Santiago Posteguillo: "Somos herederos de Roma, en lo bueno y en lo malo"

Revista Plaza Principal

Entrevista

Entre las ruinas de la Antigüedad quedan algunas preguntas sin resolver. Santiago Posteguillo lleva años buscándolas en las batallas y anhelos de sus protagonistas. Ahora, mientras escribe sobre Julio César, vuelve a mirar el pasado para entender cuánto de aquel mundo sigue latiendo en el nuestro

  • Santiago Posteguillo

Santiago Posteguillo (València, 1967) habita dos universos. En uno, es otoño de 2026. Camina por la ciudad, bebe café con leche y habla de literatura y del oficio de escribir. En el otro, Julio César cruza las Galias, las legiones avanzan por territorio enemigo y el Senado romano se consume en luchas de poder. Para la mayoría de mortales, entre ambos escenarios hay más de dos mil años. Para Posteguillo, apenas unas páginas.

Desde Africanus: el hijo del cónsul, el autor ha explorado los recovecos del mundo clásico a través de algunos de sus grandes protagonistas. A la trilogía de Africanus le siguió la dedicada al emperador Trajano; ambas publicadas por Ediciones B. Después llegó la historia de Julia Domna, iniciada con Yo, Julia (Premio Planeta 2018) y continuada con Y Julia retó a los dioses (Planeta).

Durante su trayectoria, ha recibido, entre otros, el Premio de las Letras de la Generalitat Valenciana, el Premio Internacional de Novela Histórica Barcino y el Premio Culturplaza 2025 de Ediciones Plaza. También ha navegado por la historia de la literatura en La noche en que Frankenstein leyó el Quijote o  El séptimo círculo del infierno (Planeta).

Tras Roma soy yo y Maldita Roma (Ediciones B), en 2025 llegó Los tres mundos, tercera entrega de su serie sobre César y centrada en la conquista de las Galias. Ahora trabaja en la cuarta novela de esta hexalogía que recorre la vida de uno de los grandes protagonistas de la Antigüedad.

Charlamos con Posteguillo sobre su evolución como escritor y su modo de acercarse al pasado para entender el presente: de Roma y sus conflictos, de personajes legendarios que quizá no están tan lejos de nosotros y de aquello que la literatura puede encontrar entre los silencios del pasado.

  • Santiago Posteguillo -

 

— Se cumplen veinte años de la publicación de Africanus. Tras tanto tiempo entrando y saliendo del mundo antiguo, ¿qué tiene esta época que sigue atrayéndote?

— Todo lo que ocurrió en Roma está de actualidad. Aunque hayan pasado dos mil años, es inevitable ver paralelismos. Si podemos reflexionar sobre el pasado, deberíamos poder mejorar nuestro hoy. El pasado romano me fascina porque somos nosotros mismos hace dos mil años.

—¿Has notado algún cambio en tu trabajo como escritor al regresar a ese mundo en diferentes momentos vitales?

— Hay cambios vitales incuestionables, incluso físicos, que afectan a los procesos de escritura. Pero intento no modificar la forma en la que afronto cada obra. Una manera que surge de estudiar mucho. De esa amalgama de conocimientos y de intentos anteriores de novelas nace Africanus, con la que consigo el estilo que quiero. Lo he mantenido, aunque ha ido evolucionando. Sigo leyendo los clásicos para continuar aprendiendo. Estoy compaginando la redacción de la cuarta novela de César con la lectura de Guerra y paz de Tolstói: en ambas obras estamos en guerra y vamos hacia la paz, y de la paz hacia la guerra.

— Este interés que has mostrado durante tu vida por el mundo antiguo parece una fascinación colectiva. Lo hemos visto este año con el interés que ha despertado La Odisea.

— Si se hace un acercamiento potente a un clásico, con una apuesta de producción, hay mucho interés. La Odisea está bien dirigida; Nolan es un gran director. Pero ha eliminado el humor de la obra original para hacer una película muy intensa. Se detiene en unas paradas y no en otras… Y una cosa que me defrauda: si tienes ese presupuesto no puedes hacer el descenso al infierno como una rutita en la playa. Quiero un descenso a los infiernos con todos sus efectos especiales. Eso me dio rabia, pero no está mal como película. Y estas iniciativas ayudan a que mucha gente se acerque al clásico. Solo por eso merece la pena.

«Los romanos dejaron mucho escrito. Hay bastante información, pero hay que filtrarla. Así, llego al detalle y puedo escapar del falso mito»

— En estas dos décadas has escrito en profundidad sobre distintos personajes. ¿Qué buscas en una figura histórica para convertirla en protagonista? ¿Dónde está ese hilo del que tirar para crear algo nuevo?

