, que no es para posar en Insta, que lo que tengo es hambre, ¡joder!
Corto embutido a lo bruto, y tacos de queso sin medida. Les meto tomate, pepino, albahaca y aliño con sal y lluvia de aceite dorado, ¡como si fuera rico! La empanada de pulpo, cebolla y pimientos no es opcional, es por prescripción médica. Trinco un buen trozo con la mano y a mordiscos, de pie, mientras cocino. Emplato sin orden la tortilla, las croquetas, el embutido y la ensalada improvisada. Añado un puñado de uvas como si supiera lo que hago. Que parezca que ha pasado algo.
Bebo cualquier lata. Fría. Da igual cuál, que todas llevan gas veneno. Y al yogur le meto chocolate del bueno, o del malo, pero sin leches, no me jodas. Directo al alma, que siempre hay sitio para eso.
Me siento. Miro el desastre que he montado y, mientras como, me doy cuenta de que no estaba tan solo como pensaba: mi ex y su madre, la mía, nuestra hija, el pueblo, y yo tomando mis peores decisiones:
«Ups... creo que me voy a morir», pienso.