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Taipéi, una ciudad suspendida entre templos y neones

Templos centenarios y edificios monumentales conviven con rascacielos futuristas, neones luminosos y mercados nocturnos en Taipéi, reflejando la mezcla de tradiciones, influencias y contrastes que definen la identidad de Taiwán

  • El paso de peatones de arcoíris en el distrito de Ximending es un punto icónico de la ciudad.

Antes de llamarse Taiwán, esta pequeña isla fue bautizada por los portugueses como Formosa —«la isla hermosa»—. La llamaron así porque, al descubrirla en 1544, quedaron impresionados por sus montañas cubiertas de vegetación y su paisaje tropical. Espero que a mí me pase algo similar. Es mi primera vez en China —aunque Taiwán mantiene una identidad propia— y me intriga descubrir esa mezcla de influencias chinas, japonesas y occidentales que parece convivir en cada rincón de la isla. Al menos eso es lo que cuentan las guías de viaje. Tengo veinte días por delante para comprobar si todas esas cosas que cuentan las guías son realmente así.

Mi primera toma de contacto con el país y con Taipéi es el Longshan Temple, fundado en 1738 por inmigrantes chinos procedentes de Fujian y hoy uno de los templos más antiguos y simbólicos de la ciudad. Al llegar veo a turistas refugiados bajo paraguas de sol mientras fotografían la fachada buscando el mejor ángulo. Dentro, el silencio envuelve el momento y se respira devoción. Hace calor y el agua de los aspersores refresca el ambiente, acentuando todavía más la atmósfera mística. Entonces me doy cuenta de que muchos de los que había tomado por turistas son en realidad fieles que acuden aquí en su día a día. Me siento un poco fuera de lugar, quizá igual que los edificios modernos que se levantan alrededor del templo, observándolo desde otra época y otro ritmo. Cuál de las dos épocas es mejor ya no lo sé.

  • Un hombre reza en Longshan Temple. -

Aunque la deidad principal es Guanyin, dentro del templo conviven también divinidades taoístas y referencias confucianas. Todo parece coexistir con una naturalidad absoluta, como si las fronteras entre unas creencias y otras nunca hubieran sido necesarias. Me quedo inmóvil, tratando de entender un poco más todo lo que sucede a mi alrededor: algunas personas rezan, otras dejan ofrendas de fruta y comida y muchas encienden largas varillas de incienso. También las hay que consultan los bloques de adivinación, conocidos como jiaobei. En busca de guía divina sobre el amor, la salud o el éxito lanzan al suelo dos piezas de madera con forma de media luna. Repiten el gesto hasta tres veces para confirmar que la respuesta recibida es la correcta.

Al salir de nuevo a las calles de Taipéi, el bullicio me devuelve de golpe a la realidad. En este paseo me encuentro con un antiguo barrio de fachadas de ladrillo rojo y soportales estrechos. Es una de las pocas calles que se conservan de la época Qing. Entre sus edificios todavía aparecen detalles japoneses y huellas del periodo republicano, capas de historia que conviven en apenas unos metros. Ya no es la zona comercial que fue, pero el lugar respira memoria y hoy funciona como espacio cultural dedicado a exposiciones, cine y memoria histórica.

La calma es momentánea. Un trampantojo, si quieres. Ximending me devuelve a la realidad. Pantallas gigantes, neones, música saliendo de las tiendas y calles peatonales llenas de jóvenes convierten el barrio en una especie de Tokio en miniatura. Bueno, eso es lo que imagino porque aún no he estado en Japón —lo sé, lo tengo pendiente—. En ese ir y venir de gente me encuentro con grupos de chicas vestidas con estética anime, entre el cosplay y la moda kawaii japonesa, posando como si fueran las estrellas de una superproducción. El paso de peatones de colores se convierte en escenario de poses, carreras y personas luchando por conseguir la imagen perfecta sin que nadie aparezca de fondo.