— Siempre narro un personaje de principio a fin. Lo hice con Escipión, con Trajano… y pretendo hacerlo con César. Necesito admirar al personaje, aunque no sea perfecto. Escipión tenía una nobleza y un aprecio por lo cultural notable; gracias al Círculo de los Escipiones, Roma asimila a Grecia. Trajano fue un gran emperador e hispano, con una historia muy novelesca que apenas se había contado, entre otras cosas, por el estigma de la homosexualidad. Julia Domna destaca por su carácter. Una mujer cuya figura merece ser recuperada. Y César tiene luces y sombras, pero para mí tiene más luces que sombras. Podemos aprender mucho de él. Forja Occidente en ocho años. Al conquistar la Galia, extiende el poder de Roma por territorios que hoy identificamos con Francia, Bélgica, parte de Suiza, parte de Alemania y Países Bajos... Eso es Europa Occidental. Es alucinante. Hay que entender a César y después que cada uno se forme su opinión.

Ahora estoy enfrascado en explicar que él no dio un golpe de Estado. Lucho contra los falsos mitos. Tengo que revisar las sesiones del Senado del año 50 a. C., para que se vea que el otro bloque es quien quiebra la Constitución republicana. Son los optimates, son Catón y Pompeyo, y César responde. No agacha las orejas, y dice: «Han dado un golpe de Estado y quebrantado la ley, me entrego». Pero como su respuesta es tan potente, ensombrece las ilegalidades que cometieron los otros.

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— En ese proceso de investigación, búsqueda y escritura, ¿ha cambiado tu percepción de alguno de estos personajes?

— Me pasó con Fulvia. La consideraba una mujer relevante en su época, pero no había calibrado bien su importancia. En la tercera novela vi que apuntaba maneras, pero en la cuarta me he dado cuenta de que es increíble. Me encanta ese personaje. Marco Antonio partía de muy alto y sube más. Y César, cada vez me maravilla más.

— La narración histórica que suele llegar a la población es la de quienes han tenido el poder y han dejado documentos escritos. ¿Cómo puede la literatura llenar esos silencios del archivo, tanto en los grandes acontecimientos como en las vidas que no pasaron a la posteridad?

— Investigar, documentarte, ir más al detalle. Otra cosa es que luego tomes licencias. Sabiendo que, según la mayor parte de las fuentes, una cosa fue exactamente así, puedo contarla con ciertas variaciones porque me interesa dramáticamente. Nunca yendo contra la naturaleza del acontecimiento o del personaje. Quizá el personaje estaba en una ciudad y tú lo pones en otra. Luego lo explico en la nota histórica. Con Yo, Julia tuve que investigar mucho porque casi no había libros centrados en ella. Escarbando encontré una tesis brutal de Barbara Levick. Cuando vas encontrando material, dices: «Esto ya no es el trazo gordo, tengo el trazo fino». Con César, además de las sesiones del Senado, están las cartas de Cicerón, las de otros senadores, lo que escribieron Salustio, Dion Casio... Los romanos dejaron mucho escrito. Hay bastante información, pero hay que filtrarla. Así, llego al detalle y puedo escapar del falso mito.

— La novela permite abrir ciertas puertas hacia las que quizá un libro de historia no puede aventurarse…

— En un manual quizás no se plantea la importancia de las relaciones interpersonales. En nuestras vidas individuales, las relaciones personales influyen mucho. Decides vivir en una ciudad o cambias de trabajo por una relación personal. ¿Por qué hemos de pensar que un personaje histórico no puede tomar una decisión que tenga consecuencias históricas por una cuestión personal?, ¿por una hija?, ¿por un matrimonio? Eso, normalmente, si no es muy notorio, los libros de historia no lo subrayan. En cambio, en la novela es un material magnífico pues permite transformar a ese personaje histórico, casi intocable, de la estatua en un ser humano: que llora, que ama, que es bondadoso, misericordioso, vil...

—Te acercas al César político, al estratega militar, pero también al César padre que pierde una hija. ¿Cómo ayuda la vida personal a comprender la vida pública?

— El matrimonio de la hija con Pompeyo era parte del pacto para el triunvirato. Que ella muera, tras dar a luz a un hijo de Pompeyo y nieto de César que podría haber unificado las dos dinastías, y que el niño muera al poco tiempo son acontecimientos íntimos con consecuencias políticas. Pompeyo fue, según las fuentes, un marido atento y afectuoso. Por eso César nunca quiso matarle: esas cosas las apreciaba.

