Tengo nuevo libro: La vida a cara o cruz. Una recopilación de artículos, y alguna cosa más, escritos para esta revista. Notas arrugadas, manchadas de tinta, junto a migas en el fondo mochilero de mi vida.
Ya el título suena a última copa, a moneda pringosa lanzada al aire en un bar donde alguien decide si pide otra ronda o huye sin pagar. ¿Algo puede salir mal?
Como conocedor del producto me agarro a un clavo ardiendo, y absurdo: me presento como el hijo de Emilio, el protagonista de Arrugas, la exitosa novela gráfica de Paco Roca. Un dato tan irrelevante como el nombre del cuñado del veterinario de 13 Rue del Percebe, aunque muy bueno para soltarlo en una conversación y parecer sensible mientras zampo una ración de crestas fritas de pollo. Porque el libro tiene esa mezcla de melancolía y huevo podrido de quien entiende que crecer consiste en acumular derrotas, resacas y picotazos sentimentales.
No busco gustar. No son artículos escritos para que alguien subraye frases para el Insta mientras posa junto a la ventana. Son otra cosa. Son llamadas de un colega berreando polladas de madrugada que necesita contar. La primera vez lo escuchas; a la segunda, lo revientas.
Revisando las pruebas de imprenta me acuerdo de mi primer beso. No porque el libro vaya de eso, sino porque ambos momentos comparten energía, entusiasmo, desconcierto y una alta posibilidad de caer en el ridículo.
Los hay que lo recuerdan como parte del final en Cinema Paradiso. Notas románticas, musette parisiàn. Una anciana bendice la escena.
Mi realidad fue más cruda.
Dos cochones cachondos chocando los morros sin coordinación, resoplando con furia, empujando el hocico con el fin de meterse dentro del otro, que, nerviosos y sin ceder un centímetro, gruñen mostrando babas y dientes amarillentos. La respiración rompiendo el silencio. Dos abuelas incomodadas observan desde lejos.
Recuerdo una experiencia torpe. Tantas ganas de hacerlo bien y parecía un desatascador. No sabía dónde poner las manos, ni cuánto duraba aquello, ni dónde apoyar la bragueta, ni por dónde respirar, ni siquiera cuándo hacerlo. ¿Quién decidió que eso de comerse el morro era romántico y no un accidente de tráfico? ¡Joder con la energía!
Las cosas importantes siempre empiezan regular. El amor, la literatura, las mejores noches y las peores decisiones. Todo nace torcido. Nada entra limpio. Lo memorable tontea junto a lo prohibido, oliendo a sudor, a tabaco, a colonia y a malas decisiones. Nadie nada bien al principio, y el que diga lo contrario es un gilipollas.
Se recuerda el temblor, la dureza y las ganas de explotar. Esa sensación de que algo importantísimo está pasando mientras objetivamente solo estás intercambiando músculo y saliva con otro ser igual de confundido que tú. Mirada, sonrisa y un ¿puedo repetir? Grounfmorfgñgounslab... Por todo eso el libro funciona. Porque está escrito desde ese lugar donde no sabes si estás dentro de algo importante o desparramando el ridículo.
Hacerse adulto es eso, descubrir que enamorarse no es una película, sino encontrar a alguien que aguante tus miserias. Y saber contarlas.
Si te apetece el libro pregunta en macdiego@macdiego.com dónde conseguirlo. Te gustará tanto como cuando te metió la lengua alguien por primera vez.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 138 (julio 2027) de la revista Plaza