  • Qingtian Street -

Todo son estímulos: las luces y sonidos de los salones recreativos, el olor a comida callejera, las colas interminables para conseguir un Labubu o para probar una especialidad gastronómica. No, yo no la hago, pero no puedo resistirme y termino probando un bubble tea y unas brochetas que no tengo muy claro de qué son exactamente. Una recomendación me lleva a un pequeño local al que se accede subiendo unas escaleras estrechas, como si estuviera entrando en una casa particular. Dentro, todos son locales disfrutando de un helado. Pido uno y, realmente, está espectacular.

Las primeras horas en Taipéi son frenéticas y me mantienen despierta, pero a medida que avanza la tarde me doy cuenta de que ya no estoy para muchos trotes, así que ceno un ramen y me voy a dormir.

Las capas de la historia

El día comienza en el Chiang Kai-shek Memorial Hall, un lugar tan imponente como controvertido. Fue construido en 1980 para honrar a Chiang Kai-shek, el líder nacionalista que gobernó China antes de la victoria comunista de Mao Zedong y que, tras la guerra civil, se refugió en Taiwán junto al Kuomintang en 1949. Al llegar entiendo por qué este lugar sigue despertando debate. Frente a mí se abre una enorme explanada flanqueada por jardines y pabellones de estilo tradicional chino. Al fondo se eleva el memorial: un edificio de mármol blanco coronado por un tejado azul octogonal que destaca contra el cielo de Taipéi. Todo parece diseñado para transmitir grandeza, poder y solemnidad. Me siento pequeña en medio de esta monumentalidad.

Avanzo lentamente hasta las escaleras que conducen al interior. Aquí se encuentra la gigantesca estatua de Chiang Kai-shek, vigilada por guardias militares. Casualmente llego justo antes del cambio de guardia —que se celebra cada hora entre las 9:00 y las 17:00—, así que busco un buen sitio y espero a que comience la ceremonia.

  • Chiang Kai-shek Memorial Hall -

La escena me recuerda a los cambios de guardia de la Tumba del Soldado Desconocido, frente al Parlamento de Atenas. Aquí también todo se desarrolla con una precisión casi coreográfica: los movimientos lentos y sincronizados, la solemnidad de los soldados y el silencio respetuoso de quienes observamos la escena. El contexto histórico y político es completamente distinto, pero todas estas ceremonias terminan llevándome a la misma idea: la puesta en escena del poder, de la memoria y de la identidad nacional. El sonido seco de las botas, el movimiento preciso de los rifles y decenas de móviles grabándolo todo crean una imagen extraña: tradición militar convertida también en espectáculo.

Después de recorrer las calles de alrededor y tomar algo, me dirijo a la llamada Elephant Mountain. Cruzo un pequeño jardín y al subir las primeras escaleras todo cambia. Taipéi se evapora detrás de la vegetación y el sendero parece internarse en una selva tropical. El calor húmedo se me pega a la piel y las escaleras de piedra ascienden sin demasiada tregua entre árboles, lianas y miradores improvisados.

El camino me aleja del ruido y la contaminación de la ciudad, aunque tímidamente se adivina, cuando las ramas dejan asomarse, el perfil del Taipei 101, que aparece y desaparece según la densidad de la vegetación. La subida la hago sola, lo que me lleva a conectar todavía más con el momento. Un paso más y la ciudad se abre a mis pies: el 101 se levanta en medio del paisaje como una aguja futurista dominando un horizonte de casas bajas. Llegan más personas —han subido por el otro lado— y todos observamos la panorámica. Desde arriba, Taipéi parece una superposición de épocas: rascacielos de cristal junto a barrios humildes, templos escondidos entre avenidas y montañas rodeándolo todo. Modernidad y tradición compartiendo espacio sin anularse y complementándose.