En la novela que estoy preparando, las relaciones personales de Fulvia, las de Marco Antonio y las inquinas entre senadores van a influir en la política y en el devenir histórico. A veces dices: «¿Y por qué van contra él?». Pues porque lo odian. Catón odiaba a César, entre otras cosas, porque César se acostó con su hermanastra.

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— Tus novelas parten de una estructura compleja: muchos personajes, perspectivas y escenarios. ¿Cómo es ese proceso de trabajo?

— Primero tengo un tiempo de documentación. Ese tiempo, en una saga, varía: en la primera novela es mayor. Después hago la estructura, con esquemas y más esquemas, y la transformo en un listado de capítulos. Cuando lo tengo, empiezo a escribir los capítulos clave. Luego hago las conexiones y las interconexiones. Terminada la escritura, vuelvo a leerme el texto y lo corrijo.

Una vez tengo mi copia final, la paso a mi agente de la agencia literaria Carmen Balcells. Tengo en cuenta sus correcciones y las del lector profesional de la agencia, pero también los comentarios de mi hermano y de mi pareja. Con estas opiniones vuelvo a revisar la novela y la envío a la editorial, donde hay otro proceso de revisión. Todo esto empieza seis o siete meses antes de que se publique. Tras entregar la novela por primera vez a la agencia, empiezo a preparar la siguiente.

«El asesinato de César es la novela más difícil porque se ha contado muchas veces y por autores como Shakespeare, que imponen mucho»

— Cuentas con personajes muy diferentes entre sí y te trasladas a una época con valores distintos a los nuestros. ¿Qué necesitas tener en cuenta para construir esas figuras y entender su forma de actuar?

— La frontera del tiempo es esencial para no hacer presentismo. Debo intentar entender a esta gente en su época y no trasladar ideas falsas sobre el pasado. Hay decisiones salvajes durante la guerra de las Galias. Pero hemos de entender en qué momento estamos. Lo triste es que hoy, con la Convención de Ginebra, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, etcétera, se siguen cometiendo salvajadas. Antes podíamos decir que no estaban esas normas; ahora las tenemos y seguimos igual.

También debemos entender las relaciones entre hombres y mujeres. No puedo insertar ideas feministas en aquella época. Pero puedo incluir mujeres relevantes e influyentes en su entorno. Y he de cruzar la frontera de género, que es de las cosas más complicadas para mí. Me ayuda mucho consultar a mi editora y a mi pareja; preguntarles: «¿Crees que una mujer diría esto?, ¿haría aquello? ¿Lo ves falso desde el prisma de una mujer?».

— Al final, cuando leemos sobre el pasado lo hacemos desde nuestro ahora. Hay comportamientos que nos resultan repugnantes, pero que en aquel momento no necesariamente lo eran…

— Por ejemplo, el padre de Cleopatra se planteó casarse con su hija, pero eso en la dinastía ptolemaica no se percibía como en la actualidad. Y había matrimonios entre hermanos. Debo tener cuidado porque a veces llego a escenas muy duras. Por ejemplo, en la cuarta novela hay una decisión de César muy bestia. Debía contarla y la he contado. He intentado contextualizarla al máximo para que se entienda el contexto vital, personal y privado en el que la toma y, a la vez, el contexto histórico y las presiones a las que está sometido. ¿Justifica la decisión? No. Pero la explica. Y tú puedes estar en desacuerdo. Es un dilema moral. Pero quizás ese dilema lo tienes ahora y no lo tenían entonces. De hecho, no hace nada que no se hubiera hecho antes en Roma, no inventa una crueldad nueva. Es duro y no lo quiere hacer, pero al final lo hace.

Igual que cuando he tenido que mostrar un acto violento, horrible, contra una mujer y era narrativamente importante. Por supuesto, he intentado que quede claro que está mal. Con Roma soy yo, tuve un problema con la traducción para Estados Unidos. Me pidieron cortar parte de una violación porque era «demasiado desagradable». Y dije: «Es la idea». Procuro no autocensurarme. Es una violación. Es duro. Además, luego se juzgará a este hombre por ello.

— Comentabas que en esta cuarta novela aparecen decisiones muy duras. ¿Es más fácil contar las grandes gestas que los instantes no tan heroicos?

— Lo que interesa de lo heroico y conocido es el detalle. La gente tiene los grandes trazos: César derrota a Vercingétorix; muy bien, pero la batalla de Alesia fue fundamental. ¿Qué pasó exactamente? En la cuarta novela quedará claro. Y lo que no se conoce de los personajes históricos llama la atención, sorprende. Si puedes incluir detalles de la parte más conocida y añadir datos desconocidos, generas un texto atractivo.

