Slop

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ANTROPOLOGÍA INDUSTRIAL

La sobrecarga informativa que anticipó Alfons Cornella ha derivado en el slop: una avalancha de contenidos generados por IA, de baja calidad y optimizados para captar nuestra atención, hasta convertir la información en un residuo que contamina

Publicado: 02/10/2026 · 06:00
Actualizado: 02/10/2026 · 06:00
  • Archivo - Inteligencia Artificial.

A finales de los noventa, el profesor Alfons Cornella teorizaba sobre un problema cada vez más preocupante que denominó infoxicación: una sobrecarga informativa de tal nivel que resulta imposible de procesar, generando ineficiencias y errores entre investigadores y emprendedores.

La infoxicación afloró con la disposición masiva de información gracias a internet y puede entenderse como el germen de lo que vivimos hoy: el slop, un término inglés casi onomatopéyico que se traduce por agua sucia o bazofia. Elegida palabra del año por Merriam-Webster y por la American Dialect Society, slop define los contenidos digitales —texto y audiovisuales— ubicuos y de mala calidad, producidos masivamente mediante inteligencia artificial: bazofia optimizada para captar la atención, generada por algoritmos cuyo único objetivo es enganchar al espectador, sin importar el contenido.

Para hacernos idea del volumen, en 2024 se generaron quinientos exabytes de información —más que en toda la historia de la humanidad junta—, mientras el 90% del contenido disponible hoy en internet se creó en los últimos dos años. El usuario promedio consume siete horas diarias de contenido digital. Microsoft ha publicado un estudio que muestra que la atención humana promedio ha caído en veinticinco años de doce segundos a solo ocho. No es que seamos más ignorantes porque no leamos —de hecho, se lee más que nunca—, somos más ignorantes porque lo que leemos es bazofia diseñada para estimular nuestra dopamina, no para transmitir conocimiento. Esas siete horas diarias, multiplicadas por miles de millones de personas, son la verdadera materia prima de esta industria: no el contenido, sino la atención misma. El slop no vende información, vende minutos de nuestra vida procesados en cadena. Según Grand View Research, los ingresos mundiales de esta «economía de la atención» superarán los 1.200 millones de dólares en 2026.

El sueño de la biblioteca universal de Leibniz o Diderot se ha convertido en una pesadilla donde cualquier IA lee cientos de esas enciclopedias en un instante. Legiones de trabajadores de bajo coste generan millones de imágenes y artículos optimizados en granjas de clickbait del tercer mundo que alimentan en cascada a los fabricantes de bulos del primero: sin datos reales, sin verificación, sin autor, copiados de fuentes basura o inventados gracias a la inteligencia artificial.

El sueño de la biblioteca universal de Leibniz o Diderot se ha convertido en una pesadilla donde cualquier IA lee cientos de esas enciclopedias en un instante

¿Quién saca beneficio en este remolino de agua sucia? Las plataformas (Meta, Google y TikTok) que monetizan una adicción creciente que nos hace incapaces de distinguir hechos de ficción. Los generadores de IA (OpenAI, Google, Anthropic) que arrasan por precio y efectividad con cualquier información trabajada y auténtica. Y sobre todo agencias de marketing, grupos de presión y actores políticos que pueden manipular a coste cero y alcance casi infinito: el slop puede controlar masas de personas a un nivel inimaginable.

El sociólogo Neil Postman, discípulo de McLuhan, opinaba que Huxley acertó más que Orwell en sus distopías: la represión y la censura no pueden mantenerse para siempre, pero la atracción por el entretenimiento y la fantasía son eternas, cuestión de hormonas y psicología. La realidad que percibimos, especialmente la social, ha sido y es una sopa de prejuicios, ideología y supersticiones, mezclada con bulos, propaganda, mensajes maliciosos y desinformación. El slop añade ahora una patada al acelerador.

Un indicador clave del progreso de una civilización no es cuánta información produce, sino cuánta mentira puede permitirse tolerar sin riesgos. La información es el nuevo petróleo. Pero lo que estamos extrayendo es lodo. Y el slop, como todo residuo industrial, contamina a quien vive con él. En el siglo XXI no moriremos de hambre de información: moriremos de envenenamiento. Y el slop, como todo buen veneno, no avisará antes de matar.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 139 (septiembre 2026) de la revista Plaza

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