  • El skyline de Taipéi, con el 101 dominando el horizonte -

Al bajar llego a un barrio de casas bajas y humildes. Muchas tienen rejas en los balcones y parecen edificios abandonados. Si no fuera por las bicicletas en los portales y las plantas de los balcones, pensaría que no hay vida tras esas fachadas ennegrecidas por el moho. La humedad aquí se nota muchísimo. Entre esas calles encuentro un restaurante de hot pot y entro casi por intuición. Lo disfruto muchísimo.

Las vistas desde el cielo de taipéi

Ahora sí, me dirijo al Taipei 101. Cuando se inauguró, en 2004, era el edificio más alto del mundo, con 508 metros de altura y 101 plantas, pero hoy, en plena carrera global por tocar el cielo, ha descendido varios puestos en el ranking. El ascensor tarda menos de treinta segundos en subir 91 pisos. Asciende tan rápido que se me taponan los oídos, igual que durante el despegue de un avión. Arriba, el observatorio parece casi un parque: cafeterías, zonas con césped artificial y gente tumbada conversando mientras bebe bubble tea, probablemente la bebida nacional no oficial de Taiwán. Las vistas son impresionantes, sobre todo cuando empieza a anochecer y las luces de la ciudad se encienden poco a poco como luciérnagas entre las montañas.

Más allá de las vistas, me fascina la enorme esfera de acero suspendida entre varios pisos del edificio. Mide 5,5 metros de diámetro y pesa más de seis toneladas. Parece una escultura futurista colgada en el vacío, aunque en realidad cumple una función esencial: actuar como péndulo estabilizador cuando llegan los tifones o los terremotos. La esfera amortigua el movimiento del edificio cuando el viento golpea con fuerza o la tierra tiembla bajo los pies. Y, por lo que veo en los vídeos, ya ha tenido que hacerlo en varias ocasiones.

  • Ambiente en el Ningxia Night Market de Taipéi -

La noche termina en el Ningxia Night Market. Las calles están repletas de gente paseando, comiendo y jugando bajo los toldos iluminados. Me sorprende la fascinación que hay por los juegos: dardos y máquinas recreativas; hasta las hay para niños. Todo tiene luces, suena y se mueve al mismo tiempo.

Entre este bullicio, muchas personas comen sentadas en mesas diminutas de plástico. Lo hacen en silencio, mirando el móvil o concentradas únicamente en la comida. Cientos de personas compartiendo lugar y, al mismo tiempo, permaneciendo en su propio mundo. El humo de los puestos callejeros se mezcla en el ambiente, donde los olores se superponen y todo parece encajar.

Mañana abandono Taipéi y comienza realmente mi aventura por Taiwán. Tengo muchas ganas de descubrir qué me espera más allá de la capital.

  • Máquinas de juegos -

 

Qué más hacer en Taipéi

Qingtian street. En esta coqueta calle aparece otra de las capas históricas de Taiwán: la ocupación japonesa entre 1895 y 1945. Durante esos cincuenta años, Japón transformó profundamente la isla, construyendo infraestructuras, líneas ferroviarias, escuelas y barrios enteros inspirados en modelos urbanísticos y arquitectónicos japoneses. Ese legado todavía se percibe en Qingtian Street, una tranquila zona residencial, donde antiguas casas de madera de época colonial han sido restauradas y convertidas en espacios culturales, cafeterías y casas de té. Aquí el ritmo vuelve a ser pausado y se agradece.

Guía práctica de Taipéi

Cómo llegar: KLM vuela al aeropuerto internacional de Taoyuan, situado a unos 40 kilómetros de Taipéi. Moneda: La moneda oficial es el dólar taiwanés (TWD o NTD).  1 euro equivale aproximadamente a entre 34 y 36 dólares taiwaneses. Consejo: Aunque en muchos lugares aceptan tarjeta, sigue siendo recomendable llevar efectivo para mercados nocturnos, pequeños restaurantes o templos.

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 137 (junio 2026) de la revista Plaza

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