Como cierre veraniego, el momento de guardar las sandalias se une al de volver a subir las persianas y abrir las ventanas sin miedo a las bofetadas de calor. Después de tres meses viviendo casi en penumbra, el gesto parece hasta temerario. Hábitos que antes quedaban reservados a unos días concretos se transforman en costumbres: dormir con balcones abiertos para buscar corrientes de aire, muchas veces más soñadas que sentidas, en las noches tropicales que dejaron de ser noticia; levantarte al alba con la precisión de un comando a bajar la persiana para intentar seguir durmiendo; asomarse al balcón a sentir el agobio y consultar las previsiones de la Aemet para valorar si es imprescindible salir; caminar en zigzag cruzando las calles buscando las sombras de los edificios llevando un sombrero muy poco favorecedor y a todas luces insuficiente si hemos decidido arriesgarnos a salir del confort climático de nuestra casa.
Los que vivimos en un refugio gracias sobre todo al aire acondicionado somos gente privilegiada. Tenerlo instalado y en óptimas condiciones antes de que acabe el curso académico es una prioridad en la planificación de cualquier hogar que se precie y pueda permitírselo. En otros países como Francia, poco acostumbrados todavía a los calores intensos, han convertido tenerlo o no tenerlo en otro argumento más de la batalla cultural, después de que Marine Le Pen propusiera instalar cuarenta millones de equipos de climatización. Los ecologistas y sectores de la izquierda creen que medidas como esta son solo un parche a corto plazo y una renuncia a combatir de verdad el cambio climático.
Confiar el sobrellevar el calor al aire acondicionado es insostenible e injusto. Ni siquiera en nuestro primer mundo es accesible para todos
El debate apenas existe por aquí, porque hace años que las aparatosas máquinas entraron en nuestras azoteas, balcones y fachadas. La discusión de fondo, sin embargo, sigue viva porque en España demasiados gobiernos prometen ufanos plantar batalla a la agenda verde europea más que plantar árboles. Y en València vamos para atrás en aspectos clave como tener menos coches en circulación, a pesar de la cantidad de pruebas palpables de los efectos del calentamiento global. Tener localizada la red de refugios climáticos de la ciudad tras sufrir a finales de junio la primera ola de calor de la temporada daba ganas de llorar. La mayoría son bibliotecas municipales con horario de mañana de lunes a viernes en julio y cerradas en agosto. Mejor opción son los museos, que solo cierran los lunes y permiten que de paso disfrutes de exposiciones.
Ofrecer este listado en la web es la nada ante el problema de salud pública que supone el incremento de grados centígrados en los cada vez más largos estíos. Muchas muertes son atribuibles al estrés térmico, pero ni con esas los responsables políticos consideran poner en marcha proyectos ambiciosos contra el asfalto y multiplicar las zonas verdes que, como todo el mundo sabe, refrescan, dan sombra y, lógicamente, rebajan el efecto de isla de calor de las ciudades. Todo ello acompañado de un transporte público a la altura.
Confiar el sobrellevar las temperaturas extremas al aire acondicionado es insostenible e injusto. Ni siquiera en nuestro primer mundo es accesible para todos y buena parte de los que cuentan con los aparatos no puede costearse tenerlos encendidos las 24 horas del día. Tampoco piscinas, apartamentos en primera línea de playa o escapadas al norte. De nuevo es necesario insistir en que reducir emisiones y adaptarse al cambio climático no es cuestión de ideología ni tampoco de pensar en las generaciones futuras. Es de sentido común. Somos nosotros, aquí y ahora, los que estamos experimentando las consecuencias.
En septiembre se va dejando atrás el sudor y asoma la esperanza de que el año mejore. Pero pinta mal. Igual tenemos que pasar del sombrero a la sombrilla.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 139 (septiembre 2026) de la revista Plaza