Opinión

Revista Plaza Principal

Divinas palabras

Sólo gente guapa, por favor

El verano es la estación para lucir palmito. Algunos nos arrojarán sus cuerpos esculturales a la cara. Han sido muchos días en el gimnasio, como para esconder sus trofeos. A la gente guapa hay que mimarla. Alegran la vista en un país donde mandan los feos

Publicado: 29/06/2026 · 06:00
Actualizado: 29/06/2026 · 06:00
  • Gente guapa

Ante la falta de otras opciones de ocio, consumí las noches de abril y principios de mayo siguiendo, por televisión, el juicio de las mascarillas en el Tribunal Supremo. Por el palacio de las Salesas desfilaron algunos personajes del Gran Circo Ruso. Sólo faltaron la mujer barbuda y el faquir cojo de Bombay. A medida que Iker Jiménez daba entrada a los vídeos, me hundía en mi sofá desvencijado. Por la pantalla apareció la odontóloga Jésica —a la que no le pudimos ver la cara—, el macizote Aldama, el patibulario Koldo y el sentimental Ábalos, el potro de Torrent. Habría dado la mitad de mi vida perdida por revivir a Valle-Inclán para que nos escribiera otro capítulo de su ruedo ibérico.

Del juicio de las mascarillas quedé invalidado para la vida moderna durante semanas. Es difícil asumir tal cantidad de vulgaridades. Se puede ser corrupto, malhechor y buscavidas, como el que yo me sé, pero con un mínimo de estilo, por favor. En la vida el porte lo es todo. Que se lo digan a Mario Conde, el exbanquero, no el policía de Leonardo Padura. No hubo tal. Se trataba de chorizos de tercera división, quinquis de garrafón, personajes de nuestra España en caída libre, ese maravilloso país de mierda en que chapoteamos en un cenagal de mordidas y sobrinas.

¡Que se mueran los feos!, me juramenté, recordando a Boris Vian. Prometí, como Escarlata O’Hara, que nunca volvería a perder el tiempo observando a gañanes. Hay una continuidad histórica entre Luis Roldán, con aquellas orgías que nos deleitaron en el Interviú, y Ábalos, pasando por Tito Berni. Se entiende, aunque no se justifique, esa querencia por las hetairas en el partido de los progresistas.

El juicio del Supremo, del que desconozco su fallo cuando escribo estas líneas, me reafirmó en la idea de que hay un tiempo para aprender y otro para desaprender. Hasta bien entrada la madurez me creí esa sandez de la belleza interior —la bondad, la inteligencia, la templanza, etc.—. Ahora me troncho cuando oigo semejante majadería. Un consejo, queridos lectores. Si alguna vez quedáis con un chico o chica y os saca el cuento de la belleza interior, poneos en guardia. Miradlo a la cara. A ella, a él. Fijaos en los granos, en las verrugas, en su dentadura amarilla, en la papada, por no hablar del exceso de sus carnes. ¡Belleza interior! Son excusas de mal pagador.

«Sólo quiero gente guapa a mi alrededor. En el trabajo lo tengo difícil, así que busco fuera. Me he convertido en testigo de la vida de los demás, en un mirón»

De verdad, sólo quiero gente guapa a mi alrededor. En el trabajo lo tengo difícil, así que debo buscar fuera. Me he convertido en un testigo de los demás, en un mirón, en un proyecto de viejo verde. Me limito a ver cómo la vida, con toda su locura y crueldad, se sucede ante mis ojos, sin intención de molestar, regodeándome con la contemplación de cuerpos esbeltos y convenientemente operados. La vida debería ser como un vídeo de Ricky Martin y Maluma, con chicos y chicas guapísimos bailando en la azotea de un edificio de Miami, o una escena de Parthenope, del maestro Sorrentino.   

Hay que huir de esta España cutre, preferiblemente a Lusitania. Dejó de ser el país alegre que conocimos en la infancia y la juventud, para convertirse en algo triste, feo y fofo. El feísmo está en las muecas de Cañita Brava, la nuez de Begoña y la pancha de Patxi López. No hay ética sin estética. Platón lo dejó dicho: la belleza es la verdad. Hablaba con conocimiento de causa, ya que es notorio que sentía debilidad por los efebos de Atenas.

Si aún tuviera dudas para condenar a los feos al infierno (¡ni que yo fuera un adonis!), con la llegada del verano, la estación de los guaperas, no me quedan excusas. Como Augusto en el circo romano, inclinaré mi pulgar hacia abajo. Que entren los leones y hagan su trabajo. Este no es país para viejos, pero tampoco para gordos ni calvos. Entretanto, que cada cual elija cómo recrearse la vista. Empecemos por Celeste Dalla Porta y Sam Heughan, el pelirrojo de Outlander.

 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 137 (junio 2026) de la revista Plaza

Recibe toda la actualidad
Valencia Plaza

Recibe toda la actualidad de Valencia Plaza en tu correo

Lucía Be: "La moda sigue ocupando un lugar muy importante en mi vida"
Colmena