  • Los tres mundos: La conquista de las Galias, la tercera entrega de Julio César, se publicó en octubre del año pasado -

 

— En tus obras retratas momentos de gran convulsión política y social. ¿Qué conexiones encuentras entre aquella época y la nuestra?

— Probablemente somos como somos porque Roma estuvo aquí siglos. Somos sus herederos, en lo bueno y en lo malo. Venimos de esa época. Hablamos los idiomas que hablamos en la península porque estuvieron aquí los romanos. Nuestras leyes son una evolución del derecho romano. En la cuarta novela explicaré cómo jugaban a variar el censo electoral. Hablo de hace dos mil años. En función de cómo variaban el censo electoral podía salir un resultado u otro en las elecciones consulares. Hay muchísimas interconexiones entre la política de esa época y nuestro entorno.

Se ve cómo el Senado romano busca evitar la guerra, pero cuando entra en un proceso de polarización, todo se desboca. Si eso pasó, ¿por qué no puede volver a ocurrir? Podemos recapacitar un poco. Yo solo soy un humilde trovador, un bardo. Son otros los que llevan la dirección del país. Pero exacerbar los ánimos de unos contra otros solo ha traído dolor. A menudo pensamos que hay cosas imposibles, y la realidad nos sorprende. Todo lo que puede salir mal puede ocurrir si se trabaja para que salga mal. Deberíamos ponernos a trabajar bien.

—¿Qué implica esa polarización en Roma?

— La polarización siempre ha sido una técnica de manipulación con la que el oponente político va siendo reducido en sus rasgos como persona. Si es presentado con una carencia de rasgos humanos, es más fácil despertar reacciones adversas contra él. Deja de considerarse un igual y pasa a verse como un ser inferior, alguien que merece ser castigado. Hay que partir de respetar la diferencia política. En eso Cicerón era bueno: tenía una posición intermedia que le trajo muchos problemas porque era de los pocos que en el Senado intentaba estar en el medio: ni con César ni con Pompeyo. No estaba de acuerdo políticamente con César, pero tampoco creía que la guerra fuera la solución. Había que seguir negociando. Decía que la paz más exigua es mejor que la mejor de las guerras. Aunque esto con Hitler no funcionó; depende del personaje que tengas.

— Hablábamos antes de esos silencios del archivo. Con César ocurre casi lo contrario: es un personaje muy estudiado y, además, él mismo contribuyó a construir su propio relato. ¿Qué has encontrado que no conocías?

— César tenía claro que los relatos son importantes. Yo crecí con la idea de que César da un golpe de Estado y, cuando me pongo a investigar con detalle, veo que no es así. Pero para descubrirlo debes ir a las fuentes académicas, clásicas, de archivo.

— Has cruzado el ecuador de la saga sobre Julio César. ¿Cómo te sientes en este punto del viaje?

— Veo la salida del túnel. Pero me queda la guerra civil y la novela más difícil: el asesinato de César. ¿Por qué es la más difícil? Porque se ha contado muchas veces y por autores como Shakespeare, que imponen mucho. No sé cómo la haré. Debo tomar decisiones. Tengo alguna idea de un inicio de ese libro que no se ha contado nunca así. Sería un arranque potente y original; estoy madurándolo.

— En tus distintas sagas recoges el legado de grandes figuras históricas. Si en el futuro alguien se acerca al conjunto de tu obra, ¿cómo te gustaría que fuera percibido todo ese trabajo?

— Intento reflexionar sobre la condición humana añadiendo de dónde venimos y hacia dónde vamos, dando una pincelada de perspectiva histórica y reconstruyendo una civilización que es nuestro origen. Galdós también se lo propone con los Episodios nacionales (no me comparo con él, dominaba el idioma mucho mejor que yo). Tolstói lo hace en Ana Karenina, Dostoievski con Crimen y castigo…

Mis novelas se interrelacionan. En Africanus, se menciona el incendio de la Biblioteca de Alejandría y aparecen César y Cleopatra. Ese momento lo recuperaré en esta saga. En la última entrega de Trajano, los personajes leen pasajes de la guerra civil de César y Pompeyo. Es un gran damero, un rompecabezas, donde intento dar una visión completa de la civilización antigua. Pero no sé si llegaré a eso. Puede ocurrir que simplemente la gente piense: «Son obras entretenidas, te lo pasas bien y aprendes algo». Me gustaría llegar a más, pero si solo consigue eso, tampoco está mal.

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 140 (octubre 2026) de la revista Plaza

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