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Divinas palabras

Odiar es de humanos

El odio, como la prostitución y la droga, es un gran negocio. El Gobierno de progreso rentabiliza esta industria del rencor. Ha enfrentado a los compatriotas para debilitarlos. Pero, además, usa el delito de odio para ahogar la libertad de expresión

Publicado: 05/06/2026 · 06:00
Actualizado: 05/06/2026 · 06:00
  • Archivo - Redes sociales.

Caín mató a Abel porque lo odiaba. Odiamos y amamos desde que el mundo es mundo. El hombre nace, crece, ama, odia, a veces se reproduce y muere. Cristo murió por el odio de los judíos poderosos de su tiempo. Él, en cambio, hizo del amor la base de su religión. «Que os améis los unos a los otros como yo os he amado», dijo a sus discípulos. San Francisco de Asís siguió su enseñanza, pero el papa Alejandro VI no. Los dos decían ser cristianos. Hay de todo en la viña del Señor. Lo normal es que pongamos una vela a Dios y otra al diablo, que de lunes a viernes odiemos a jefes y compañeros, y nos reservemos la práctica del amor —amol según Bad Bunny— para los findes.

Trato de odiar lo justo y necesario porque aprecio el valor del tiempo. Elijo bien mis objetivos, pocos pero poderosos. No se trata de escribir una larga lista como cuando vas al Lidl a hacer la compra de la semana. Odiar con eficacia exige disciplina, paciencia y humildad. Alguna vez hemos odiado a quien no lo merecía, y le pedimos perdón. Para proteger mi salud, equilibro mis filias y fobias. En el justo medio está la virtud, aconseja Aristóteles. Mitad de personas amadas; mitad de personas, ideas y objetos odiados.

Si me preguntáis a quién y qué odio, lo tengo claro. Odio al mandamás socialista que se graba subiendo y bajando montes en bicicleta, protegido por un millar de policías. Detesto los tatuajes, a los camioneros de la autovía Valencia-Albacete, el lenguaje inclusivo, los menús que no incluyen la bebida, al matrimonio madrileño de los Ceaucescu, la alfombra roja de los Goya, las uñas de porcelana, las oligarquías catalana y vasca, los inspectores de Hacienda, los árbitros de fútbol que adoptan pose de figurines en el campo, las novelistas que narran el trauma de su primer y único embarazo, y el polvo acumulado en casa. Quizá esta lista de lo despreciable sea demasiado larga, pero creo que os hacéis una idea de mi perfil de hater.

Los odiadores estamos en el punto de mira del Gobierno, preocupado por hacer de nosotros buenos ciudadanos, lo que nos importa una mierda

Ahora los odiadores estamos en el punto de mira del Gobierno de progreso, siempre preocupado por hacer de nosotros buenos ciudadanos, cosa que nos importa una mierda. Pero ahí siguen, dando la murga. En marzo, el primer ministro —el del muro— presentó la aplicación Hodio (Huella del Odio y la Polarización). Su objetivo aparente es perseguir el odio en las redes sociales. El Ministerio de Igualdad, responsable de facilitar la excarcelación de violadores y pederastas, publicará un «ranking del odio» cada seis meses. Confiemos en que sus datos sean un poco menos falsos que los del CIS. Aviso que estoy en X (@FJCarrasco68). Si me veis en la lista de enemigos del pueblo, no os extrañéis. Os lo dije. Soy odiador porque hago chistes de mal gusto y digo frases soeces, como Torrente. Esto ha de acabarse. Un ministro progresista puede robar del erario público sin riesgo de sanción penal, pero cuidadito con pronunciar la palabra ‘charo’ en una despedida de solteros.

Mentes retorcidas sostienen que Hodio es, en realidad, un plan de censura en las redes sociales. Con el pretexto de combatir la abundante basura en las plataformas digitales, advierten de que el Gobierno de progreso vigilará el único espacio que aún no controla. Los medios tradicionales, en su gran mayoría, comen de su mano. Unos días reciben el palo (la amenaza de la Fiscalía y Hacienda) y otros la zanahoria (las ayudas públicas).

Puede que en esto también se salgan con la suya, convirtiendo las redes en un espacio ‘seguro’, donde nos sea revelada la verdad del régimen del 11-M, bajo la protección del Amado Amo. La más mínima crítica será herejía, y como tal perseguida y castigada. Pero no os dejéis engañar, queridos lectores, el delito de odio no pretende defender a las minorías, sino lanzar un aviso a navegantes. El que se mueva seguirá sin salir en la foto. Dicho de otra manera: ninguna oveja puede alejarse del rebaño.

 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 136 (mayo 2026) de la revista Plaza

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